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Los bares se preparaban para el aluvión de clientes, los hoteles recibían a los turistas que buscaban un rincón soleado para dejar atrás el frío del otoño y las calles se llenaban del jolgorio anticipado de un puente festivo que invitaba a la gente a salir, a vivir, a perderse entre terrazas y paseos por el centro.
Sin embargo, el panorama idílico se fue a hacer puñetas igual que la sorpresa que provoca un relámpago en mitad de un cielo despejado.
En los kioscos, en los teléfonos móviles y en las emisoras de radio, los titulares de los periódicos locales incendiaban el ambiente. Las portadas de los diarios eran un festín para los carroñeros de las malas noticias, que ya quemaban en las manos de quienes sujetaban los periódicos.
El primer disparo lo dio Las Noticias de Murcia, que titulaba en gruesos caracteres: La Policía investiga la muerte del senador Castillo en el HUAX de Murcia .
No obstante, a ese titular le siguió un obús de mayor calibre lanzado por El Ideal de Murcia, el periódico de mayor tirada, que encendió la mecha con un golpe certero: La Policía sospecha que el senador Castillo fue asesinado en el HUAX .
Bajo ese titular, como una daga bien afilada, publicaba un subtitular que hacía estremecer a los lectores: La Policía investiga tres asesinatos en el HUAX .
Y para rematar la faena, un ladillo en letras más pequeñas ponía el toque de tragedia sensacionalista: Si ingresas por una patología banal en el HUAX, ¿corres el riesgo de ser asesinado?
Las ondas de choque no tardaron en propagarse. Las emisoras de radio nacionales amplificaron la noticia, y antes de que el sol terminara de asomar por el horizonte, Murcia era ya un hervidero.
Los trabajadores del hospital acusaban el impacto de esas noticias incendiarias en sus rostros y las conversaciones nerviosas comenzaron a llenar los pasillos.
Lucía Reyes llegó con un abrigo beige, largo hasta las rodillas, el cuello alzado para protegerse del frío húmedo de la mañana.
Cruzó la entrada y esquivó grupos de enfermeras que cuchicheaban a toda prisa.
No había avanzado ni cinco metros cuando el guarda de seguridad se le plantó delante y le cerró el paso con gesto marcial.
No se molestó en ofrecerle un educado buenos días y le soltó la noticia con la crudeza de un parte de guerra, sin pizca de consideración.
Lucía asimiló el golpe. No perdió tiempo en preguntar ni replicar.
Se dirigió a la planta de Medicina Interna con paso rápido sorteando el ajetreo del control de enfermería, donde las conversaciones sobre el escándalo eran inevitables.
No se detuvo. Entró en la sala de sesiones clínicas y se sentó en la última fila, consciente de que algo se avecinaba.
La sala se tensó al instante con la llegada de Gonzalo Vidal, impregnado de arrogancia.
Sin preámbulos, chasqueó los dedos para imponer un silencio absoluto.
Su mirada recorrió a los presentes, lenta y calculadora, hasta detenerse en Lucía, dando a entender que esperaba ese instante para ajustar cuentas.
—¡Estará contento tu padre con la que ha liado! —dijo con la frialdad de quien disfruta al propinar un golpe certero.
Lucía mantuvo la compostura. No pestañeó. Había aprendido a soportar el fuego cruzado sin mostrar debilidad.
—Somos el hazmerreír de Murcia y de toda España, porque según la prensa sensacionalista, resulta que en este hospital los pacientes ingresan y los asesinan —añadió Gonzalo Vidal, con palabras cargadas de veneno.
La tensión en la sala era casi inaguantable. Algunos médicos agacharon la cabeza, avergonzados. Lucía permaneció impasible, aunque sus manos descansaban rígidas sobre su regazo.
—Y lo peor —prosiguió Gonzalo—, es que en este hospital hay personas chismosas y chivatas. Y puede ser que el delator o delatora, que ha ido a la prensa, esté presente en esta sala.
Su mirada recorrió a todo el equipo. Buscaba el rostro culpable que nadie quería ofrecerle. Ninguno de los presentes osaba moverse, pero el nerviosismo se reflejaba en los rostros tensos.
—¡Con lo que cuesta ganar el prestigio! Y ahora se va a la basura por culpa de unos titulares sensacionalistas.
Gonzalo volvió a fijarse en Lucía, con la acusación palpable de quien cree ver en ella todos los males.
—Lucía, ya puedes decirle a tu padre que solucione pronto este embrollo.
Si no tiene ninguna prueba fehaciente, que cierre el caso y deje en paz a todo el personal del hospital.
Y si de verdad esas tres personas han sido asesinadas, lo que tiene que hacer es encontrar al asesino —insinuó, con la voz elevada.
Lucía permanecía como una cariátide esculpida para resistir tormentas.
—Y si tu padre no está capacitado para encontrarlo, que deje el caso en manos de la Guardia Civil —remató, venenoso.
La insinuación sobre la incompetencia de su padre para resolver el caso le provocó a Lucía una oleada de indignación. Sin embargo, no habló. Permaneció en silencio, aferrada a su dignidad.
—Dicho esto, vamos a comenzar la sesión clínica.
El jefe de Servicio terminó su arenga con un tono amargo. El murmullo se extendió por la sala y los médicos comenzaron a cuchichear. Algunos miraban a Lucía. Buscaban en su rostro alguna señal de flaqueza, pero ella se mantuvo firme, con la cabeza alta y el corazón fuerte.
La guerra acababa de comenzar y Lucía sabía que tendría que pelearla en más frentes de los que había imaginado. No le importaba. Estaría lista para cualquier batalla que se presentara.
Había aprendido demasiado bien de su padre que en la guerra, ya fuera con armas o con palabras, a veces ganar significaba simplemente no ceder terreno.
A pesar de las sombras que se cernían sobre el hospital, sobre su familia y sobre ella misma, sabía que no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro.
Tenía claro que no iba a permitir que nadie la doblegara.