23
Lucía cerró la puerta, se apoyó contra la pared y dejó que la oscuridad de su casa la envolviera. La cena con Samuel le rondaba la cabeza. Había sido extraña. Había hablado demasiado, una rareza en ella.
Suspiró y se dirigió al dormitorio. Dejó caer los tacones al suelo. Se desabrochó el vestido y un escalofrío recorrió su piel mientras se deslizaba hasta sus pies. Iba a ponerse el pijama cuando un sonido rompió el silencio de la habitación.
El sobresalto la hizo titubear antes de buscar el móvil en el bolso que había dejado sobre el sofá. Sus dedos rebuscaron en el interior y su mente comenzó a maquinar que quizá fuera Samuel quien la llamaba para darle ánimo una vez más.
Esperaba ver su nombre en la pantalla, pero no. Allí, en letras blancas, apareció el de su padre y la sangre se le heló.
Santiago Reyes nunca llamaba a esas horas sin un buen motivo. Era un hombre que valoraba las rutinas, aun atrapado en una vida de comisario de policía que las destrozaba sin piedad. Si llamaba ahora, era porque algo iba mal.
La última vez que su padre había llamado a esas horas, fue para anunciarle la muerte de su madre.
—Buenas noches, papá —intentó sonar tranquila, pero su voz salió demasiado rápida, casi entrecortada.
—Lucía —la voz de su padre era grave, apagada, casi solemne—, tengo que darte una mala noticia.
—Dime.
Se hizo un silencio breve, pero suficiente para que el tiempo pareciera detenerse.
—Han matado a Carlos Duro. A él y a toda su familia —su padre soltó las palabras, rápidas y directas, porque le dolía en el alma pronunciarlas.
El mundo se detuvo de golpe. Las piernas de Lucía cedieron y cayó sobre el sofá, con el móvil apretado en la mano.
—¿Qué? —logró articular—. ¿Cómo ha sucedido?
—Mañana te lo explicaré con calma. He comprado ya los billetes y salimos en el primer AVE hacia Madrid.
Luego volaremos a Boston. Paso a recogerte a las seis menos cuarto —el tono de Santiago se volvió más práctico, casi impersonal, aunque ella podía adivinar la furia contenida detrás de cada palabra.
—De acuerdo.
La llamada terminó con un clic. Lucía se quedó petrificada, con el móvil aún pegado a la oreja. Sintió un vacío creciente en el pecho. Le costaba respirar.
Finalmente, se levantó, fue a su despacho y buscó en el interior de un cajón del escritorio. Tras hallar el cuaderno, lo sacó, lo abrió y dejó que sus ojos recorrieran los nombres que había escrito a mano unos días atrás. Allí estaba la lista de los amigos de su padre.
Carlos Duro estaba en ella.
Miró el nombre durante un largo rato y una idea aterradora se abrió paso en su mente.
Si Carlos había caído, los demás no estaban a salvo.
Su padre, tampoco.
Dejó caer el cuaderno sobre el escritorio y se giró hacia la ventana. La noche parecía demasiado tranquila, cargada de preguntas que no sabía si podría responder.
Lucía intuía que una amenaza se removía en las sombras.
No tenía pruebas, pero lo sentía en cada fibra de su ser.
De repente, dos preguntas inundaron su pensamiento.
¿Quién de la lista sería el siguiente objetivo?
Y…
¿Por qué?