22
Los pasos de Lucía sonaban más seguros esa mañana.
En el silencio de los pasillos del hospital, el eco de sus tacones tenía vida propia.
Arrastraban consigo un rastro de decisiones no tomadas, de promesas suspendidas en el aire.
Ese tipo de cosas que pesan demasiado aunque no ocupen espacio.
Al pasar frente a la cafetería, un delicioso aroma la condujo dentro.
Samuel Morales estaba apoyado en la barra.
Sujetaba una taza de café con la mano izquierda y con la derecha deslizaba distraído el dedo pulgar sobre la pantalla de su teléfono.
Su aspecto era el de siempre, impecable y descuidado, como si hubiera nacido con la habilidad de parecer ajeno a todo, incluso a sí mismo.
Al verla, alzó la mirada y su rostro mostró esa leve chispa de resignación habitual, la que Lucía había aprendido a reconocer a lo largo de los años.
Lo que ella desconocía era cómo, al darse la vuelta, él la observaba con interés y cautela, por temor a que la verdad fuera descubierta demasiado pronto.
Lucía pidió un café con leche con el ademán mecánico de siempre, pero esta vez sus manos no se quedaron quietas.
Hacía girar la cucharilla en círculos, atrapada en el torbellino de sus pensamientos.
La pregunta que había evitado durante días subía a sus labios y todavía no era capaz de dejarla escapar.
Samuel terminó el suyo y dejó la taza sobre la barra con un leve tintineo de la cucharilla dentro de ella.
Se giró y se ajustó las gafas que siempre parecían a punto de resbalar por su nariz.
Cuando sus ojos se encontraron, Lucía notó un leve rubor en las mejillas del anatomopatólogo, ese tipo de rubor que traiciona incluso al más sereno.
—¿Qué tienes que hacer el viernes por la noche? —preguntó ella de repente, antes de que pudiera arrepentirse. Su tono fue más decidido de lo que esperaba, pero al mismo tiempo sintió cómo su corazón se aceleraba y golpeaba fuerte contra sus costillas.
Samuel parpadeó. Un gesto que se alargó un poco más de lo necesario. Entonces, en un intento por recuperar la compostura, sacó el móvil del bolsillo de su bata y fingió revisar su agenda.
—Nada en particular —respondió, con aparente naturalidad, aunque sus dedos se movían nerviosos sobre la pantalla.
Lucía sonrió con un leve arqueo de las cejas.
—¿Te gustaría cenar conmigo esa noche?
Samuel dejó el móvil sobre la barra y la miró sorprendido. La sonrisa se le escapó antes de poder ocultarla, y el leve rubor de antes se intensificó hasta cubrirle las orejas.
—Por supuesto, me encantaría —dijo, y su voz traicionó la emoción que intentaba disimular.
Lucía asintió, se llevó la taza a los labios y dejó que el sabor del café con leche la llenara por dentro.
Samuel seguía allí, sin moverse, con el temor de que si cometía una torpeza todo aquello se desvanecería.
Al salir de la cafetería, Lucía no pudo evitar mirarlo de reojo y lo encontró mirándola también, con incredulidad y una expresión más compleja que no alcanzaba a definir.
Y mientras volvía al pasillo, sus tacones volvieron a sonar más decididos. Esta vez llevaban consigo una resolución que ya no podía ignorar.
Samuel Morales llegó al restaurante con aquella puntualidad inconfesable, aunque obsesiva, que siempre lo delataba en las grandes ocasiones. Cinco minutos antes de la hora acordada se presentó en la Terraza de Pedro, el restaurante situado en el paseo Alfonso X de Murcia.
Era la primera vez que quedaba con Lucía Reyes y tenía la intuición de que esa noche podía ser distinta.
En el fondo, sabía que aquellos cafés accidentales en las cafeterías de la universidad y del hospital o esos encuentros fugaces en los pasillos, nunca habían sido suficientes.
Entre ambos existía una cuerda floja, un punto de equilibrio que apenas se sostenía en la indiferencia fingida y el cruce de miradas que no se prolongaban demasiado.
Era noviembre y, sin embargo, el aire se sentía cálido.
El verano, obstinado y testarudo, se resistía a ceder el paso al invierno, mientras el otoño transcurría casi desapercibido.
La terraza rebosaba de luz y murmullos bajo el cielo despejado de Murcia.
Había mesas llenas, camareros diligentes cargados de platos y personas que caminaban sin prisa por el paseo, aprovechando la tregua cálida del calendario.
Samuel se adelantó hasta la esquina donde una mesa con mantel blanco los esperaba.
Allí se detuvo y observó los detalles del entorno con la misma precisión anatómica con la que estudiaba tejidos y órganos en el laboratorio.
Las esbeltas estufas de butano, habituales en esa época del año, permanecían apiladas y dormidas junto a la pared del restaurante.
Nadie las necesitaba y él se alegró porque el calor le producía cierta incomodidad.
Miró el reloj y alzó la vista hacia el paseo en dirección al suave sonido de unos tacones. Allí estaba ella.
Lucía llegó puntual, con el tiempo medido al milímetro para no hacerle esperar demasiado ni presentarse antes de tiempo.
Caminaba con paso constante y relajado. Su silueta destacaba entre los viandantes con esa armonía natural que ella ni sospechaba.
Llevaba un vestido de corte sencillo color beige arena y unos zapatos de tacón mediano.
A Samuel le pareció muy elegante. La vio acercarse y tuvo la misma sensación de siempre, que había algo en ella que lo descolocaba por completo.
—¿Has esperado mucho?
—No. Nada. Cinco minutos —respondió Samuel, restándole importancia, aunque por dentro sintió el vértigo de quien vuelve a respirar tras una asfixia prolongada.
Se saludaron y, de repente, ese beso en la mejilla que algunas veces habían compartido adquirió un significado distinto.
Samuel sintió el calor en la piel. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo hasta detenerse en la garganta, obligándolo a recomponerse antes de que ella se percatara.
Lucía, por su parte, le sonrió con naturalidad y tomó asiento con la misma soltura con la que despachaba un diagnóstico complicado.
No obstante, ninguno de los dos comentó el brillo en sus ojos. Se limitaron a disimularlo con torpeza.
—Hace calor para noviembre.
—No recuerdo un otoño así.
—¿Un anatomopatólogo también analiza el clima?
Samuel sonrió. Era el tipo de comentarios que siempre lo desarmaban; aunque por suerte se sintió aliviado cuando el camarero llegó con una libreta en la mano y preguntó por las bebidas.
—Cerveza para los dos. Y el pulpo al horno, por favor —dijo Lucía con una decisión que hizo sonreír al camarero, acostumbrado a clientes indecisos.
Ya solos de nuevo, Samuel trató de calmar su ansiedad.
Estudió los cubiertos, pulcros y alineados, pero pronto se dejó llevar por la facilidad de Lucía para restarle importancia a todo.
Comenzaron a hablar de cosas triviales: del caos del tráfico en los últimos meses, de la última serie que él empezó pero nunca terminó y de un artículo que ella había leído en una revista médica.
El restaurante bullía a su alrededor, aunque en aquella mesa el ruido se convertía en un lejano murmullo.
—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos en la universidad? —preguntó Lucía de pronto, con los codos apoyados sobre la mesa y el rostro inclinado hacia él.
—Sí. ¡Por poco me desmayo al verte!
Lucía rompió en una carcajada suave, genuina, que atrajo la atención de los comensales más cercanos. Samuel sonrió también y se dejó llevar por esa risa contagiosa que tan pocas veces se permitía.
La noche se desplegaba a su alrededor con un telón de luces cálidas y sonidos lejanos que acompañaban aquel intercambio de recuerdos y anécdotas.
El tiempo se doblaba sobre sí mismo; aquellos dos profesionales, ahora sentados frente a frente con cervezas y pulpo, ya no eran los mismos que habían pasado años intercambiando saludos formales en pasillos fríos y laboratorios.
Ahora no había apuntes, ni bata, ni mascarillas, ni formalidad.
Solo ellos y una noche que no necesitaba explicaciones.
El camarero interrumpió la conversación al presentarse con la tortilla de chanquetes y el vino tinto. Samuel esperó, paciente, atento al gesto de ella al probar el primer bocado.
El vino en las copas brillaba con reflejos carmesí bajo la tenue luz de la terraza. Una brisa ligera, apenas perceptible, serpenteaba entre las mesas, acariciando las mejillas de Lucía. Samuel inclinó la cabeza con una expresión seria pero afectuosa mientras la estudiaba con calma.
—Dime, ¿qué pasa? —demandó ella.
—De pronto te has quedado muy callada, Lucía. —Su voz tenía la serenidad de quien observa con atención, aunque mantenía la cautela suficiente para no presionar. El silencio tras sus palabras fue largo, suficiente para que Lucía sintiera que la interrogaba sin decir nada más.
Ella levantó los ojos del plato y jugó con el borde de la servilleta.
—¿Por qué lo dices?
—Porque, aunque te ríes y hablamos, tu mirada no es la misma. No sé, no tiene esa chispa que la hace única.
Lucía, inmóvil, tuvo la sensación de haber sido descubierta en un secreto inconfesable. La sombra de una sonrisa apareció en sus labios, pero desapareció casi de inmediato.
—Es complicado, Samuel —admitió, con cautela, temerosa de que sus palabras pudieran oírse en cada rincón de la terraza.
—Soy buen oyente.
Lucía soltó un pequeño suspiro y tomó un sorbo del vino para darse valor antes de responder. Podía desviar la conversación hacia algo trivial, pero esa noche no tenía ganas de esconderse tras las apariencias.
—Es cierto. Estoy preocupada —la confesión escapó de sus labios, liberando un peso que la había asfixiado durante días.
Samuel no dijo nada. Se limitó a escuchar; una habilidad que siempre había tenido y que Lucía valoraba cada vez más, sin saber muy bien por qué.
—No es nada grave. Solo... —buscó las palabras correctas, esas que podían explicar sin revelar demasiado—. Llevo unos días rara en el hospital. El personal, los compañeros, todos me evitan.
Samuel asintió en silencio para animarla a continuar.
El camarero llegó con los huevos rotos con patatas y trufa. Lucía apenas notó su presencia, perdida en sus pensamientos.
—No me miran igual. Hay desconfianza. Lo noto en las conversaciones que cesan cuando entro en una sala y en las miradas de reojo. Y todo esto por la investigación que lleva a cabo mi padre tras las muertes de Antonio Fajardo y Rafael Moya —relató después de que el camarero se marchara.
—Es comprensible que haya tensiones, Lucía. ¡Dos muertes tan extrañas! Porque han pasado cosas muy graves, pero tú no tienes nada que ver con eso. La gente siempre busca a alguien en quien desahogar sus preocupaciones.
—Precisamente, eso es lo que lo hace más difícil —replicó ella. Tomó un trozo de pan y lo rompió entre los dedos sin probarlo—. No me gusta trabajar en un lugar donde sienta que soy el blanco de todas las críticas.
—¿Has pensado en hablar con alguien?
—¿Y qué les digo? ¿Que dejen de mirarme como si tuviera algo que ver con esas muertes? Es inútil.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
—He considerado tomarme unos días libres. Desaparecer un tiempo hasta que todo esto se calme.
Antes de que Samuel pudiera responder, el camarero apareció con los boquerones fritos. Parecían recién salidos de la sartén y desprendían un aroma capaz de tentar incluso al más saciado.
—Comprendo que quieras tomarte un respiro. Pero creo que deberías pensarlo bien —apuntó Samuel. Partió un boquerón en dos con el tenedor antes de continuar—. Si te vas, podrías darle más fuerza a esos rumores que tanto te preocupan. Si te tomas unos días libres, van a pensar que huyes.
—Quizás sea cierto, pero necesito desconectar. Sentirme en paz al menos unos días.
—Lucía, no dejes que las habladurías te afecten tanto. Esto pasará. La gente siempre busca de qué hablar, pero tiene la memoria muy corta. Pronto estarán ocupados con otro asunto.
Ella no respondió. Sus ojos se perdieron por la terraza, incapaces de encontrar consuelo. La duda seguía clavada en su interior.
Después de cenar, caminaron por el centro de la ciudad envueltos en el ambiente cálido de la noche murciana.
Bajo la luz de las farolas, las calles adquirían un aspecto onírico.
La música de un guitarrista callejero flotaba en el entorno y se fundía con las risas y conversaciones de la gente que llenaba las terrazas.
Lucía caminaba a veces con los brazos cruzados, no por frío, sino para protegerse de un pensamiento que no podía compartir. Samuel, a su lado, avanzaba con las manos hundidas en los bolsillos. Temía romper el frágil equilibrio que los envolvía.
Al llegar al portal de Lucía, ella se detuvo y lo miró.
—Gracias por esta noche, Samuel.
—Siempre que quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme —sonrió, aunque sus ojos mostraban un interés que iba más allá de la simple amabilidad.
Lucía se inclinó hacia él y rozó su mejilla con un beso que fue breve, pero suficiente para hacerlos titubear a ambos.
Al separarse, él se quedó esperando, como si quisiera preguntar algo más.
Sin embargo, Lucía ya había abierto la puerta y entrado en el edificio.
Él se quedó en la calle, con una sensación cálida y ambigua que no desapareció ni siquiera al comenzar a caminar de regreso a casa.