La última princesa de Troya 27
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El nombre resonó extraño y familiar, semejante a una pieza de rompecabezas que no encajaba del todo, pero que no podías desechar.

—¿Quiénes son esa gente?

—Son los hombres de Aquiles. Durante la guerra de Troya, nuestro pueblo mató a su héroe.

Después, los Mirmidones juraron vengarlo y exterminar a todos los descendientes de los troyanos.

Nos han perseguido durante siglos, pero nosotros los supimos esquivar.

Huimos y nos escondimos de ellos una y otra vez.

Ahora están en Boston, en Murcia y no sé en cuántos lugares más.

Lucía se levantó del banco y dio unos pasos hacia la barandilla que separaba el parque del puerto. Miró el agua, buscando una respuesta que sabía que no iba a encontrar.

—Es una venganza, papá. Eso es lo que me cuentas. Venganza. Pero ¿por qué después de tantos siglos? ¡Han pasado más de tres mil años! El mundo ha cambiado. Esto no tiene sentido.

—Yo tampoco lo entiendo —admitió y se puso de pie—.

Según los escritos que conservamos, los primeros años tras la huida, nuestro pueblo vivió con un miedo permanente.

Nos escondimos e intentamos desaparecer sin dejar ningún rastro.

Con el paso de los siglos nos integramos en la sociedad de ese tiempo y olvidamos.

Pasaron dos mil años y pensábamos que estábamos a salvo.

Pero nos equivocamos. Estas últimas semanas lo han dejado claro.

No estamos seguros. Nadie lo está. Y debemos prepararnos para lo que pueda suceder, porque todos estamos en peligro.

Lucía lo miró y sintió que lo veía por primera vez. Ya no era su padre, el hombre que siempre había estado ahí para ella. Era alguien que cargaba con un tormento mucho mayor del que jamás hubiera imaginado.

—¿Qué vamos a hacer?

—Ahora lucharemos. Porque si no lo hacemos, ellos terminarán lo que empezaron hace tres mil años.

—¿Cómo lo haremos?

—Con Los Ojos del Cielo.

Lucía se quedó perpleja y arqueó las cejas, incapaz de ocultar su confusión.

—¿Qué es eso?

—Es algo que nació hace más de tres mil años, después de la caída de Troya.

Nuestros antepasados sabían que nunca estaríamos seguros, que los Mirmidones siempre nos perseguirían.

Así que crearon una hermandad, un grupo de guerreros, hombres y mujeres, cuya única misión era proteger a los suyos y preservar nuestra existencia. La llamaron Los Ojos del Cielo.

—¿Una especie de ejército de los nuevos troyanos?

—Exacto.

—¿Y por qué ese nombre, Los Ojos del Cielo?

—Vamos a sentarnos, Lucía, porque la respuesta a esta pregunta tiene miga.

Tenía la necesidad de ofrecer a su hija una explicación fidedigna del honor que significaba para los troyanos pertenecer a la hermandad.

—No solo era un ejército, era mucho más.

Aquellos hombres y mujeres protegían con armas, pero también con astucia.

Se infiltraban entre las sombras para anticipar cada peligro.

En aquel entonces, los dioses eran los únicos capaces de observarlo todo desde las alturas.

Nuestros antepasados decidieron que, si los dioses nos habían abandonado, nosotros seríamos nuestros propios guardianes.

El nombre viene de la idea de que, para proteger a los nuestros, debían elevarse por encima de todo y observar desde el cielo.

Eso era antes. Hoy, Los Ojos del Cielo han evolucionado.

Ya no son guerreros con arcos y espadas, sino personas infiltradas en los estamentos más altos de la sociedad: políticos, militares, policías, empresarios, incluso Agencias de Inteligencia.

Todos ellos son troyanos y responden a la hermandad.

¿Viste a toda esa gente en el entierro? Algunos de ellos estaban allí para pedirnos protección, para recordarnos que su seguridad depende de nosotros.

Todo aquello sonaba demasiado grande y peligroso. Pensó en el entierro de Carlos, en las miradas solemnes y los gestos reverentes hacia su padre. Entonces, recordó lo que le había llamado la atención.

—Papá, tengo que preguntarte algo muy importante.

—Dime.

—Hoy en el entierro observé que muchas personas te abrazaban con fuerza, te hacían reverencias y algunas incluso te llamaron Majestad. ¿Por qué te llamaron así?

—Es una cuestión simbólica. Tiene que ver con la hermandad. Ahora mismo soy el máximo responsable de Los Ojos del Cielo. Por eso me llamaron así.

Lucía no estaba completamente satisfecha con la respuesta, pero intuyó que no era la situación adecuada para insistir. No obstante, su padre no le dio tiempo a replicar.

—Hoy todos los que estaban allí me pedían lo mismo: protección. Que intervenga para eliminar a los Mirmidones y asegurar la supervivencia de nuestro pueblo.

—Entendido. Lo que no comprendo es cómo hemos podido sobrevivir tanto tiempo. ¡Han pasado más de tres mil años! Hubo guerras, invasiones, plagas, los iberos, cartagineses, romanos, visigodos y los árabes. ¿Cómo es posible que aún sigamos aquí?

—Esa pregunta puede ser muy difícil de responder, pero si lo piensas bien, la respuesta es muy sencilla: con astucia, sabiduría y mucho trabajo.

Nuestro pueblo tuvo la astucia de integrarse con naturalidad con los pueblos dominantes en cada época de la historia.

Tuvo la sabiduría de prosperar con los diferentes reinos con los que tuvimos que convivir y trabajar de sol a sol en cada estación del año.

Nos ayudábamos unos a otros para no dejar a nadie en la estacada.

Además, aprendimos a dividirnos para multiplicar nuestras posibilidades.

A lo largo de los siglos, nuestro pueblo se asentó en distintos puntos de la geografía española y europea, de modo que, si una colonia caía, otras podían sobrevivir y mantener vivas nuestras raíces.

Lucía no sabía si sentirse orgullosa con aquel descubrimiento o aterrada por lo que significaba para ella.

—Papá, ¿quieres que te diga la verdad de lo que pienso?

—¡Por supuesto! Adelante.

—Iba a decir que me parece una chorrada, pero prefiero ser más diplomática.

Quiero pensar que fue la suerte la que nos permitió sobrevivir y permanecer intactos como pueblo durante tantos siglos, ¡qué digo siglos, joder!

, ¡si han pasado más de tres mil años! —Lucía arqueó su cuerpo, se apoyó en el banco y se puso en pie—.

No obstante, también tienes que saber que envidio a todos nuestros antepasados por el coraje que tuvieron para mantenerse unidos y no olvidar sus raíces.

Para mí es un gran honor ser una mujer descendiente de Troya y llevaré con orgullo la identidad de nuestro pueblo.

Santiago se levantó y se acercó a Lucía.

—Nuestro pueblo sobrevivió a lo largo de los siglos igual que otras órdenes, sectas y organizaciones, como los templarios, los cátaros o las beguinas.

—¿Qué tienen que ver los templarios y los cátaros con los descendientes de Troya?

—Muchos pueblos y sociedades antiguas que fueron perseguidos, aprendieron a esconderse para sobrevivir.

Lucía, la historia es muy complicada. Hoy en día, casi todas las personas creen que los templarios ya no existen y que todos fueron ejecutados por la Iglesia.

Sin embargo, algunos lograron escapar y mantener viva su orden religiosa.

La información que tengo es que siguen con nosotros y muy activos.

Con los cátaros ocurrió lo mismo y, aunque casi fueron exterminados, hubo quienes lograron preservar su credo.

Las beguinas fueron menos perseguidas, pero también supieron adaptarse para no desaparecer y algunas trabajan a día de hoy en su labor solidaria sin esconderse.

Lucía soltó un suspiro sin molestarse en ocultar su escepticismo.

—Todo esto suena a leyenda, papá. ¿Qué tiene que ver todo eso con nosotros?

—Nuestro pueblo sabe que los Mirmidones tampoco desaparecieron. Cada generación, cada siglo, nos persiguieron con el mismo objetivo: aniquilarnos. Por eso nos tuvimos que ocultar, igual que los templarios y los cátaros se escondieron de la Iglesia católica.

Lucía comenzó a entender el alcance de lo que su padre le confesaba.

—¿Cómo nos han encontrado?

—No lo sé. Desde el asesinato de Rafael Moya he sospechado que los Mirmidones estaban detrás. Pero después de lo que le ocurrió a Carlos Duro y su familia, ya no tengo dudas. Desde ayer, esa pregunta no me deja en paz. Y lo peor de todo, es que todavía no tengo ninguna respuesta.

Lucía se volvió hacia el puerto y sus manos se aferraron a la barandilla. Necesitaba anclarse a algo sólido en medio de un mundo que se derrumbaba.

—¿Qué has averiguado de las muertes de Antonio Fajardo y Rafael Moya?

—Tenemos las grabaciones de las cámaras de seguridad.

En el caso de Antonio aparece un celador, delgado y calvo, que actúa de forma sospechosa.

Creemos que fue el asesino. En el caso de Rafael, se ve a un médico que entra en la sala de pruebas funcionales y sale dos minutos después.

Estamos casi seguros de que es nuestro hombre.

—¿Crees que se trata de personas que trabajan en el hospital?

—No lo sé aún. Pero investigaré. Quiero que sepas que no estamos solos en esto, Lucía.

No solo está la policía de Murcia. También están activados Los Ojos del Cielo en todos los países donde estamos presentes y, además, la policía de Boston y el FBI.

Esto ya no es una investigación. Es una guerra.

Y en las guerras, o ganas o mueres. Son ellos o nosotros.

Dio un paso hacia su padre y lo abrazó. Un gesto simple con el que intentaba aligerar la carga que portaba.

—Cuenta conmigo. Mantendré los ojos bien abiertos en el hospital y te informaré de todo.

—Gracias.

En aquel instante, bajo el cielo de Boston, dos descendientes de Troya se juraban lealtad en la lucha por un legado que trascendía más de tres mil años.

Aquella guerra ya no era solo de Santiago Reyes.

También era de Lucía.

Comenzaron a caminar y dejaron atrás el banco que había sido testigo de las revelaciones de su padre. Se detuvieron unos cientos de metros más adelante, frente a otro banco, y Santiago le hizo un gesto para que se sentara.

Desde allí, las luces del distrito financiero de Boston se reflejaban en el agua del puerto mientras el sol ya desaparecía tras los rascacielos.

Santiago sintió a Lucía abrumada por aquella tarde de confesiones. Para él también resultó complicado cuando su padre le contó la historia.

—Papá, hay algo que siempre me he preguntado.

—¿Qué cosa, Lucía?

—¿Por qué Murcia?

La pregunta lo descolocó. Esperaba una cuestión relacionada con los descendientes de los troyanos o su papel en esa historia milenaria, pero no esto.

—¿Qué?

—Sí, ¿por qué vivimos en Murcia? —repitió.

—¿Y por qué no?

Lucía se giró hacia él y lo fulminó con la mirada, como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

—No, en serio. Después de todo lo que me has contado, quiero saberlo. ¿Por qué Murcia y no otra ciudad?

—¡Bueno! Murcia siempre fue un lugar importante para nuestra familia.

Según me contó mi abuelo, nuestra familia llevaba siglos viviendo en Madrid, pero cuando lo destinaron a Murcia, decidió quedarse.

Se enamoró de la ciudad, supongo. Y yo nunca me he planteado irme. Murcia tiene algo especial, ¿no crees?

—A mí también me encanta vivir en Murcia —confesó con una sonrisa—. Es una ciudad maravillosa y tiene una magia que no vamos a encontrar en ningún otro lugar.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, y ya no era incómodo. Era el tipo de ocasión que permitía pensar, que dejaba espacio para que las palabras encontraran su forma.

—Por cierto, ¿qué sentisteis tú y tus amigos al ver la película Troya o la serie sobre la guerra de Troya?

Santiago soltó una carcajada breve que sirvió para aliviar la gravedad del momento.

—¿Qué sentí? Pues nada en especial. Es una película de Hollywood. Ya sabes cómo son. Hacen muy bien su trabajo. Cuentan historias para entretener. Algunas cosas son acertadas, pero otras no tanto.

—¿Y La Ilíada? ¿Crees que refleja lo que realmente ocurrió?

Santiago esbozó una media sonrisa. Tenía la respuesta perfecta.

—Hija, La Ilíada es un poema épico escrito por un griego, no lo olvides.

Tiene su mérito literario, pero no es un documento histórico.

Es una visión parcial, idealizada y cargada de violencia que, según los textos antiguos que conservamos, nunca fue tan desmedida como Homero quiso hacernos creer.

No refleja la historia real, no según nuestra versión de los hechos.

Lucía se irguió en el banco, intrigada.

—¡Textos antiguos! Por favor papá, déjate ya de sorpresas por esta noche. —Recordó que su padre ya había dicho algo similar con anterioridad—. ¿Podré leerlos algún día?

—Claro que sí. Aunque están escritos en griego antiguo. Igual algún día tienes tiempo para estudiarlos con calma, si lo deseas.

El último rayo de luz desapareció tras los edificios y dejó el parque sumido en una penumbra que las farolas comenzaron a disipar.

—¿Tienes hambre?

—Pues sí. Ahora que lo dices, tengo hambre.

—Bien. Pero nada de perritos calientes. Invítame a cenar en un restaurante decente.

Lucía soltó una risa que sonó sincera, la primera en lo que parecía una eternidad.

—Por supuesto. Y gracias, papá. Por todo lo que me has contado.

Santiago la abrazó por los hombros mientras comenzaban a caminar.

—¡Ya era hora, Lucía! ¡Ya era hora!

Se alejaron caminando hacia la ciudad. Dejaron atrás el parque, el puerto y las sombras de un pasado que, aunque los perseguía, ya no era un secreto.