La última princesa de Troya 24
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La ciudad dormía bajo una sábana de penumbra, con apenas el susurro de las hojas de los naranjos y el parpadeo de las farolas.

Santiago Reyes esperaba dentro del taxi con la impaciencia de un hombre acostumbrado a medir el tiempo en urgencias e imprevistos.

Miraba hacia el edificio donde vivía su hija con los ojos de un padre que había visto demasiado, aunque nunca lo suficiente para lo que sucedía.

El reloj del salpicadero avanzaba implacable.

Se acercaba a las seis menos cuarto. El conductor, un hombre de manos rugosas y mirada somnolienta, se entretenía tamborileando con los dedos sobre el volante.

En ese instante, la puerta del edificio se abrió y Lucía apareció en el umbral, envuelta en una luz mortecina que caía como una bendición sobre su figura.

Salió a la calle con paso rápido sin detenerse a ajustar la chaqueta negra que llevaba sobre los hombros. Al entrar en el taxi, el aire fresco, con un leve aroma a cítricos, se coló tras ella.

—¡Buenos días! —saludó, mientras cerraba la puerta con suavidad para no despertar al vecindario entero.

—Buenos días, por decir algo —respondió su padre, que ladeó la cabeza hacia la ventanilla, con un deje amargo en la voz.

El taxi arrancó con un suave movimiento y el paisaje comenzó a deslizarse a través de las ventanas igual que un río lánguido sobre el asfalto. Las farolas iluminaban las calles con una luz tan tenue que parecía cansada de alumbrar a la noche, compartiendo la tristeza que envolvía a padre e hija.

Dentro del coche, el silencio era una tercera presencia, lúgubre y opresiva, que llenaba cada espacio entre ellos.

Lucía miraba por la ventana, pero no veía las calles vacías ni las sombras que se estiraban bajo los árboles.

Su mente estaba en Boston, en la casa de Carlos Duro, donde la tragedia irrumpió con la violencia de un viento gélido del norte que se llevó todo consigo.

Santiago estaba absorto. Su atención se centraba en los patrones.

Siempre había patrones. Los criminales dejaban rastros y su trabajo consistía en encontrarlos.

Lo que había ocurrido en Boston no era un crimen común.

Lo sabía. Lo sentía en los detalles y en los indicios de que ya se trataba de una trama mucho más compleja.

El silencio entre padre e hija era natural. Un acuerdo tácito, una tregua. Había cosas que no necesitaban decirse. No allí. No con un asesinato en la conciencia y alguien más presente.

Cruzaron el puente de los Peligros para adentrarse en el barrio del Carmen.

En la estación, el reloj marcaba las seis y cinco.

Santiago pagó al taxista, que se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza antes de desaparecer para buscar a otros clientes.

Padre e hija caminaron hacia el interior del edificio, donde la luz blanca y fría les arrancaba la tristeza que reflejaban sus rostros.

El andén estaba casi vacío, salvo por algunos viajeros que esperaban en silencio con las maletas a sus pies y las cabezas inclinadas. Llevaban también consigo la carga de una noche de insomnio.

—¿Estás lista?

—Lo estaré —respondió con la voz quebrada.

El tren AVE llegó con una puntualidad que parecía una burla ante la fragilidad de los sucesos inesperados. Subieron sin hablar y, ya acomodados en sus asientos, Lucía sintió que la dimensión del viaje apenas comenzaba a posarse sobre sus hombros.

A través de la ventana, las últimas luces de la noche se deslizaban con la forma similar a un presagio.

Sabía que este no sería un viaje cualquiera.

Algo más cavernoso los esperaba al otro lado del atlántico.

Aunque aún no podía ponerle palabras, lo sentía palpitar con la semejanza de un tambor lejano en el corazón de la noche.

El tren avanzaba desgarrando la meseta manchega. La noche empezó a desvanecerse. Las primeras luces del amanecer tiñeron de tonos anaranjados el horizonte y, al filtrarse por las ventanillas, perfilaron los rostros cansados de los pasajeros.

Lucía tenía la frente apoyada contra el vidrio frío de la ventanilla y su aliento la empañaba de vez en cuando.

Fijaba la vista en la ventana, pero no veía los molinos ni las pacas de paja que comenzaban a delinearse con las primeras luces del amanecer.

Sus pensamientos estaban atrapados en otro paisaje, uno hecho de recuerdos que la arrastraban al frío invierno de Boston y a las risas alegres de la familia Duro.

El rostro de Carlos Duro se dibujaba en su mente con la nitidez de sus gestos pausados y la calidez en su voz al hablarle de su padre como si fuera un héroe del que ella misma ignoraba las hazañas.

Santiago Reyes, sentado junto a ella, parecía esculpido en piedra. Tenía los brazos cruzados y los ojos clavados en algún punto indeterminado del pasillo: temía mirar a su hija para no desmoronar la máscara de frialdad que había construido, aunque la postura rígida lo delataba.

—Desde anoche no hemos hablado, papá.

—No hay mucho que decir.

Ella sabía que esa respuesta era una evasiva. Desde niña había aprendido a leer los gestos de su padre, y aquel era el mismo que usaba cuando intentaba protegerla de una verdad que no quería revelarle.

—Sí que lo hay y necesito conocer lo que sucedió.

—¿Qué quieres que te diga, Lucía?

—Lo que sabes.

Santiago desvió la cabeza hacia la ventana sin mirar nada en particular.

—No sé mucho más que tú —su voz se endureció, en un intento de convencerse a sí mismo y también a su hija—. Un grupo de ladrones entró en su casa mientras preparaban la cena. No opusieron resistencia. Los mataron a los cuatro y luego robaron lo que pudieron.

Había una tensión en su tono, en la forma calculada en que había resumido la explicación, que le resultó extraño.

—¿Y eso es todo?

—Eso es lo que me han contado.

—¿Y tú te lo crees?

—No, Lucía, no me lo creo.

El tren comenzó a atravesar un tramo en el que los campos de la meseta eran interminables. Los fardos de paja se sucedían uno tras otro y dibujaban manchas rectangulares en un lienzo infinito.

Lucía se giró hacia él, incrédula.

—¿Los mataron a los cuatro? ¿Sin resistencia?

—Eso me han dicho —se limitó a repetir, convertido ya en un mantra encasillado en su mente para obviar el motivo del suceso y no preocupar a su hija.

—Papá, eso no tiene sentido. Los ladrones no actúan así. Si no hay resistencia —propuso ella, con un tono más incisivo en esta ocasión.

—Lo sé. No es habitual.

—¡No es habitual! —repitió ella, y su voz tembló levemente—. Es absurdo. Esos ladrones...

—¡No eran ladrones! —las palabras salieron de la boca de Santiago con una rapidez y una frialdad que la dejaron sin aliento. Él pareció darse cuenta y añadió con más suavidad—: quiero decir, que no lo sé. Pero tienes razón. No parece un robo cualquiera.

Lucía lo miró fijamente. Buscaba en su rostro una explicación, alguna grieta en esa fachada de dureza que su padre había construido a lo largo de los años. Sin embargo, lo único que encontró fue una expresión de ira en su mirada. Un gesto de venganza que arrastraba desde hacía una eternidad.

—¿Qué vas a hacer? Están matando a todos tus amigos.

—Seguir la pista. Averiguar quién está detrás de esta trama.

—¿Y si te metes en algo peligroso?

—Lucía, llevo toda mi vida metido en asuntos peligrosos.

Ella bajó la vista, incómoda. Quiso continuar, pero las palabras se le resistieron.

Mientras el tren seguía su marcha, Lucía volvió a mirar por la ventana, absorta.

Ya no veía los campos ni los molinos, que parecían guardianes de otros tiempos.

Otra vez vislumbraba la casa de los Duro en Boston y recordaba los elogios hacia su padre, ahora teñidos de sangre.

Recordó la forma en que todos hablaban de su padre con una mezcla de admiración y gratitud que siempre le había parecido desmesurada.

Ahora entendía que había una parte de su vida que nunca le contaron.

Y por primera vez desde que había comenzado el viaje sintió que un enigma se cernía sobre ellos, una incógnita que no podía ignorar por más que lo intentara.

—Esto no ha terminado, ¿verdad?

—No, hija. Creo que ni siquiera ha empezado.

Lucía, sin saber la magnitud de lo que su padre había dicho, intentó relajarse, rellenar sus pensamientos con otros motivos interesantes, pero no lo logró.

Viajaba por el corazón de España, pero su mente volaba hacia Boston. Recordaba aquellos tres meses de su rotación durante su residencia MIR en el Boston Memorial Hospital.

El rostro de Carlos Duro emergió con nitidez en su memoria: un médico brillante y un hombre que trataba a sus pacientes con un respeto casi reverencial. Su voz calmada y precisa resonaba aún en su cabeza al explicarle un caso clínico mientras recorrían la planta de hospitalización.

No podía evitarlo. Todo lo que había aprendido con él y la humanidad con la que trataba a todas las personas, regresaba a su mente igual que una película en bucle desde que su padre le diera la noticia la noche anterior.

—¿Cómo conociste a Carlos Duro?

—Nuestros padres eran amigos —dijo, escarbando en su mente para encontrar esa respuesta, porque sabía que su hija no era de las que hablaban por hablar.

—¿Solo eso?

—Solo eso. A veces, las amistades de una generación se trasladan a la siguiente. No hay más misterio, Lucía.

Su modo de expresarse sonaba incompleto. No era mentira. Tampoco toda la verdad. Y ella lo sabía. Con Santiago Reyes nunca era toda la verdad.

—Tienes muchos amigos, pap á .

Santiago levantó las cejas, sorprendido, y esbozó una leve sonrisa.

—Ahora que lo dices, es verdad. Nunca lo hab í a pensado.

—Es curioso —insisti ó Luc í a—. Vives en Murcia, pero tienes amigos en Madrid, en muchas ciudades de España, en Estados Unidos y en Europa. ¡Hasta en sitios en los que nunca has estado!

Él la miró con afecto y paciencia, consciente de que no iba a dejar de insistir.

—Siempre he cultivado la amistad, Lucía. Para mí no hay conocidos, solo amigos. Creo que es fundamental. Cada día doy todo por ellos. La vida es mejor así, créeme.

Lucía apretó los labios. Esa respuesta no le bastaba. Sin embargo, decidió dejarla pasar. Seguía sin encajar una pieza, un cabo suelto que no terminaba de encontrar.

Bebió un sorbo de agua. Después de un largo silencio, sin mirar a su padre, repitió:

—Papá, ¡est á n matando a tus amigos!

La frase golpeó a Santiago como un disparo.

—Lo s é . Pero no me voy a quedar cruzado de brazos.

— ¿ Asesinos?

—Eso parece. Aunque lo de Boston y lo del hospital no pueden ser obra de la misma persona.

Lucía abrió su bolso y sacó una pequeña libreta. Le mostró una lista escrita a mano en la que había una docena de nombres, pero ella solo señaló tres.

—Hice una lista de tus amigos. Tres están muertos.

Santiago dejó caer la mirada sobre los nombres escritos con una caligrafía pulcra, como si fueran epitafios. Cerró la libreta con una lentitud reverente y se la devolvió.

—Cada uno de esos nombres me duele en el alma, más de lo que puedo explicar.

Lucía cerró los ojos. En la voz de su padre había una tristeza desconocida.

—Papá, ¿estamos también en peligro?

—No —respondió con una voz grave, cargada de una autoridad que no admitía réplica.

Una palabra seca, cortante, que no disipó las dudas de Lucía.

El tono de su voz la hizo temblar por dentro.

Conocía demasiado bien los silencios de su padre.

Sabía que era bueno ocultando cosas. Llevaba toda la vida haciéndolo.

Sabía que lo que no decía era más importante que sus palabras.

Pero también sabía que esta vez ocultaba algo que podría cambiarlo todo.

El tren comenzó a reducir la velocidad al acercarse a la estación. Santiago se levantó con la agilidad de alguien acostumbrado a la acción y se ajustó la chaqueta antes de coger su maleta de viaje.

―Vamos, Lucía.

Ella lo siguió camino de la salida del vagón con una sola idea en su mente: averiguar qué le ocultaba.