La última princesa de Troya 33
37%

33

La noche se cernía sobre Murcia inquieta y confundida. El senador Castillo contemplaba las azoteas irregulares de los edificios cercanos, recortadas contra un cielo de un negro aterciopelado, vacío de estrellas.

El tráfico, al otro lado del cristal, se mezclaba con el suave trasiego del pasillo. A esa hora, el cambio de turno del personal llenaba el ambiente de voces discretas y pasos apresurados del hospital.

El senador dejó caer sobre sus muslos el pesado documento que leía. La letra pequeña bailaba frente a sus ojos cansados, como si la tinta quisiera escapar del papel. Se frotó la frente, consciente de que la fiebre había cedido, pero el agotamiento persistía aferrado a su cuerpo.

La puerta se abrió sin previo aviso. Un enfermero alto, de pocas carnes, rostro barbilampiño que parecía el de un actor en un papel demasiado serio, entró con paso seguro.

Llevaba el uniforme impoluto, y su cabello rubio, perfectamente peinado con una raya a la izquierda, relucía bajo la fría luz de la habitación.

—Buenas noches, senador Castillo —dijo la voz de alguien acostumbrado a ganarse la confianza de los pacientes—. ¿Cómo se encuentra?

Castillo se acomodó en la cama y dejó escapar un leve quejido.

—¡Uf…! mejor, pero molido. Estos antibióticos me dejan hecho polvo.

El enfermero asintió con una sonrisa cortés. Revisó el gotero con movimientos precisos, con la calma y meticulosidad de quien conoce bien su oficio.

—No se preocupe, en unos días recibirá el alta y podrá irse a casa recuperado.

Sacó un pequeño vial del bolsillo de su bata y lo perforó con una aguja fina incrustada en una jeringuilla. El senador observó el brillo de la aguja con curiosidad y resignación, demasiado cansado para cuestionar nada.

—¿Qué lee? —se interesó el enfermero.

—Un proyecto de ley que tenemos que debatir en el Senado en dos semanas.

El enfermero soltó una risa breve, sin convicción.

—Mucho tema para su estado actual.

—Ya lo creo. Voy a terminar ya y me dormiré. Mañana será otro día.

El enfermero hundió la aguja en la vía del suero y presionó el émbolo de la jeringuilla con lentitud.

—Hace bien. Mañana estará mejor para concentrarse en ese mamotreto.

Castillo se removió en la cama.

—¿Ana ha terminado ya su turno?

—Sí. Acabamos de hacer el relevo.

—Es una gran profesional. Espero que usted también lo sea.

El enfermero esbozó una sonrisa entrañable.

—Eso intento.

Guardó la jeringuilla de manera automática.

—Esto ya está. Que descanse.

Castillo asintió con pesadez.

—Gracias.

El enfermero salió de la habitación y cerró suavemente la puerta. El senador apagó la luz, dejó la habitación en penumbra y respiró con lentitud para intentar relajarse.

Los políticos suelen creer que se pueden anticipar a las jugadas de los demás. Sin embargo, en esa habitación del hospital, el senador Castillo estaba a punto de descubrir que la vida y el poder siempre se reservan una última carta bajo la manga.