32
Con la rutina de cada mañana, Santiago Reyes tomaba el café sin prisa.
Observaba la torre de la catedral de Murcia recortada contra el cielo claro.
La tostada de aceite y sal crujía entre sus dientes mientras aspiraba el aroma del café recién hecho.
A esa hora, la ciudad comenzaba a cobrar vida.
Parecía un buen día, pero tanta tranquilidad siempre le resultaba engañosa. Lo sabía demasiado bien.
El teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la mesa y rompió la calma. Santiago lo miró de reojo antes de cogerlo. En la pantalla vio el nombre de Carmen Pardo. Si la subinspectora lo llamaba a esas horas, no era para contarle nada bueno.
—Dime, Carmen.
—Jefe, tengo malas noticias.
—Al grano.
—Han encontrado muerta en su casa a María y a su familia.
El mundo pareció congelarse. Santiago sintió cómo sus dedos se crispaban alrededor de la tostada hasta partirla en dos, manchándose de aceite la palma de la mano. Apretó los dientes. María, la mujer de Antonio Fajardo. Sus amigos. No podía ser.
—¿Cómo? —atinó a preguntar, sin saber muy bien lo que había dicho.
—Lo que oyes.
—¿Está avisada la científica?
—Acaban de salir para allí.
—Recógeme en diez minutos al final de la calle de Correos. Donde siempre.
Colgó sin despedirse. Se lavó la mano manchada sin sentir el frío del agua. El rostro reflejado en el espejo del baño mostraba una expresión dura y en sus ojos se apreciaba la cólera por el golpe que acababa de recibir.
Diez minutos después, el coche camuflado de policía, conducido por Daniel Santos, se detuvo frente a él en la esquina indicada. Carmen iba en el asiento del copiloto, seria. Santiago subió con precipitación.
—Luz y sirena —ordenó en cuanto cerró la puerta.
El motor rugió mientras el coche se lanzaba al tráfico. La luz estroboscópica giraba sobre el techo y la sirena cortaba el aire. Las calles de Murcia se desdibujaban a su alrededor, borrosas entre el bramido del motor y el ulular insistente.
—¿Qué sabemos?
—La asistenta llegó esta mañana y se encontró los cuerpos. Llamó a la policía entre gritos para anunciar la tragedia que se había encontrado —contestó Carmen.
—¿Incluidos los niños? —realizó la pregunta que no hubiera deseado hacer. Temía la respuesta.
—Sí, jefe.
Santiago cerró los ojos para permitir que el rostro de María y el eco de las risas de sus nietos se colaran en su mente. Maldijo por lo bajo con un nudo de rabia que le apretaba la garganta. Dos niños. Nadie merecía eso. Respiró hondo y dejó que la ira regresara a tensar sus entrañas.
El coche llegó a la urbanización donde vivían los Fajardo, con jardines bien cuidados, casas modernas y sus ventanales amplios que reflejaban el verde intenso del campo de golf.
La paz aparente de aquel rincón privilegiado se quebraba con la sola presencia de la policía.
Los coches patrulla permanecían estacionados frente a la entrada con sus luces azules que giraban sin hacer ruido.
Los agentes acordonaban el perímetro y la Policía Científica descargaba maletines y cámaras, avanzando hacia el interior, con la calma de cirujanos listos para diseccionar los cuerpos inertes.
Al detenerse frente a la puerta de la casa, Santiago sintió una punzada en el estómago.
Se bajó rápidamente y cruzó el umbral con paso decidido, acostumbrado a escenarios donde el horror se presenta bajo apariencias tranquilas.
El inspector Daniel Santos y la subinspectora Carmen Pardo le siguieron.
Sus ojos recorrieran la escena del crimen mientras sus mentes analizaban lo que podía haber sucedido.
Dentro, la calma era siniestra. Los niños yacían en los sofás blancos.
Los matrimonios reposaban en sus sillas, casi abrazados en una quietud macabra.
María, la mujer fuerte y amable que él recordaba, estaba apoyada sobre la mesa de cristal.
Ni siquiera los dos pequeños Yorkshire se habían librado de la muerte.
—Maldita sea —bramó Santiago.
—No sé qué decir, jefe —murmuró Daniel con voz grave.
Santiago no respondió. Su mirada iba de un cuerpo a otro, atrapada entre el desconcierto y el hartazgo de alguien que ha visto demasiados muertos, pero nunca algo así: sin ruido, sin señales de lucha, como si la muerte se hubiera instalado allí con la misma naturalidad con la que cae la noche.
La subinspectora Carmen Pardo tenía el rostro endurecido, con un brillo inquisitivo en los ojos. No era alguien que se amilanara ante el horror, sino que más bien lo diseccionaba con frialdad.
—Parecen dormidos —dijo con un hilo de voz.
—Vamos a necesitar cada maldita pista que podamos sacar de aquí —ordenó Santiago, dirigiéndose a Ignacio, inspector jefe de la Policía Científica—. Que analicen la comida, las bebidas, todo.
Los agentes de la Policía Científica comenzaron a desplegar su ritual meticuloso.
Los monos blancos contrastaban con la pulcritud del salón y los transformaban en figuras espectrales que se movían entre los cuerpos sin vida.
Las mascarillas les cubrían media cara, los guantes los llevaban ajustados hasta la base de las muñecas y sus pasos eran amortiguados por las calzas.
Uno de ellos abrió su maletín negro y sacó el material.
Un agente roció luminol sobre el suelo y otro, con una linterna de luz azul, intentó revelar posibles trazos de sangre invisible.
Otros recogían muestras de la comida y etiquetaban cuidadosamente cada resto de pizza.
Las cámaras de fotos capturaban la escena con una frialdad que contrastaba con la gravedad de lo que se veía.
—¿Alguna hipótesis? —preguntó Carmen mientras observaba cómo los perritos eran introducidos en bolsas de evidencias.
—Envenenamiento, con total seguridad —contestó Santiago sin titubeos—. Pero no uno cualquiera. Esto está muy bien planeado.
Daniel Santos resopló.
—Hasta los perros, ¡joder!
—El asesino o los asesinos querían asegurarse de que no quedara nadie vivo —añadió Santiago—. Alguien que hace esto no deja nada al azar.
El comisario recorrió con la mirada la estancia helada. Las pizzas abandonadas sobre la mesa, con trozos mordisqueados aún visibles, parecían un macabro testimonio de la última cena de aquella familia.
—Los niños no merecían esto —dijo el comisario en voz baja.
—Nadie lo merece —replicó Santos, con la voz endurecida—. Pero esto es algo personal, jefe. Tiene que serlo.
El comisario no respondió. Sus ojos se fijaron en los rostros plácidos de las víctimas.
El veneno o lo que fuera, había sido eficaz.
Habían caído como en un sueño, sin resistencia, sin violencia.
Aquello no le daba paz. Solo preguntas. La seguridad de que quien había orquestado aquella masacre sabía lo que hacía.
Santiago avanzó hacia la mesa, donde un agente recogía con cuidado muestras de las pizzas en bolsas herméticas.
—Quiero los resultados preliminares en cuanto sea posible. Y que busquen cualquier signo de acceso forzado.
Los teléfonos móviles de las víctimas vibraban y sonaban esporádicamente sobre la mesa. Mensajes de amigos, llamadas de familiares sin respuesta.
Carmen se acercó a uno de ellos y lo apagó con un movimiento casi mecánico.
—Cállate —dijo en voz baja. No quería que nadie perturbara la calma sepulcral del lugar.
—¿Dónde está la asistenta? —preguntó el comisario a Ignacio.
—En otra habitación, bajo custodia.
—Carmen, ve a hablar con ella —ordenó Santiago, y luego se volvió hacia Ignacio—. ¿Habéis encontrado alguna pista?
Ignacio negó con la cabeza.
—Está todo más limpio que una patena, comisario. No hay huellas, no hay signos de lucha. Nada.
El comisario se acercó a la mesa de cristal. Sabía que algo no encajaba. El escenario era perfecto en su simplicidad, demasiado perfecto. La limpieza en la escena solo podía significar una cosa.
—¿Sugerencias?
Ignacio miró alrededor. Observaba la escena con más detenimiento. Se detenía sin prisa en cada rincón, en cada objeto y cada detalle.
—Esto es obra de auténticos profesionales, comisario. No hay otra explicación.
Santiago asintió lentamente, pero en su mente comenzaba a tomar forma una idea peligrosa.
—Hasta los profesionales cometen errores. Buscad hasta el último rastro y las cámaras de videovigilancia, también — ordenó, gritando—. Porque el cabrón que hizo esto sabe esconderse, pero no es perfecto. Nadie lo es.
Los demás comenzaron a registrar la casa y Santiago se quedó en el salón. Analizaba la escena del crimen.
Detrás de esa aparente perfección se escondía una realidad mucho más oscura. Un secreto que aún no habían descubierto los demás. Una verdad que solo él conocía.
Los Mirmidones habían estado allí y alguna pista habrían dejado.
Tuvo la convicción de que la venganza se escenificaba mucho más compleja y peligrosa de lo que imaginaba.
Y no sabía a cuántos troyanos más podía alcanzar.