La última princesa de Troya 34
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Lucía Reyes llegó a la planta de Medicina Interna a las ocho menos diez, con el regusto del café de hospital amargándole la garganta.

Todo parecía normal, hasta que reparó en el bullicio que envolvía el control de enfermería.

Desde la entrada percibió el nerviosismo de las enfermeras, auxiliares y médicos que se movían de un lado para otro.

Se escuchaban murmullos urgentes que nunca se pronunciaban con tanta intensidad a esa hora.

Se cruzó con un compañero de rostro tenso que iba hacia la sala de sesiones clínicas. Pasó a su lado sin detenerse y le dirigió una mirada fugaz de disgusto que le recorrió todo el cuerpo; un presentimiento de que algo malo había ocurrido.

Lucía avanzó hacia el control de enfermería. Clara estaba allí, al frente del pequeño torbellino de voces. Sus manos temblaban mientras apretaba con fuerza un par de bolígrafos. Al ver a Lucía, le hizo un gesto urgente.

Sorteó a una auxiliar que empujaba un carrito de medicación y el murmullo se extinguió.

—¿Qué pasa?

Clara la miró como si le acabaran de soltar una bofetada y aún procesara el golpe.

—Ha muerto el senador Castillo —dijo, casi sin voz.

Lucía sintió que la noticia le cortaba el aliento.

—¿Qué? ¿Cómo que ha muerto?

Clara se frotó las manos, nerviosa.

—Lo encontró Raquel esta mañana, a las seis, cuando fue a cambiarle el suero. Estaba muerto. Avisó al médico de guardia, pero ya no se pudo hacer nada.

Lucía trató de procesar la noticia con desconcierto y una preocupación amarga. El senador Castillo era uno de sus pacientes y estaba mejor de la neumonía. El día anterior habían hablado de que si evolucionaba favorablemente, recibiría el alta en un par de días.

El impacto de aquella pérdida se hizo aún más significativo al recordar la lista que había confeccionado antes de viajar a Boston. El senador estaba en ella. También era amigo o conocido de su padre, aunque ya no sabía distinguir bien entre unos y otros.

—¿Cómo ocurrió?

Clara abrió la boca para responder, pero una voz detrás de Lucía cortó su respuesta.

—Lo siento, Lucía.

Roberto, el médico internista de la camarilla del jefe, que era el que estaba de guardia, se presentó ante ella con la cara seria y el cansancio acumulado de la noche de mierda que había tenido.

—No se he podido hacer nada. Cuando llegué ya llevaba bastante tiempo muerto.

Lucía apretó los labios, conteniendo la rabia que le subía desde el estómago.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué crees que ha podido suceder?

Roberto se pasó una mano por el pelo, nervioso.

—Parece una hipoglucemia severa.

Lucía negó con la cabeza de inmediato.

—Eso es imposible. Tenía pautada una dosis mínima de insulina lenta. Jamás hubiera podido provocarle una hipoglucemia.

—¿Evolucionaba bien de la neumonía?

—Sí. Pensaba darle el alta mañana. Lo hablé con él ayer.

—Eso ya no va a poder ser.

Lucía apretó los puños. Trataba de controlar la oleada de cólera y desesperación que la invadía.

—¿Has solicitado la autopsia?

—Por supuesto. También he dado parte al juzgado.

—Bien.

—Nos vemos en la sesión clínica.

Roberto se marchó y la dejó sola en medio del control de enfermería, donde la pesadumbre persistía.

A Lucía, un presentimiento le atenazaba el pecho: eso no había sido una muerte natural .

Otro amigo de su padre había caído, y aunque no sabía si el senador era troyano, había una sospecha que no podía ignorar: estaba segura de que los Mirmidones estaban detrás de su muerte.

Inspiró profundamente y se obligó a mantener la compostura. Sus dedos temblaron al ajustarse la bata, pero no podía dejar que el miedo la paralizara. Enderezó la espalda y echó a caminar hacia la sala de las sesiones clínicas.

Lucía empujó la puerta con la intención de pasar desapercibida, pero el chivato lamento de la puerta hizo que todas las cabezas se giraran hacia ella, con la puntualidad cruel de un tribunal inquisidor.

Sus compañeros le clavaron miradas cargadas de una hipócrita profesionalidad.

A Lucía aquello le importó un pimiento. Con el rostro pétreo, caminó hasta la última fila, donde los que llegaban tarde se acomodaban, a la espera del juicio inevitable de sus superiores.

El aire viciado de la sala olía a rutina y hastío. La voz del residente, joven y nervioso, se elevaba con la inseguridad del aprendiz que camina sobre cristales rotos, consciente de que el jefe del Servicio, Gonzalo Vidal, acechaba en la primera fila dispuesto a soltar el primer hachazo.

Lucía ni siquiera escuchaba. Las palabras se diluían en su mente, borradas por una inquietud ponzoñosa que le revolvía el estómago.

La imagen del senador Castillo sobre las sábanas blancas seguía en su mente, atrapada en un bucle de imágenes.

Le resultaba imposible no pensar que aquello era mucho más que una simple muerte clínica.

Y, sin embargo, allí estaba, obligada a participar en la liturgia diaria del hospital que ya le repugnaba.

La tensión creció cuando el doctor Vidal interrumpió al residente con su característico tono cortante.

Siguió la sempiterna confrontación con Rubén Pita y comenzó la tan habitual pelea de egos de cada día.

Las palabras iban y venían como cuchillos bien afilados.

Una función teatral repetida demasiadas veces.

Con la discusión agotada, Gonzalo Vidal se puso en pie y mostró una gravedad estudiada que presagiaba una tragedia nacional.

—Anoche falleció el senador Castillo —anunció, con la solemnidad del actor protagonista de una tragedia griega.

El anuncio de la muerte del senador provocó un murmullo angustioso y Lucía sintió cómo la sangre le bajaba de golpe a los pies. Tuvo el presentimiento de que aquella disertación iba a ser un ataque frontal hacia ella.

—Siguiendo el protocolo, se ha solicitado la autopsia y comunicado el caso al juzgado de guardia.

Sin embargo, es evidente que no se trata de un asesinato, sino la consecuencia de una mala praxis médica.

Probablemente, la muerte del senador sea una negligencia provocada por la prescripción de una dosis excesiva de insulina que le ocasionó una hipoglucemia fatal.

Lucía recibió el golpe sin pestañear, como un soldado que sabe que el enemigo le ha apuntado directamente a su corazón.

No necesitó escuchar su nombre para saber que la acusación estaba dirigida a ella.

El silencio en la sala era sepulcral y los ojos de sus compañeros se clavaron en ella.

No se movió ni un milímetro. Mantuvo la mirada fija en Gonzalo Vidal sin ofrecerle el espectáculo que él ansiaba, aunque por dentro el odio le hervía y le tensaba cada fibra del cuerpo.

Sin embargo, lo que más le dolió fue el silencio de Rubén Pita.

Siempre había sido su aliado en las trincheras del hospital, el médico íntegro que no temía enfrentarse a Gonzalo Vidal.

Sin embargo, esta vez permaneció callado.

Ni una sola palabra en su defensa. Lo miró.

Esperaba que dijera algo, que desmintiera aquella barbaridad, pero permaneció en silencio.

Gonzalo Vidal dio por terminada la sesión y Lucía se levantó de golpe, con la cabeza alta y una serenidad que ocultaba su torbellino interior. Caminó hacia la puerta y resistió el impulso de dar un portazo que hiciera temblar las paredes.

El frío del pasillo le golpeó el rostro al salir y no logró disipar la sensación de asfixia que la oprimía. La ira le revolvía las entrañas, pero tenía una prioridad más urgente que enfrentarse a las acusaciones de un jefe ruin.

Sabía que la muerte del senador no había sido accidental.

Era otro movimiento de los Mirmidones, y cada vez quedaban menos nombres en la lista de amigos de su padre.

Si habían llegado hasta el senador Castillo, nadie estaba a salvo.

Ni siquiera su padre.

Tampoco ella.