La última princesa de Troya 38
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Si no hubiera sido por el viento, que soplaba frío y con fuerza, el sol de diciembre de ese mediodía habría alumbrado un día maravilloso en Murcia.

Santiago Reyes conducía con los dientes apretados, la corbata floja y la radio del coche apagada. No tenía humor para soportar tertulianos.

El sol se eclipsó al aparcar el coche en el parking de su edificio. Se bajó con la chaqueta colgada del brazo y cara de enfado. La mañana había sido un infierno. La prensa lo tenía en el punto de mira y el jefe superior de Policía le había dado un ultimátum.

Estaba acorralado.

—Que me quiten el caso si quieren. Pero cumpliré la misión —masculló entre dientes.

Con la puerta cerrada a su espalda, la casa quedó sumida en la penumbra.

Afuera, la ciudad hervía con la vida de un mediodía cualquiera, con el eco de los pasos apresurados sobre las aceras, el rumor lejano de los coches, las motos y el canto de un vendedor ambulante que ofrecía lotería.

Pero allí dentro, en ese piso austero, lo único que importaba era la información que estaba a punto de recibir.

Se sirvió un vaso de vino, abrió la bolsa de comida preparada que había comprado en el mismo lugar de siempre y se sentó en la mesa de la cocina. Sacó una porción de tortilla de patatas y un trozo de pan. No tenía hambre, aunque comió sin apenas saborear.

Tenía demasiadas muertes que investigar.

Demasiados interrogantes.

Pero la reunión más importante del día la tenía en quince minutos, a las dos y media.

Se dirigió a su despacho y encendió el portátil.

Ejecutó Ilión, la aplicación de videoconferencia segura desarrollada por un grupo de ingenieros informáticos y matemáticos troyanos.

Esperó. Ilión encriptó los datos en menos de dos segundos y ejecutó un protocolo de incógnito basado en múltiples nodos distribuidos en distintos países.

La aplicación era prácticamente indetectable, con un sistema de codificado que dejaba en ridículo a la mayoría de las agencias de inteligencia, tan sofisticada que ni la CIA, ni la NSA, ni el Mosad podrían rastrear y que, además, disponía de un sistema de autodestrucción de datos en caso de intento de acceso no autorizado.

A los dos minutos, cinco ventanas emergieron en la pantalla. Cada una de ellas mostraba a los agentes de Los Ojos del Cielo que, desde diferentes puntos del mundo, trabajaban para desentrañar el complot de los Mirmidones.

Uno a uno los rostros de los cinco troyanos aparecieron. Cinco piezas clave de la hermandad que tenían un mismo objetivo: descubrir a los Mirmidones y acabar con ellos.

La primera en hablar fue Annick Dupont, desde una oficina de la Interpol en Lyon. Era experta en criptografía y análisis de inteligencia, además de tener la habilidad de descifrar códigos y analizar patrones ocultos en mensajes encriptados.

—Majestad.

Santiago se inclinó hacia la pantalla. Ese título aún le sonaba ajeno, pero no la corrigió.

—Confirmo la seguridad de la conexión —dijo Annick Dupont, con su rostro iluminado por las luces de múltiples pantallas que hacían brillar aún más su melena rubia—. No hay rastros de interferencias ni intentos de hackeo. Podemos hablar.

—Buenas tardes, Majestad —saludó Arthur Phillips, un tipo de mirada seca, angulosa, vestido con una camisa blanca impecable, con demasiados años trabajando como agente de ciberseguridad de la NSA, experto en redes de vigilancia por satélite y espionaje digital.

La tercera en intervenir fue Olivia Parker, agente del FBI, con su sempiterno café de cartón en la mano y el cabello castaño recogido en una coleta.

Especialista en homicidios internacionales, investigación forense y perfiles criminales, con más muertos a sus espaldas que algunos generales en tiempos de guerra.

—Santiago, me alegra verte.

Luego, Rodrigo Calderón, policía encubierto, con el rostro apenas iluminado por el resplandor de la pantalla. Especialista en operaciones clandestinas y en la Dark Web. El tipo sabía infiltrarse en cualquier sitio sin que nadie se diera cuenta.

—He encontrado algo en un foro cifrado, pero no os va a gustar una mierda —avisó, con su vocabulario callejero.

Y, por último, aparecía en la pantalla con uniforme de campaña Víctor Díaz de León, general del Ejército de Tierra de España.

Un hombre curtido en misiones internacionales en Bosnia, Irak y el Líbano, con el gesto de quien ha visto más muerte de la que puede recordar.

Era el general y líder de Los Guerreros.

—Majestad —saludó el viejo soldado con gravedad.

En cualquier otra circunstancia, aquellas cinco personas no tendrían nada en común. Pero la sangre los unía.

—Vamos al grano —dijo Santiago, tajante—. ¿Qué habéis descubierto?

—He revisado las imágenes satelitales y térmicas del hospital y de los alrededores durante los últimos días —informó Arthur Phillips con acento mexicano.

El hombre tenía acceso a los satélites de la NSA.

Desde su despacho en Fort Meade, Maryland, manejaba imágenes térmicas y coordenadas con la misma naturalidad con la que otros leían el periódico.

—¿Y qué has encontrado?

—Un vehículo sospechoso. Sin matrícula visible.

Aparcado junto a la salida de urgencias del hospital la noche de los asesinatos de Antonio Fajardo y del senador Castillo —desgranó Arthur la información con su tono siempre tranquilo, acostumbrado a no alzar nunca la voz—.

Estuvo allí veinte minutos y después desapareció sin dejar rastro.

—¿Puedes rastrear su recorrido?

—Estoy monitoreando los accesos a cámaras de tráfico. Pero quien lo conduce sabe lo que hace. Se mueve en puntos ciegos.

—Alguien que conoce bien la ciudad —dijo Rodrigo Calderón.

—O que la ha estudiado a fondo —afirmó Arthur.

—¿Qué posibilidades existen de que le puedas seguir la pista? —insistió Santiago.

—Tengo el coche fichado con todas sus características morfológicas. Si vuelve a aparecer en cualquier calle, le seguiré el rastro.

Olivia Parker dejó el café sobre la mesa y se inclinó hacia la cámara.

—El asesinato de la familia Duro no fue una ejecución común —comunicó Olivia, que desde su oficina en Washington tenía acceso a bases de datos criminales en todo el mundo—. Buscaban algo.

—¿El qué? — se interesó Santiago.

—Hemos recuperado datos del ordenador personal de Carlos Duro y hemos encontrado referencias a documentos históricos sobre los descendientes de los troyanos.

—¿Buscaban una lista de descendientes? —preguntó Annick, ajustándose las gafas de pasta negra.

—Exacto —respondió Olivia.

—Y si la tienen, el siguiente paso es obvio: eliminar troyanos —sugirió Rodrigo.

—Además de esa posibilidad, creo que el motivo puede ser mucho peor, porque encontramos restos de documentos quemados en la chimenea de su casa.

—¿Habéis podido analizar el contenido de esos documentos? —inquirió Arthur.

—Aún no, pero nuestros expertos trabajan en ello. Tengo una pista más, pero aún no puedo cantar victoria —añadió Olivia—. Nuestros científicos forenses encontraron una huella dactilar en la casa de los Duro.

Lo dijo como si fuera un dato más, pero todos sabían que no lo era. No había huellas en los crímenes de los Mirmidones. No dejaban rastro, no cometían errores. Eso cambiaba las reglas del juego.

La huella era más que una pista. Era una grieta en el muro impenetrable de los Mirmidones. Una brecha por la que se podían colar para seguirles el rastro.

—¿Huella de quién? —indagó Santiago.

Olivia negó con la cabeza.

—No lo sabemos todavía. No está en las bases de datos criminales ni en registros civiles de Estados Unidos ni Europa. Si no tiene registro, puede significar dos cosas: o pertenece a un fantasma o a alguien que ha sido muy cuidadoso con su identidad.

—¿Podéis compararla con las bases de datos internacionales? —sondeó Santiago.

—Lo estamos haciendo. Si esa huella pertenece a un Mirmidón, lo encontraremos tarde o temprano —añadió ella.

Annick Dupont, que hasta entonces solo tomaba notas, habló con su característico acento francés.

—Podemos someterla a un análisis más exhaustivo. Si han intentado borrarla o modificarla digitalmente, lo notaré.

Olivia asintió con seriedad.

—Hazlo. Algo me dice que esa huella es más importante de lo que creemos.

—Pásame la imagen. Quiero analizarla con mis propios métodos.

Se oyó cómo Olivia tecleaba con rapidez y la imagen volaba al ordenador de Annick.

—Ya la tengo —afirmó Annick.

—Hay otro detalle —expuso Olivia—. La huella tiene una anomalía en el patrón de las crestas dactilares.

—¿Qué tipo de anomalía? —demandó Annick.

—Un corte en la yema del dedo, una cicatriz que parece reciente.

El comentario hizo que Víctor, hasta entonces callado, hablara por primera vez.

—Si es un Mirmidón, lo sabremos pronto. En cuanto nos crucemos con él, lo mandaremos al infierno y compararemos la huella con su cadáver.

El silencio que se hizo a continuación fue tenso, cargado de la certeza de que esa opción era la única realmente viable.

Desde Madrid, en un despacho en penumbra, Rodrigo Calderón miraba la pantalla con la intensidad de quien ha visto cosas que es mejor no recordar.

El inspector de Policía de la UDYCO, experto en manipular información, ahora estaba infiltrado en las comunicaciones clandestinas de la Dark Web.

Rastreaba foros y chats encriptados. Si los Mirmidones se comunicaban por allí, él lo sabría.

—Intercepté un mensaje anoche —dijo—. Hablan de un próximo movimiento. Un golpe en Murcia y otro en Madrid.

—¿Objetivos? —demandó Santiago.

—No lo dicen. Usan códigos. Pero hay una frase que se repite: La segunda fase está cerca .

—¿Segunda fase de qué? —preguntó Santiago con inquietud.

—Eso mismo me pregunto yo. No lo especifican, pero mencionan dos ciudades: Murcia y Madrid. Algo está en marcha y no creo que sea nada bueno.

—Dame todo lo que tengas sobre ese mensaje —dijo Annick—. Si hay un patrón de cifrado, lo descodificaré.

Rodrigo le envió la información en un archivo encriptado.

—Hazlo rápido. No sabemos cuánto tiempo tenemos.

—Necesitamos más detalles —exigió Santiago.