La última princesa de Troya 89
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En su casa apartada, al resguardo de cualquier ruido que no fuera el zumbido constante de sus equipos informáticos, Esteban había pasado la mañana inmerso en una lucha invisible pero feroz.

Él y su equipo llevaban horas de contienda contra un ataque informático masivo.

Hackers organizados, de vete a saber dónde, aunque lo intuía, habían intentado penetrar en el sistema de uno de los bancos más importantes del país.

Había sido una batalla técnica, compleja, de esas que dejan exhaustos incluso a quienes están acostumbrados a librarlas.

Una vez que el sistema quedó asegurado, Esteban se frotó los ojos y se permitió mirar de reojo al monitor en el que trabajaba desde hacía días.

Era el programa que había diseñado para la búsqueda del actual rey de los troyanos.

La barra de progreso marcaba el cincuenta por ciento de avance.

Sonrió, no con soberbia, sino con la certeza de que estaba a punto de saber de quién se trataba.

Dejó los ordenadores encendidos, vigilantes, convertidos en centinelas digitales, y subió desde el sótano por la estrecha escalera hasta la planta principal.

Sintió una satisfacción íntima, una de esas pequeñas victorias profesionales que solo conocen quienes se mueven en los márgenes del sistema, defendiendo sin rostro lo que los demás ni siquiera saben que peligra.

El paseo por el sendero arbolado junto a su casa era un hábito reciente, necesario para oxigenar la cabeza después de respirar tantas horas el aire viciado del sótano.

Caminó unos minutos bajo los árboles, atento al sonido de sus pasos sobre el suelo húmedo, mientras la brisa fresca le despejaba la mente.

Regresó poco después, con la intención de prepararse la comida. Cruzaba el salón rumbo a la cocina cuando su móvil vibró en el bolsillo. Lo sacó y en la pantalla vio un número que no figuraba en su agenda.

Nunca respondía a llamadas de números no registrados. Había aprendido a desconfiar, a protegerse. Pero algo, no supo bien qué, lo empujó a contestar. Quizá el alivio del deber cumplido, quizá una intuición ancestral. Tal vez un simple error.

—¿Hola?

La voz que respondió sonó lejana, grave, envuelta en una tristeza que se adivinaba antigua.

—¿Esteban Conde?

El uso de su apellido lo sobresaltó. Muy pocos lo conocían. Ni sus empleados, ni muchos de sus amigos. Esteban, a secas. Todos lo llamaban así.

Ese detalle, ínfimo pero revelador, lo puso en guardia.

—Soy yo. ¿Quién es?

El hombre, sentado en los escalones del Trocadero, miraba con desolación hacia la majestuosa Torre Eiffel, que parecía indiferente a la noticia que estaba a punto de comunicar.

Su mano, cerrada con fuerza en torno al teléfono, mostraba un pulgar marcado por una cicatriz que brillaba como un medallón grabado por el tiempo.

—Lo siento, pero tengo malas noticias que comunicarte —avisó el hombre de la cicatriz.

Esteban tragó saliva y un mal presentimiento le recorrió el estómago.

—Estoy preparado. Dime lo que me tengas que decir —ordenó, firme.

—Ayer asesinaron a tu padre Luis Conde —le comunicó, con un tono marcado por la aflicción—. Estaba en el apartamento de Lyon y lo envenenaron casi con total seguridad con cicuta.

El silencio que siguió fue absoluto.

Esteban no preguntó nada. No pidió detalles. No exigió pruebas ni explicaciones. Solo apagó el teléfono, terminando la llamada con un gesto mecánico, casi ajeno.

Durante unos instantes se quedó quieto y sintió cómo la noticia lo atravesaba.

Primero fue un pinchazo agudo; después, una oleada de fuego que le abrasó el pecho, le trepó por la cara y le inflamó los ojos hasta hacerlos estallar.

Le faltaba el aire. El dolor, inesperado, le sacudió por dentro con violencia.

Sin medirlo, sin pensarlo, lanzó el móvil contra la pared con el mismo estilo con el que Aquiles lanzó su lanza contra los troyanos.

Murcia, 18 de mayo de 2025