La última princesa de Troya 31
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El amanecer se estiraba tiñendo de un tono anaranjado el cielo frío de diciembre.

Las primeras brumas del alba se deshacían lentamente sobre el campo de golf, donde el césped, aún perlado por el rocío, se exhibía perfectamente recortado.

La luz se derramaba con delicadeza sobre los pinos y los olivos que bordeaban las calles verdes bien cuidadas.

El campo respiraba esa calma perfecta que pronto sería rota por el caminar pausado de los golfistas, el golpe seco de los hierros y el suave vuelo de las bolas.

Todo parecía suspendido en un instante sereno, como si el tiempo permaneciera inmóvil unos segundos antes de la agitación diaria.

Algunos olivos, igual que ancianos centinelas, se inclinaban con respeto hacia una casa blanca de diseño moderno que observaba el paisaje con la vanidad de quien sabe que es hermosa.

Era una construcción moderna de líneas rectas y ventanales generosos.

Tenía las cortinas descorridas dejando entrever un salón amplio, minimalista, donde el blanco puro dominaba las paredes y los muebles.

Las luces del salón aún estaban encendidas, como si la noche se hubiera resistido a marcharse del todo.

Todo parecía en orden.

Demasiado en orden, quizás.

Los dos niños reposaban en los sofás, con sus pequeños cuerpos acomodados en posturas relajadas, como si el sueño los hubiera atrapado en plena conversación. Simulaban muñecos abandonados tras una jornada de juegos interminables.

Sus padres, sentados en torno a la mesa, sucumbían también al cansancio.

Las dos parejas mantenían sus cuerpos inclinados hacia sus cónyuges, con las cabezas apoyadas unas en el hombro del otro.

Cualquiera habría dicho que cayeron en ese dulce letargo que a veces sorprende tras una cena larga y satisfecha.

María, la esposa de Antonio Fajardo, descansaba con la mejilla apoyada sobre la mesa de cristal y el cabello desparramado alrededor.

Las cajas de pizza, abiertas y casi vacías, daban testimonio de una cena reciente. Algunos trozos sobrantes, esparcidos entre los platos, conservaban ese aspecto aún apetitoso que solo las pizzas frías parecen tener.

Sobre la mesa, dos pequeños cuerpos peludos completaban la escena. Los Yorkshire, siempre revoltosos, estaban inmóviles, con restos de pizza atrapados entre sus diminutos colmillos.

Sin embargo, ese cuadro bucólico, perfecto para ser retratado en un lienzo de tardes felices, escondía una verdad invisible que avanzaba en silencio.

Ninguna persona manifestaba una respiración acompasada, ni existían leves movimientos en los cuerpos que delataran el tránsito natural a través del sueño.

No había nada, salvo un silencio denso, de esos que presagiaban períodos de ira y deseos de venganza.

Si aquello hubiese ocurrido en la antigüedad, habrían quedado las marcas de una carnicería épica, con miembros seccionados, lanzas rotas, flechas clavadas por debajo de la quijada y regueros de sangre sobre las losas del suelo.

Pero los tiempos modernos preferían un método elegante y limpio, con una muerte discreta llegando sin previo aviso, para dejar tras de sí un cuadro ordenado y pulcro.

El lienzo era hermoso y terrible, una escena donde la vida fue arrancada con sigilo, y mostraba el contraste de una serenidad irónica, casi cruel.

Ninguna señal de violencia, ningún grito ahogado en el aire. Solo el sueño eterno, limpio, meticuloso, como si la muerte hubiera querido pasar inadvertida entre ellos.

El ambiente, que debía estar cargado de risas infantiles y conversaciones familiares, estaba ahora impregnado de un silencio reverencial.

Solo los teléfonos móviles, que vibraban y sonaban insistentemente, rompían la calma. Sus dueños ya no podían responder. Dormían entregados al sueño de la eternidad, arrastrados por la tragedia que había acabado con toda la familia, incluso con los traviesos perritos.

Desde la distancia, el campo de golf era hermoso, indiferente al destino que acababa de sellarse entre las paredes blancas de aquella casa.

La muerte vino a cenar en la mesa de cristal de aquella mansión y se marchó sin mirar atrás.