La última princesa de Troya 38 #2
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—Los conseguiré. Pero esto huele a una operación a gran escala que van a llevar a cabo en Murcia y en Madrid.

—Tengo otra evidencia —añadió Rodrigo mientras compartía una imagen en la pantalla—. Movimientos inusuales de comunicaciones en Madrid.

—Define inusuales —pidió Santiago.

Rodrigo amplió la imagen y señaló varios puntos marcados en rojo.

—Bloques de comunicaciones encriptados, que desaparecen en segundos sin dejar rastro —mostró un pantallazo que había capturado antes de desaparecer.

—Lo que nos faltaba, ¡cabrones organizados! —bramó Víctor Díaz de León.

Annick tecleó rápido. Cruzaba datos en su sistema de la Interpol.

—El patrón de comunicaciones coincide con operaciones de inteligencia militar.

—¡No me jodas! —murmuró Santiago.

Rodrigo ladeó la cabeza.

—Es más, he conseguido rastrear un punto de origen en el norte de Madrid.

—Dame una dirección —ordenó Víctor, que tomaba nota sin pestañear—. Mañana por la mañana habrá un equipo que vigilará ese lugar.

Annick Dupont apartó un mechón de pelo de su cara y consultó una libreta de notas junto a su portátil.

Criptógrafa de la Interpol, su especialidad era el descifrado de mensajes en código, y en los últimos días había dedicado cada minuto libre a entender los patrones en las conversaciones de los Mirmidones que le había enviado Rodrigo.

—He analizado los mensajes y hay un patrón.

—¿Cuál? —preguntó Santiago.

—En los mensajes que interceptó Rodrigo —dijo, mientras se colocaba bien las gafas—, cada vez que mencionan la segunda fase, aparece una frase recurrente: El Legado Perdido .

—¿Sabemos qué significa? —demandó Olivia.

—Aún no. Pero lo que está claro es que es importante para ellos y que están dispuestos a matar por ello.

Santiago cerró los ojos. Otro enigma. Y todavía surgía uno más.

La videoconferencia no era más que una ilusión de proximidad.

En la pantalla, los rostros de los miembros de Los Ojos del Cielo se sucedían imponentes.

La distancia no solo estaba en el espacio físico, sino también en las almas de los presentes, cada uno recluido en su propio rincón del mundo, luchando contra sus propios demonios.

Lo que se veía era una sucesión de rostros que, aunque se mostraban serenos, estaban marcados por las huellas del estrés y la desconfianza.

La misión avanzaba, pero las grietas en la investigación eran cada vez más evidentes.

Nadie lo decía, pero todos lo sentían. El peligro estaba cerca y lo peor era que no sabían dónde.

El general Víctor Díaz de León aparecía en la pantalla con su habitual semblante de acero y el cabello cano. Se asemejaba a un César de la antigua Roma. No era un hombre que hablara mucho, pero cuando lo hacía, cada palabra pesaba un quintal.

—Majestad, han ido demasiado lejos —su voz resonó en la videoconferencia—. Creo que es hora de movilizar a Los Guerreros. Hay descendientes de troyanos en muchos lugares de España, aunque más en Murcia y en Madrid.

Los Guerreros era la facción militar secreta de los troyanos. Un grupo de élite integrado por militares y civiles, hombres y mujeres entrenados para el combate, listos para entrar en acción y para matar.

Santiago apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.

—¿Crees que es el momento? —preguntó Santiago.

—Después de toda la información detallada en esta reunión, sé que no podemos esperar.

Si los Mirmidones planean un ataque inminente que va a provocar más muertes, tenemos que ir por delante de ellos para tener protección activa —respondió el general desde su despacho, en el que apenas se veía un mapa de España colgado en la pared y una estantería con documentos.

—¿Quieres desplegar seguridad? —indagó Santiago.

—No. Quiero soldados preparados para matar.

La incertidumbre se apoderó de la sala virtual, pero los demás asintieron. Sabían que lo que proponía no era una opción, sino una necesidad.

—Si movemos ficha demasiado rápido, podríamos perder más de lo que ganamos —razonó Olivia.

—Y si no lo hacemos, podríamos perderlo todo —replicó el general.

—Moviliza a los Guerreros, pero que actúen con discreción. No quiero bajas innecesarias —decidió Santiago.

Díaz de León asintió.

—Serán sombras en la noche.

—Yo también tengo una pista importante —anunció por sorpresa Santiago.

Los demás lo observaron con expectación. Conocían a Santiago, por lo que sabían que podría ser la pista más importante descubierta en la reunión.

—Tengo los videos de las cámaras de seguridad del hospital y de la casa de la familia Fajardo, en la que se ve la imagen del asesino en cada caso.

Os la envío en un archivo encriptado —Santiago tecleó con rapidez y la imagen voló a los demás ordenadores—.

Annick, Arthur y Olivia, analizad las imágenes con vuestros programas informáticos.

Santiago miró a cada uno de ellos. Las piezas encajaban, pero la cuenta atrás había comenzado.

—Rodrigo, sigue infiltrado en ese canal. Si averiguas quién es el próximo objetivo, nos avisas de inmediato —ordenó Santiago.

—Lo haré.

—Annick, descifra esos códigos y cualquier mensaje en clave sobre Murcia o Madrid. En cuanto tengas algo, nos lo comunicas.

—¡Por supuesto!

—Arthur, quiero más información sobre ese vehículo. Además, rastrea el domicilio de la familia Fajardo y el de la familia Duro. Busca a ese repartidor de pizzas y a los asesinos de Boston.

—Los encontraré. Seguro.

—Olivia, investiga en Boston. Quiero saber qué más tenía Carlos Duro y a quién pertenece esa huella.

—Entendido.

—¿Y yo? —preguntó el general Díaz de León.

—Que los Guerreros estén preparados para la guerra.

—Como ordene, Majestad.

—A partir de ahora, nos reuniremos todas las noches a las diez y media hora de España. La próxima reunión será mañana. Necesitamos adelantarnos a los Mirmidones antes de que den su próximo golpe.

Todos asintieron.

Había llegado la hora de dejar de reaccionar y empezar a atacar.

Los Ojos del Cielo entraban en guerra.