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Santiago Reyes entró en su despacho y cerró la puerta con un golpe seco. Se pasó la mano por el rostro y, en lugar de gritar, que era lo que le pedía el cuerpo, exhaló con fuerza y dejó escapar un gruñido.
La reunión con Ángel Torres había sido una embestida en toda regla.
Le exigían resultados inmediatos y lo amenazaban con retirarle el caso.
La UCO de la Guardia Civil estaba lista para tomar el relevo si no presentaba avances convincentes.
Pero lo que Torres no sabía, ni podía imaginar, era que lo que estaba en juego no era solo una investigación policial, sino la supervivencia de un pueblo entero. Su pueblo.
Los descendientes de Troya caían uno tras otro.
Los Mirmidones no eran simples asesinos en serie, eran ejecutores con un objetivo claro.
Y él, líder supremo de Los Ojos del Cielo, tenía que detenerlos sin exponerse a que se supiera la verdad.
Precisaba mantener la calma, dirigir la estrategia sin levantar sospechas y evitar que su pueblo fuera conocido por los políticos, los jefes policiales y, menos aún, por los periodistas.
Salió de su despacho y cruzó el pasillo.
En la sala de trabajo, las pantallas de los ordenadores destacaban entre montañas de informes y vasos de cartón con café humeante a medio consumir. Carmen Pardo y Daniel Santos estaban allí junto a otros agentes. Su entrada no pasó desapercibida y Daniel, con su tono socarrón de siempre, soltó:
—¿Cómo está el percal esta mañana, jefe?
Santiago le lanzó una mirada fulminante.
—Está que arde.
Carmen resopló.
—Malditos periodistas. La que han liado. Nos han echado a los leones y, ahora, toda España está pendiente de nosotros.
—Eso nos tiene que hacer más fuertes. Vamos a mover el culo y a trabajar las 24 horas del día —anunció Santiago.
Sin perder tiempo, se dirigieron a la pizarra magnética.
Allí estaban las imágenes de las víctimas: Antonio Fajardo, Rafael Moya y el senador Castillo, con pósit de color amarillo en los que aparecían escritos sus nombres.
A la derecha, las fotos de la familia Fajardo, envenenada en su propia casa.
Una impresora vibraba en la mesa de la esquina escupiendo informes.
Junto a ella, un par de cajas con expedientes sin cerrar.
—Vamos a hacer un resumen de lo que tenemos —ordenó Santiago.
Carmen tomó un rotulador azul y comenzó a escribir con letra clara debajo de la primera imagen.
—Antonio Fajardo, asesinado con una sobredosis de potasio —dijo mientras escribía.
—El asesino es un celador delgado y calvo que conoce bien el hospital —añadió Daniel.
Carmen escribió la información y se movió hacia la segunda víctima.
—Rafael Moya. Asesinado con una inyección de lidocaína combinada con propofol.
—El sospechoso —intervino Daniel—, es un médico flaco que cubre su rostro con una mascarilla.
Carmen lo anotó y continuó.
—Senador Castillo. Sobredosis de insulina rápida administrada la noche anterior.
Daniel, con los brazos cruzados, completó:
—El asesino es un enfermero, de aspecto joven y delgado que se coló en su habitación durante el cambio de turno. La insulina le provocó una hipoglucemia, y al no haber ningún acompañante para avisar de la situación, le causó la muerte.
Carmen se quedó pensativa, como si al leer aquellas palabras, el aire de la sala se hubiera vuelto más turbulento.
—Y ahora la familia de Antonio Fajardo —continuó, sin intentar esconder que se le notaba la tensión en la mano al escribir—. Envenenados con tetrodotoxina.
Daniel dio un paso al frente.
—La toxina del pez globo. Prácticamente imposible de conseguir.
—Y, además, midazolam —añadió Carmen—. El veneno estaba en las pizzas que recibieron en su casa. El midazolam les provocó que se durmieran con celeridad y murieran rápidamente por la acción de la toxina.
Daniel señaló la imagen de la cámara de seguridad.
—El repartidor llegó con el casco puesto. No tenemos ni idea de sus rasgos. Solo sabemos que las pizzas estaban envenenadas y que los mató sin que opusieran resistencia.
—Siempre la misma figura. Un hombre que no deja huellas —resumió Santiago.
Carmen señaló las cuatro imágenes de los fotogramas de los sospechosos que había colocado bajo las imágenes de los asesinados.
—En todos los casos, es delgado y de la misma estatura. Puede ser la misma persona, cambiando de disfraz —insinuó con su perspicacia habitual.
Daniel apoyó una mano en la mesa.
—Y, además, el menda tiene unos conocimientos médicos sobresalientes.
—Eso significa que puede ser que estemos ante un médico. Y no solo eso. Un asesino profesional —afirmó Santiago.
La sospecha se adueñó de la sala. Los tres observaban la pizarra con la esperanza de que las fotos y las notas comenzaran a hablar.
Carmen rompió el mutismo.
—Tenemos que volver a revisar todas las grabaciones.
Se desplazaron unos metros hacia la izquierda.
Daniel insertó un pendrive en el ordenador y conectó el proyector.
Las imágenes comenzaron a reproducirse en la pantalla.
La figura del asesino aparecía en diferentes tomas: el celador, el médico, el enfermero, el repartidor de pizzas.
Siempre con guantes y en tres ocasiones con el rostro oculto.
Carmen cruzó los brazos.
—Si el asesino es un médico, la clave puede estar en interrogar a los médicos de Medicina Interna que, según dicen, son los que más conocimientos tienen en los hospitales.
Daniel resopló.
—No podemos obligarlos sin orden judicial.
Santiago ya lo había pensado.
—Lo sé. Pero vamos a citarlos voluntariamente esta tarde en la Jefatura. Los que no puedan venir hoy, se les da la oportunidad de acudir mañana, aunque sea fiesta, el sábado o la semana próxima. Además de los médicos, citaremos a todo el personal sanitario.
—¿Y qué hacemos con los que no quieran acudir? —preguntó Carmen.
—Nada. Por ahora. Pero si hay algún nombre que se repita demasiado en nuestras sospechas, entonces pediremos una orden judicial —respondió Santiago.
Carmen y Daniel intercambiaron una mirada y asintieron.
—Venga, poneos en marcha. Llamad al hospital y citad a todos. Que a las cuatro de la tarde estén aquí. Hoy empezamos la caza —ordenó Santiago.
—A la orden, jefe. ¡Adiós fin de semana! —exclamó Daniel, con ironía.
—Es lo que toca —respondió Carmen, tan práctica y resolutiva.
Santiago miró la pizarra una última vez. El asesino estaba ahí, escondido entre esas pistas. Solo era cuestión de tiempo.
Luego, sin decir nada más, salió de la sala. Tenía que pensar. Y, sobre todo, tenía que adelantarse a su enemigo.
Se frotó los ojos. Llevaba días sin dormir bien y lo notaba en los músculos, en la cabeza embotada. Pero no podía permitirse descansar ahora. Tenía que atrapar a ese hijo de puta o a esos asesinos antes de que volvieran a matar y sumaran otro nombre a esa pizarra.
No le podía fallar a su pueblo.