25
El cementerio Mount Auburn de Boston lucía como un jardín invernal que había renunciado a la vida, pero no a la belleza.
Los arces extendían sus ramas hacia el cielo acerado y las hojas caídas dibujaban un mosaico de color ceniza y ocre sobre la hierba.
El aire frío olía a tierra mojada y a melancolía.
Las cuatro tumbas recién cavadas parecían heridas abiertas en la piel del paisaje. Entre los asistentes, el rumor de las conversaciones se deslizaba con la ligereza de una brisa cargada de pena y murmullos.
Lucía ajustó el cuello de su abrigo negro y miró hacia las lápidas recién talladas.
La familia Duro había vivido en Boston con la sensación de que era su hogar desde siempre, aunque en algún rincón de su identidad eran españoles.
El deseo de descansar en ese lugar, rodeados por la calma solemne de los pinos y robles, hablaba de su amor por la tierra que los acogió.
Santiago Reyes estaba junto a ella, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el vientre y los ojos clavados en el suelo húmedo. Los párpados de Lucía se estrecharon al observarlo. En su padre percibía una tristeza que iba más allá de la pérdida.
La multitud congregada transmitía una inquietud difícil de explicar.
No eran los trajes negros ni los rostros apagados lo que perturbaba a Lucía, sino la sensación de que aquel entierro representaba mucho más que un simple acto de despedida.
Notaba una tensión extraña en el ambiente, con gestos que llevaban consigo un mensaje que ella no sabía descifrar.
Concluido el entierro, Lucía y su padre se dirigieron hacia los hermanos de Carlos Duro y los de su esposa para darles el pésame; a continuación, lo hizo la marea de asistentes al sepelio.
Hubo estrechamientos de manos, abrazos breves y frases murmuradas que se deslizaban como hojas al viento.
Lucía, separada unos metros de su padre, observó con respeto, con la distancia de quien no conocía personalmente a la mayoría de los presentes.
Luego, comenzó lo inexplicable.
Algunos de los hombres y mujeres comenzaron a acercarse a su padre.
Al principio, Lucía no prestó demasiada atención.
Pensó que tal vez serían amigos del pasado.
Sin embargo, a medida que los minutos avanzaban, la escena empezó a adquirir un matiz diferente.
No se trataba de simples saludos ni palabras de consuelo.
Eran gestos cargados de un simbolismo que escapaba a su comprensión.
Primero fue un hombre de mediana edad, con un abrigo oscuro y el rostro marcado por el frío.
Extendió la mano hacia Santiago y apretó la suya con fuerza, intentando transferirle algo más que el consuelo habitual.
Luego vino una mujer que no se conformó con el apretón de manos, sino que lo abrazó con afecto casi reverente.
Después fue otra mujer, espigada y delgada, envuelta en un abrigo largo, la que hizo una inclinación solemne de la cabeza antes de tomar la mano de su padre.
No fue un saludo, ni siquiera una muestra de respeto.
Era otra cosa. Lucía lo observó sorprendida, sintiendo cómo la inquietud crecía en su pecho.
Y entonces lo vio.
Una palabra la dejó helada.
Aunque no podía oírla con claridad, la forma en que aquellas personas vocalizaban le pareció inusual. Sus labios se movían despacio y cada sílaba contenía un valor que debían respetar.
Leía en los labios: Majestad .
Lucía creyó que su mente le jugaba una mala pasada.
Se inclinó hacia adelante para intentar captar mejor el sonido.
Y la palabra seguía allí, silenciosa, diáfana, en los labios de aquellos desconocidos.
Al retirarse por fin la última persona, Santiago permaneció inmóvil, con las manos cruzadas detrás de la espalda. Lucía lo miró con la intención de descifrar el enigma que su padre cargaba como una armadura.
—¿Quiénes eran esas personas?
Santiago se giró hacia ella con lentitud, con el mismo rostro inescrutable de siempre. Ella notó el destello fugaz en sus ojos, como si las palabras que iba a decirle fueran solo la punta de un iceberg mucho más inmenso.
—Tenemos que hablar —respondió él, sin más.