La última princesa de Troya 26
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Lucía y su padre caminaban cada uno sumido en sus pensamientos, sin prisas por llegar a ningún destino.

Los sonidos de la ciudad quedaban a lo lejos y el aire fresco que provenía del mar apenas alteraba la quietud del momento, aunque sí que mecía las copas de los árboles, arrancándoles un último suspiro otoñal antes de que sus hojas cayeran alfombrando los senderos con tonos rojizos y amarillos.

No lo presionaba. Sabía que cada vez que su padre decía que necesitaban hablar, el tiempo para las palabras aún no había llegado.

Ella intentaba leer en sus gestos para averiguar qué tenía en mente. Sin embargo, Santiago Reyes era un hombre que sabía guardar secretos y su rostro era un mapa en blanco cuando quería. En esas circunstancias resultaba más hermético que nunca.

Lucía, cansada del silencio de su padre, señaló a lo lejos un carrito de perritos calientes que atrajo su atención.

—Tengo hambre, ¿tú no?

Santiago la miró con la primera sonrisa que esbozaban sus labios ese día.

—¿Mostaza y ketchup?

Lucía asintió y ambos se acercaron al carrito. El vendedor, un hombre de pelo ensortijado y sonriente, les entregó los perritos envueltos en servilletas arrugadas.

Caminaron hacia el banco que ella siempre consideró su rincón favorito del parque Fan Pier. Para ella, ese lugar tenía un significado especial, una combinación de calma y encanto que la atrajo durante los tres meses de residencia en el hospital.

Allí, frente al puerto y los rascacielos, se sentaron a comer despacio. La atmósfera entre ellos se relajó, acompañada por el discreto sonido de sus bocados y el rumor de las olas.

Después de comer, Santiago arrojó las servilletas a una papelera cercana y volvió al banco.

—Lucía, ¿te has detenido a pensar alguna vez lo que significa un viaje?

—La verdad, y siento desilusionarte, es que no. Además, no tengo ni idea de lo que me quieres decir. ¿Un viaje? ¿Te refieres a unas vacaciones o algo así?

—No, no hablo de trenes ni aviones. Ni siquiera del viaje que hacemos ahora mismo, ni de los que hicimos juntos con tu madre. Hablo de los viajes que nos marcan, de los que cambian nuestra esencia. Los viajes que nos han traído hasta aquí.

—Papá, ¿te has vuelto majara?

—Quizá sí. Pero escucha. Esto no es ninguna locura.

Había un matiz extraño en su voz que le daba la sensación a Lucía de que cada palabra la elegía con pinzas.

—Nosotros, igual que todos los habitantes de este planeta, venimos de una larga cadena de decisiones y destinos entrelazados. Sin embargo, nuestra historia, nuestra verdadera historia, es diferente.

—Papá, sabes que no puedo oponerme a eso porque tiene sentido. Pero ¿por qué nuestra historia es diferente?

Él suspiró, consciente de que estaba a punto de abrir una puerta cerrada durante décadas.

—Cuando eras niña te conté muchas historias, ¿recuerdas? Mitos y leyendas sobre héroes, dioses y guerras. Lo que nunca te dije es que no eran solo cuentos. Eran retazos de nuestra memoria.

—¡Papá, me estás preocupando!

—Tranquila. No tienes que preocuparte por nada. Déjame que continúe.

Lucía apretó las manos en su regazo. Contemplaba el agua del puerto de Boston que reflejaba las luces del atardecer como un espejo roto en mil pedazos.

—Papá, quiero conocer la verdad. Sea la que sea. La que intuyo que me ocultas desde que era niña. En las últimas semanas han ocurrido muchas cosas que me preocupan y, para colmo, lo que vi esta mañana en el cementerio me tiene descolocada. ¿Qué tienes tú que ver con todas esas personas?

—Tienes razón. Ha llegado la hora de que lo sepas todo. Tu madre y yo siempre te protegimos y no quisimos en aquella época que supieras la verdad completa. Ya es hora de que sepas quién eres y por qué sucede todo esto.

—Estoy preparada.

El viento volvió a soplar. Se llevó consigo las hojas caídas y las certezas de una vida que nunca volvería a ser la misma.

—Lo que viste hoy en el cementerio no fue solo un homenaje a Carlos y su familia.

Detrás de la despedida se escondía una conexión profunda entre nuestras raíces y una verdad que muchos desconocen.

Los gestos, las palabras, las reverencias, son tradiciones de un linaje que ha perdurado en secreto durante miles de años.

Lucía, que ya había tenido la suficiente dosis de enigmas, medias tintas y circunloquios de su padre, se puso en pie de un salto.

—Papá, ¿qué demonios me estás contando?

Santiago se levantó despacio. La postura de ella, su mirada, le recordaban a él mismo, con ese aire de impaciencia y determinación.

—Carlos y su familia, al igual que muchos de los que viste hoy, formaban parte de ese linaje.

—Por favor, papá, deja ya de dar vueltas. Ve de una puñetera vez directo al grano. ¿Qué linaje? ¿De qué hablas?

—Siéntate, Lucía. Esto no es algo que pueda decirse de pie.

Ella bufó, pero obedeció y Santiago se sentó a su lado.

—Somos descendientes directos de los troyanos que escaparon del asedio. Nuestro linaje no se extinguió cuando ardieron las torres de Troya. Sobrevivimos. Nos escondimos. Y generación tras generación reconstruimos nuestra historia.

Lucía lo miró como si acabara de confesarle que había visto un unicornio paseando por el parque.

—¿Qué quieres decir con que somos descendientes de los troyanos?

—Lo que oíste. Nuestro linaje no nació en estas tierras, ni en España, sino en las costas arrasadas de Troya. Somos troyanos, Lucía. Descendientes de los troyanos que pudieron escapar durante su destrucción —volvió a repetir, para que quedara bien claro.

Ella dejó escapar una risa incrédula.

—Papá, por favor, dime la verdad. No juegues conmigo; esto no es uno de tus casos.

—¡Esto no es un juego, Lucía! Somos troyanos. Nuestro pueblo no desapareció. Eso es lo que todo el mundo cree. Hemos sobrevivido ocultos. Nuestra historia sigue viva y nos protegemos unos a otros.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque era más seguro que no lo supieras.

Cada familia decide cuál es la mejor coyuntura para anunciar a sus hijos la verdad sobre su origen y de dónde proviene su árbol genealógico.

Pero ahora todo ha cambiado. Lo que viste hoy, es solo el principio.

Y tienes ya el derecho a saberlo todo, porque necesitas estar preparada para lo que se nos viene encima.

A lo lejos, los rascacielos del distrito financiero de Boston se alzaban como un cuadro pintado con pinceladas de oro y cristal, y sus fachadas de vidrio capturaban cada matiz del atardecer, convertidas en espejos gigantes.

El viento del puerto, cargado de sal y memorias de viajes lejanos, arrastró las últimas palabras de Santiago y se las llevó mar adentro.

—¿Y ahora qué?

—La muerte de Carlos y su familia no fue un simple asesinato. Fue un golpe directo contra nuestra gente.

—¿Carlos lo sabía?

—Lo sabía él y su esposa. Estaban avisados. Lo estamos todos desde las muertes de Antonio Fajardo y Rafael Moya y, a pesar de todo, los han asesinado a ellos y a sus hijos.

Lucía se movió inquieta sobre el banco y apartó la vista. La fijó en el agua, que reflejaba los primeros destellos de los edificios que empezaban a encenderse. Sentía un nudo en el estómago, una opresión que no sabía si era rabia, miedo o impotencia.

—¿Qué está pasando realmente, papá?

Su padre, siempre seguro y sereno, se desmoronaba ante sus ojos y se fragmentaba en pedazos que ella no sabía cómo recoger.

—Estamos siendo cazados, Lucía. Pero no por lo que somos ahora, sino por lo que representamos. Por la memoria de Troya que llevamos en la sangre.

—¿Por quién, papá?

—Por los Mirmidones.