La última princesa de Troya 40
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El viernes seis de diciembre, festivo nacional, el cielo de Madrid amaneció cubierto por una capa de plomo. No llovía, pero el aire estaba saturado de humedad, de ese frío que se filtra por la ropa y que se instala en los huesos hasta hacerlos crujir y doler.

Eloy Campos conducía sin prisa. Deslizaba el coche por las calles aún medio vacías a pesar de ser ya casi las nueve de la mañana.

La satisfacción se dibujaba en su rostro, pero en sus ojos latía una preocupación.

Tenía demasiados frentes abiertos, excesivos movimientos simultáneos que había que ejecutar ese día.

Y él debía asegurarse de que cada pieza encajase a la perfección.

Aparcó unas calles antes de llegar al complejo del CNI, junto a un parque desierto.

Apagó el motor y se quedó unos segundos observando el retrovisor.

Nadie lo seguía. Era obstinado y nunca olvidaba lo aprendido, ya que las amenazas más letales no se anuncian, simplemente están ahí, a la espera del momento más oportuno para clavarte los colmillos.

Se bajó del coche y se abrochó mejor el abrigo para combatir el aire afilado de diciembre.

Caminó entre los senderos de grava húmeda, bajo la sombra desnuda de los árboles, hasta llegar a un banco donde el frío se había posado en forma de escarcha.

Allí, de pie, con la vista fija en las ramas retorcidas, sacó el teléfono encriptado y marcó un número.

La respuesta fue inmediata, apenas dos tonos. Era evidente que el otro la esperaba.

—Dime, capitán.

—Flaco, Luis Conde está muy cabreado contigo —el tono de Eloy Campos era seco, cortante, sin rastro de cordialidad.

—¿Por? —respondió el Flaco con chulería.

—Las órdenes de Luis fueron muy claras.

—Y las he cumplido. ¡A rajatabla!

—¡No me toques los cojones! Sabes de sobra a qué me refiero.

El Flaco dejó escapar una risa seca al otro lado de la línea.

—Si quieres algo, dilo claro. No me vengas con acertijos a estas horas de la mañana.

Eloy apretó los dientes.

—Las órdenes de Luis Conde fueron rigurosas. No tenías que dejar rastro alguno de los asesinatos que se te encargaron. Desde ayer, toda España conoce lo que ha ocurrido en tu hospital.

Al otro lado de la línea, el Flaco se arrellanó en el sofá del salón de su casa con las piernas cruzadas.

—No es culpa mía. Mi trabajo ha sido limpio y no he dejado pruebas. Nadie va a saber que fui yo.

—¡Cómo que no es culpa tuya! Algún rastro has tenido que dejar para que todo el mundo hable de tres muertes sospechosas en el hospital. Toda la prensa, la televisión y las putas tertulias de la radio han convertido esto en un puñetero circo.

—No —la voz del Flaco sonó apagada, casi fugaz.

—Entonces, ¡explícame! ¿Por qué coño investigan esas muertes como si fueran asesinatos?

El Flaco resopló.

—La culpa es de ese comisario metomentodo y de su hija, la doctora Lucía Reyes. No sé qué pijo les pica para investigar este caso, si cualquier otro policía hubiera dado esas muertes por naturales —refunfuñó, levantándose del sofá.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Por qué crees que están investigando?

—¡Ni puta idea! Será orgullo. O porque conocían a los muertos. O vete tú a saber.

Eloy se detuvo junto a un banco de madera. Se pasó la lengua por los dientes.

—Flaco, ¿crees que pueden ser troyanos?

—No tengo ni zorra idea. Pregúntaselo al hacker, al huraño de Esteban, que para esa labor se las pinta solo. Esa es su guerra, ¿no? —respondió con indolencia.

Eloy asintió despacio, pese a la inutilidad del gesto. Sí. Esteban lo averiguaría. Si alguien podía trazar conexiones ocultas y los árboles genealógicos a través de la historia, ese era el hacker.

—Lo averiguará. Y si no, lo haré yo.

—Genial. ¿Algo más, capitán? —preguntó el Flaco con descaro.

—Sí. ¿Estás listo para la misión de hoy? —Eloy cambió de tercio. El verdadero motivo de la llamada era asegurarse de que el Flaco cumpliera la misión de ese día, uno de los más cruciales desde que su pueblo jurara venganza eterna contra los descendientes de los troyanos.

El Flaco dejó escapar un bufido y sonrió con suficiencia, con ese descaro que le caracterizaba, porque sabía que iba a matar sin pestañear.

—¿Acaso dudas de mí?

—Nunca. Pero quiero que esta misión sea limpia. Sin rastros. Sin chapuzas —advirtió Eloy Campos, serio y con un tono de voz cáustico.

—Descuida.

—En cuanto lo termines, llámame.

—Te avisaré.

Eloy guardó el móvil en el abrigo y siguió caminando por el parque.

Su mente ya estaba centrada en las siguientes tres llamadas telefónicas que le quedaban por hacer.

Cuatro misiones.

Cuatro familias de troyanos menos.

Y esta vez, no habría errores.