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El móvil de Ángel Torres, jefe superior de la Policía Nacional de Murcia, sonó con un timbre agudo que rompió la calma de su dormitorio.
Fue ese tipo de sonido que llega igual que un gancho directo al cerebro.
Se despertó sobresaltado, alargó la mano hacia la mesilla y tanteó a ciegas hasta que sus dedos tropezaron con el teléfono.
—¡Mierda! —gruñó entre dientes, con la intención de que su esposa no se despertara, aunque sabía que no lo iba a lograr.
Respondió antes de que sonara de nuevo, más por instinto que por ganas. No necesitó mirar el reloj para saber que esas llamadas a primera hora significaban solo una cosa: problemas, y de los gordos.
—Torres —respondió en voz baja al descolgar.
La voz al otro lado comenzó sin rodeos: rápida y tensa. Ángel se incorporó en la cama, ya completamente despierto, mientras su cerebro registraba cada palabra como un puñetazo directo porque lo que oía tenía la pesadumbre helada de las malas noticias.
—Voy para allá —dijo y colgó.
Su esposa lo miró desde la cama, con el rostro entre las sombras.
—¿Algo grave?
—Lo de siempre —respondió sin entrar en detalles. Era una mentira piadosa, porque lo que había ocurrido aquella madrugada tenía todos los ingredientes para convertirse en un escándalo mayúsculo.
Se vistió en silencio y se abrochó la camisa con movimientos torpes. Al salir del dormitorio echó un último vistazo a su esposa, que de nuevo dormía ajena al caos que ya empezaba a desplegarse fuera. Cogió la placa y el arma y salió de la casa.
Condujo hacia la Jefatura de Policía por las calles de Murcia ya atestadas de coches que se dirigían al trabajo o a dejar a los niños en el cole.
Durante el trayecto, su teléfono no dejó de sonar.
Respondió, a través del manos libres, a políticos nerviosos, asesores de comunicación al borde del ataque de nervios, periodistas y, la más inquietante de todas, al ministro del Interior, que exigía explicaciones inmediatas.
La tensión era palpable desde que los titulares de la prensa habían encendido la mecha.
Las muertes del senador Castillo y otros casos vinculados al HUAX eran material inflamable para la opinión pública.
Ángel Torres, experto en navegar en el delicado equilibrio entre el deber policial y las presiones políticas, sabía que esta vez el margen de maniobra era escaso.
Entró en la Jefatura y subió las escaleras de dos en dos, devolviendo el saludo somnoliento del agente de guardia.
El despacho, frío y austero, era un reflejo de la personalidad de su ocupante.
Las banderas oficiales de España y de la Región de Murcia presidían la estancia, pero lo que más destacaba eran las vistas: la torre de la catedral, imponente, que se recortaba contra el cielo, y la sierra al fondo, indiferente al caos que reinaba en la ciudad.
Se quitó la chaqueta con un movimiento brusco y la colgó en el perchero. Se dejó caer en el sillón de cuero negro y marcó un número en su teléfono.
—Que venga Santiago Reyes —ordenó.
El comisario no tardó en aparecer. Entró con paso seguro y su rostro impenetrable. Ángel nunca había podido descifrar del todo a Santiago. Era un hombre de principios sólidos al que admiraba, aunque a veces le sacaba de quicio esa forma suya de parecer inmutable ante el caos.
—Buenos días, Santiago. Siéntate. La mañana viene caliente.
—Ya me imagino.
Ángel era un hombre de rostro serio, cara de piel tersa sin una pizca de grasa, pelo corto y de mediana estatura, aunque fibroso.
—Supongo que has visto lo que publica la prensa.
—Estoy al corriente. También he escuchado las emisoras de radio.
Ángel se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa.
—Mi teléfono no ha parado de sonar. Políticos, periodistas, incluso el ministro del Interior.
—Entiendo la situación tras la muerte del senador.
—Quieren resultados y los quieren ya. Y yo también —exigió Ángel, tras ponerse en pie—. Esto no puede seguir así.
—Estoy trabajando en ello.
—No me jodas, Santiago —soltó Ángel; alzó la mano y lo señaló con el dedo índice, amenazante—. ¿Qué demonios está pasando?
—Tenemos tres asesinatos en el hospital y la masacre de la familia de Antonio Fajardo. Es obra de profesionales, pero las pistas son escasas.
—¡Escasas! Necesito certezas, nombres, detenciones.
Ángel empezó a caminar por el despacho con las manos en la cintura.
—¡No me sirve, joder! —espetó Ángel—. Me están presionando para apartarte del caso y poner a la UCO al frente.
—¿Y lo harán? —se interesó Santiago, con una calma que rozaba lo temerario.
Ángel soltó una carcajada amarga.
—He dado la cara por ti, pero no sé cuánto tiempo más podré aguantar.
—Tendrás resultados.
Ángel se detuvo junto al ventanal. Observaba la sierra con cara de mala leche.
—Hay un punto que no me cuadra. Todas las víctimas tienen algo en común: tú.
El comisario mantuvo el rostro inmutable.
—Murcia es una ciudad pequeña. A lo largo de mi vida he conocido a mucha gente. Es cuestión de probabilidades.
—No me tomes por idiota, Santiago. Incluso la familia de Boston está relacionada contigo.
—No tiene nada que ver conmigo.
—Espero que tengas razón. Pero necesito resultados y los necesito ya.
Santiago se levantó y se llevó la mano a la frente en un gesto casi militar, un adiós tácito que Ángel reconoció al instante.
—Los tendrás.
Una vez fuera del despacho, Ángel se quedó con la sensación de que un detalle importante se le escapaba.
Sabía que Santiago no era un hombre fácil de leer, pero había una fisura en toda esa historia que olía a secreto, y los secretos siempre estallaban.