La última princesa de Troya 39
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Lo que contaba Santiago Reyes a sus superiores y a sus subordinados perecía una locura, pero él siempre defendía su teoría con convicción.

El comisario narraba en cualquier foro que cometer un asesinato sin que la policía descubriese a su autor era el asunto más sencillo del mundo, siempre que el asesino tuviera la precaución de no dejar huellas, que ninguna cámara lo grabara en la calle o en el lugar del crimen y varias argucias más.

Argumentaba que, sin pruebas, no hay asesino.

Aun así, el comisario repetía que un crimen podía pasar desapercibido; con dos, las probabilidades se reducían y, con tres, la policía siempre cazaba al asesino.

Santiago Reyes iba sumido en esos pensamientos hasta que, a las cuatro en punto, llegó a la Jefatura Superior de Policía de Murcia.

Al llegar al pasillo principal de la segunda planta se detuvo y recorrió con la mirada la sala de espera.

El ambiente era tenso. En cada gesto se apreciaba la impaciencia, incomodidad y el miedo.

Médicos, enfermeras, auxiliares, administrativos, celadores y personal de limpieza esperaban a ser interrogados por la muerte del senador Castillo.

Algunos movían los pies con nerviosismo, absortos en la pantalla de sus móviles, y otros apuraban un café comprado en la máquina expendedora por un euro.

La mayoría evitaba cruzar miradas con los agentes que iban y venían por los pasillos.

Nadie hablaba en voz alta, solo un murmullo apagado y frases sueltas flotaban en aquel lugar. Todos repasaban en silencio lo que dirían a continuación.

Santiago pasó de largo y empujó la puerta de la sala de interrogatorios.

Dentro, la iluminación era fría, idéntica a la de la zona quirúrgica del hospital.

Las paredes, alicatadas en azul, le daban un aire impersonal a la sala, diseñada más para intimidar que para generar confianza.

Una ventana sin cortinas dejaba entrar la luz de la tarde.

Cerca de la pared había una mesa de metal con un ordenador encendido y dos sillas frente a ella.

Carmen Pardo, con la delicadeza de quien observa la realidad desde un ángulo sutil, estaba sentada con las piernas cruzadas tras la mesa.

Sus ojos, siempre fijos y en alerta, repasaban unas notas en una libreta.

En el interrogatorio nada se podía escapar, ni los gestos más pequeños, ni los susurros más leves.

Daniel Santos estaba de pie, rígido, con la quietud de una estatua que espera la orden de movimiento. Su presencia era imponente, siempre directo al grano y sin concesiones. Estaba acostumbrado a lidiar con criminales, pero este caso era diferente.

—¿Cuántos han accedido a declarar hoy? —quiso saber Santiago.

—Más de los que imaginaba. Vendrán veinticuatro y el sábado por la mañana otros quince —respondió Carmen.

Santiago evaluó la información con calma. No era la primera vez que veía una lista interminable de nombres, de rostros que poco a poco tomaban forma de sospechosos.

—Perfecto. Nos espera una tarde larga. Empecemos.

Santiago se desplazó un par de metros hasta su rincón habitual, en donde se limitaría a observar. Esperaría que la conversación transcurriera sin forzarla, listo para intervenir en cuanto la oportunidad se presentara.

El primero en entrar fue Gonzalo Vidal. Se sentó con espalda recta, barbilla en alto, rostro imperturbable, mandíbula afilada y esa pose de superioridad que usaba para mantener a raya a su equipo, como si aquello fuera una reunión médica y no un interrogatorio en una sala con azulejos gastados.

—Gracias por venir, doctor —dijo Carmen con su mejor voz profesional.

—No tenía muchas opciones, ¿verdad?

—No —respondió Daniel, que sonrió con sequedad—. Así que vayamos al grano. ¿Dónde estaba la noche en la que mataron al senador Castillo?

—En casa, con mi familia-

—¿Alguien puede confirmarlo? —inquirió Carmen.

—Mi esposa y mis hijos.

—¿Alguien que no dependa de usted?

—No tengo la costumbre de recibir visitas a esas horas, inspectora.

—Subinspectora, doctor, subinspectora.

Gonzalo pareció enojarse y Carmen, siempre cautelosa, cambió de tema.

—¿Ha notado algo extraño en el hospital últimamente? Algún comportamiento inusual, algún evento fuera de lo común.

—No. Todo parece en orden. El hospital es un lugar que ya conozco bien, no suelo prestar atención a cosas que no me afectan directamente.

Carmen giró el monitor del ordenador y le mostró las imágenes de las cámaras de seguridad.

Apareció el celador en el pasillo, que se movía con la seguridad de quien no espera ser detenido.

Luego, el médico en la sala de pruebas funcionales, con un gesto rápido y eficiente, como si aquella no fuera la primera vez que terminaba con la vida de alguien.

Y finalmente, el enfermero en la planta de Medicina Interna, con la bata levemente abierta y las manos en los bolsillos, caminando hacia la habitación del senador Castillo.

Gonzalo se inclinó ligeramente hacia adelante. Vio el vídeo sin pestañear. Santiago notó cómo sus dedos se aferraban con fuerza sobre el reposabrazos de la silla.

—¿Reconoce a alguien? —preguntó Carmen.

—He trabajado en ese hospital más de treinta años. Pero esto es otra cosa.

—¿Qué cosa? —intervino Daniel.

—Significa que el asesino conoce el hospital. No es alguien de fuera. Hay un patrón en su forma de moverse… —atinó a decir, dubitativo, apoyándose en su ojo clínico.

—¿Sospecha de alguien? —insistió Carmen.

Gonzalo dudó. Al final, negó con la cabeza.

Carmen y Daniel formaban un equipo que no necesitaba presentación.

Ella era el tacto, la astucia, el pez que nadaba en aguas profundas sin que nadie sospechara hacia dónde se dirigía.

Daniel, por otro lado, era la fuerza bruta que no dudaba en golpear si la situación lo requería.

Una combinación de precisión y contundencia.

Después de Gonzalo Vidal entró Roberto, porque donde iba el punto, iba la coma. Su entrada a la sala fue distinta, sin la postura arrogante de su jefe, sino con un leve temblor que delataba sus nervios.

—¿Dónde estaba la noche en la que asesinaron al senador? —comenzó Carmen el interrogatorio, con su tono de voz suave pero tajante.

—De guardia en el hospital.

—¿Y a la hora en la que le administraron la insulina rápida?

—En la habitación de los médicos de guardia.

—¿Solo?

—Sí. Había terminado de cenar y subí a cepillarme los dientes. Luego me quedé allí leyendo unos artículos científicos.

—¿Alguien que pueda confirmarlo?

—No.

Roberto tragó saliva por la ausencia de coartada.

—¿Cuándo se enteró del asesinato? —inquirió Daniel.

—Creo que serían sobre las seis de la mañana. Me avisaron las enfermeras de una parada cardíaca en la planta. Al llegar, el senador ya estaba muerto.

Carmen decidió no insistir y pasó a mostrarle las imágenes. Nada más verlas, su rostro se volvió ceniciento.

—¡Joder!

—¿Le suena alguno de ellos?

—No lo sé. Da la impresión de que saben que los graban.

—¿Y? —indagó Carmen.

—Parece alguien que conoce el hospital. No está perdido. No duda.

—¿Podría tratarse de un trabajador del hospital?

—Ahora mismo no sabría decirles.

—¿Vio algo raro esa noche? —preguntó Daniel.

—Nada. Estamos acostumbrados a que mueran personas en el hospital y la primera impresión fue que la causa había sido una hipoglucemia sin más.

Roberto no cedió ante la presión. Se mantuvo firme, aunque sus ojos se movían de un lado a otro, observando a los tres policías.

La sensación de perder el tiempo les acompañó toda la tarde. Solo Clara aportó un detalle que pasó casi desapercibido al percatarse de que el celador no calzaba los zuecos que usaban en el hospital. Del resto del personal no obtuvieron nada.

La última en entrar fue Lucía, ya de noche. Su presencia, calmada y serena, contrastaba con la tensión que había reinado allí durante horas. Se sentó sin apresurarse, con la postura de alguien que conocía bien lo que implicaba estar en ese lugar.

Carmen le mostró las tres imágenes en la pantalla y pasó por alto el interrogatorio.

Lucía las observó con detenimiento, sin dejar escapar ningún detalle. Al principio parecía distante. Buscaba una pista más allá de lo obvio. Pero a medida que las imágenes pasaban una y otra vez, su concentración se acrecentó.

—El celador —barruntó Lucía, con sus ojos fijos en la pantalla. Una sensación de desconcierto cruzó su rostro.

—¿Qué ves? —preguntó Carmen.

—Es difícil de decir. Su postura no es natural. Hay algo en él que no encaja. Los ojos, tal vez. La forma en que se mueve o ese tic que parece presentar en el hombro.

—¿Ese tic? —preguntó sorprendido Daniel—. Yo no veo nada.

—Ponlas otra vez desde el principio —pidió Lucía.

—¿Qué observas en estas imágenes? —interrogó de nuevo Carmen, con la voz suave.

Lucía permaneció callada. Observaba con detenimiento. Intentaba desentrañar lo que los demás no notaban.

—No estoy segura, pero hay un detalle en su actitud que no es normal. Como si ya lo hubiera visto. Pero no puedo asegurar qué es lo que me llama la atención.

Santiago, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, movió ligeramente la cabeza, comprendiendo la angustia de su hija.

Daniel, que no tenía la paciencia de Carmen, insistió de manera más directa, sin rodeos.

—¿Algo raro? ¿Qué cosa? —inquirió, convencido de que ella tenía la clave y lo vería antes que los demás.

—Un movimiento en sus gestos que no debería realizar. Pero no sé qué.

—¿Puedes reconocer alguna conexión entre los tres? —indagó Carmen, consciente de que Lucía ya había dicho más de lo que podía expresar.

Lucía miraba las imágenes. Ponía en práctica todas las artimañas aprendidas durante la carrera de criminología, además de su ojo clínico. Estaba tensa. Sufría por no encontrar la solución que le parecía evidente en las imágenes.

De pronto cayó en la cuenta y abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.

—¡Ya está, ya sé lo que es!

—¿Qué acabas de ver Lucía? —rogó Carmen, expectante y con la respiración contenida.

Los tres policías la observaban con la esperanza de que la respuesta fuera el principio de una pista crucial para la investigación.

—Los tres son la misma persona —aseguró, tajante, con tanta seguridad que espantó al fantasma de las imágenes.

—¡Qué! —atinó a exclamar Santiago, que la miró con el orgullo que solo un padre puede mostrar a su hija.

—Creo que el celador, el médico y el enfermero son la misma persona. Solo que está disfrazado en cada lugar y actúa para pasar inadvertido y desconcertar.

—¿Estás segura Lucía? —preguntó Daniel.

—De uno a diez. Un diez —aseguró Lucía.

—¡Ostraaaaas! ¡Pedazo de pista! Ya lo insinuaste tú Carmen, aunque fue de pasada y no le dimos mucha importancia —precisó Daniel con socarronería.

—Eso significa… —insinuó su padre.

—Que el asesino es un médico del hospital —añadió ella para completar la frase de su padre.

—¿Por qué estás tan segura? —exigió Carmen.

—Porque tanto la sobredosis con potasio e insulina rápida son causas conocidas por cualquier persona que haya buceado unos pocos minutos en el doctor google.

Pero la lidocaína más el propofol exige conocimientos médicos muy avanzados, y no creo que haya muchos médicos en mi hospital que sepan lo que puede provocar esa combinación —certificó Lucía, utilizando una jerga en su explicación médica para que fuera entendida por los tres policías.

No le habían enseñado las imágenes del repartidor de pizzas porque no se veía nada de su rostro, sino solo un cuerpo vestido con pantalón vaquero, un chaquetón gris oscuro y un casco negro.

No obstante, a Carmen se le encendió la luz y tras pulsar otro archivo en el ordenador se las presentó a Lucía.

Mientras Lucía veía las nuevas imágenes, la expectación de los tres policías iluminó la sala por primera vez, con la sensación de estar más cerca del asesino.

—Son los mismos gestos, la misma forma de moverse y la estructura morfológica de su cuerpo es muy similar en las cuatro imágenes. Papá, solo hay un asesino y lo tenéis ahí delante —aseguró. Apuntó con su dedo índice al criminal que cercenaba la vida de los troyanos.

Carmen comprendió que Lucía veía más de lo que las imágenes mostraban a simple vista. Sin embargo, esa pista que Lucía había descubierto seguía latente en el aire como un acertijo sin respuesta, al que le tendrían que poner nombre y apellidos tras la investigación pertinente.

Los ojos de Daniel eran dos grietas abiertas en una máscara de concentración feroz. Jamás habría imaginado lo que Lucía acababa de descubrir.

Santiago lo entendió en el acto.

No estaban detrás de un simple asesino. No era un hombre sin plan, sin control.

Era alguien que ya había matado antes. Muchas veces.

Y estaba seguro de que volvería a hacerlo.