28
Marchaba con paso decidido y la cabeza baja, el cinturón de su gabardina beige ajustado y las manos hundidas en los bolsillos.
Sus pensamientos se arremolinaban resignados en un callejón sin salida.
Aun así, la rutina de ese trayecto la reconfortaba, porque la ciudad se movía con la misma calma de siempre, ajena a las turbulencias que la mantenían en un estado de alerta constante.
Pasó una semana tratando de procesar lo que su padre le reveló en Boston.
Los días de descanso resultaron un refugio necesario; un paréntesis entre descubrimientos que sacudieron los pilares de su identidad.
En su interior se libraba una batalla que intentaba silenciar.
Descendiente de troyanos, objetivo de una venganza milenaria, y todo ello mientras se cernían sobre ella las sombras de las muertes en el hospital, con la inquina de sus compañeros de trabajo.
Apretó el paso al divisar la entrada del hospital. El gigantesco edificio, con su fachada impersonal, la observaba como un guardián de secretos, como si las paredes supieran más de lo que dejaban ver.
Nada más cruzar las puertas del Servicio de Medicina Interna la envolvió el bullicio habitual: médicos que conversaban en voz baja, residentes con la mirada cargada de sueño, enfermeras y auxiliares en constante movimiento.
Lucía saludó con un leve movimiento de cabeza, casi mecánico, y se encaminó hacia la sala de reuniones.
Entró a la sesión clínica con un latigazo de aprehensión inevitable. La sala estaba llena y eligió una silla en el fondo como refugio. Nada había cambiado. Ella, en cambio, ya no era la misma.
A las ocho en punto, Gonzalo Vidal hizo su entrada.
Puntual. Su figura alta y delgada se movía con una autoridad teñida de desdén que tan bien manejaba.
Lo hacía como un capitán general en su búnker, con las manos entrelazadas tras la espalda y una expresión que oscilaba entre la severidad y el desprecio.
—¡Buenos días! —la voz del jefe del Servicio cortó el aire igual que un sable y la sala se sumió en un mutismo absoluto—. Vamos a empezar.
La sesión comenzó con la exposición de los casos clínicos del fin de semana y enseguida Gonzalo Vidal y Rubén Pita volvieron a cruzar palabras envenenadas. Era un intercambio que todos esperaban, una pelea de gallos disfrazada de debate médico.
El murmullo recorría la sala. Los residentes evitaban mirar directamente a alguno de los dos; los adjuntos, en cambio, conservaban una expresión neutra, más acostumbrados al duelo de egos que al contenido médico de las discusiones.
Lucía escuchaba de manera mecánica, asentía lo justo y tomaba notas con trazos automáticos en su libreta.
Sin embargo, su mente vagaba hacia otro lugar.
Las mismas discusiones de siempre, las mismas rivalidades.
Gonzalo Vidal y Rubén Pita disfrutaban con cada intercambio de pareceres, y lo peor era que ambos sabían cómo manejar el filón de su retórica.
Ella observaba la escena con hastío. Aquello era un espectáculo repetido demasiadas veces.
Un día más en el teatro de la Medicina Interna.
Tras discutir el último caso, Gonzalo retomó la palabra. Enderezó la espalda, entrelazó las manos sobre la mesa y miró a la sala con una gravedad que no pasó desapercibida.
—Antes de finalizar, debo informaros de lo que ocurrió este fin de semana.
Los murmullos cesaron. Todos los ojos se posaron en él y dejó que el sosiego se asentara antes de continuar.
—El sábado falleció un paciente en la planta de cirugía.
Lucía observó cómo la noticia impactaba en sus compañeros; ella, en cambio, se mantuvo serena, casi distante.
—Era un hombre de 38 años, operado de urgencia esa misma madrugada por una apendicitis. La intervención fue un éxito según el informe del equipo quirúrgico. Pero a media mañana, mientras leía junto a su esposa en la cama de la habitación, sufrió una muerte súbita.
Un escalofrío recorrió la sala y el recelo se hizo palpable. Lucía, que había mantenido su atención en un punto indefinido, alzó la vista y observó cómo Gonzalo Vidal se levantaba y caminaba lentamente por la sala.
—El deceso se notificó al juzgado para cumplir el protocolo vigente ante cualquier sospecha, tras las otras muertes ocurridas en este hospital que investiga la policía.
Se detuvo y, tras señalar con las manos a los médicos, formuló una pregunta:
—¿Cuáles son las causas más frecuentes de muerte súbita en adultos jóvenes en nuestro país?
Roberto, el adjunto, no tardó en responder:
—Infarto masivo de miocardio.
—Correcto, aunque no es la única. ¿Alguien más? —preguntó, con un tono que pretendía ser más una exigencia que cualquier otra cosa.
Las respuestas llegaron como si de una clase universitaria se tratara, declamadas, sobre todo, por los residentes:
—Miocardiopatía dilatada.
—Miocardiopatía hipertrófica.
—Tromboembolismo pulmonar.
—Aneurisma de aorta.
Cada contestación parecía más calculada que la anterior y los residentes temían equivocarse bajo el examen crítico del jefe.
El doctor Vidal asentía lentamente. Lucía percibió cómo sus ojos se posaron en Rubén Pita, quien no había abierto la boca desde el inicio de la noticia. Esa mirada resultaba un desafío sigiloso, una invitación a intervenir. Pero Rubén permaneció impasible, con aparente desinterés.
—Gracias a la autopsia ya conocemos la causa exacta de la muerte.
Fue la rotura de un aneurisma de la aorta torácica —Gonzalo Vidal se calló y la sala exhaló un suspiro colectivo de alivio—.
Así que, por fortuna, esta vez no hay motivos para alarmar a la policía.
No obstante, quiero que recordéis que estamos en alerta máxima.
Cada fallecimiento inesperado debe notificarse al juzgado de inmediato.
Lucía miró hacia su libreta y trazó un garabato sin sentido.
Pero la voz de Gonzalo Vidal la obligó a levantar la cabeza.
Observó cómo sus ojos recorrían la sala y se detenían brevemente en ella, como si quisiera asegurarse de que captaba cada palabra.
Luego volvió a centrarse Rubén Pita, que permanecía con gesto inexpresivo, casi desconcertante.
Finalizada la sesión, Lucía recogió sus cosas y salió de la sala con un paso más lento que de costumbre. Algo no encajaba en la discreción de Rubén Pita. Tampoco en el rostro de Gonzalo Vidal.
La intuición, ese instinto que rara vez ignoraba, le decía que debía prestar atención.