19
El control de enfermería de Medicina Interna era un espacio siempre bullicioso, una suerte de centro neurálgico en el que se desarrollaba un enjambre de actividad metódica, donde cada movimiento, desde las rápidas anotaciones en los historiales hasta el constante cliqueo de las teclas en los ordenadores, seguía un ritmo orquestado.
Allí, las enfermeras y auxiliares se movían con la determinación de quien sabe que el tiempo es un bien escaso en un hospital y que todo debía funcionar sin margen de error.
En medio de ese caos ordenado, Clara, la supervisora de enfermería, estaba de pie junto al mostrador con su eterna carpeta en la mano.
Revisaba el listado del material pendiente de reponer.
A su alrededor, un par de enfermeras y una auxiliar se movían con una coreografía casi automática: organizaban dosis, intercambiaban datos y discutían acerca de los horarios y los turnos de la misma manera que si negociaran un tratado de paz.
Lucía Reyes estaba sentada en una silla giratoria, demasiado tensa para moverse, con la mirada fija en la tablet mientras revisaba los últimos informes clínicos. Sin embargo, su mente estaba puesta en otro sitio: en los sucesos acaecidos durante los últimos días.
A pocos pasos, Rubén Pita leía una historia clínica con cara de disgusto. A su lado, los murmullos de las enfermeras y la auxiliar se fundían con el pitido intermitente del aviso acústico procedente de las habitaciones y el leve zumbido de un carro de medicación que alguien empujaba por el pasillo.
Rubén alzó la vista y, con una reflexión en voz alta, comentó:
—Por cierto, no deja de intrigarme lo de la inyección fantasma del paciente de la 15A.
El comentario se propagó igual que una onda expansiva.
Clara levantó la vista con una expresión cargada de duda mientras las enfermeras de alrededor contenían el aliento.
No fue el término en sí lo que captó la atención, sino la posibilidad de un error grave, un fallo que rompía la aparente perfección de los protocolos.
A Lucía, ya de por sí suspicaz, se le encendió el piloto de alerta por si hubiera sido el motivo de un nuevo asesinato, aunque ya lo había descartado junto a Rubén.
Las palabras apenas habían recorrido unos metros cuando Gonzalo Vidal entró en el control y las cazó al vuelo. Había una fuerza en su andar, en su manera de observar el espacio, que siempre reclamaba la atención de todos; su autoridad se imponía antes incluso de pronunciar una palabra.
—Inyección fantasma —repitió Gonzalo, arqueando las cejas y con la voz grave cargada de ironía—. Qué curioso término para un jefe de sección. Me pregunto en qué libro de texto médico lo habrás encontrado.
La frase, lanzada con la puntería de un dardo, forzó un mutismo incómodo en el control.
Las enfermeras intercambiaron gestos rápidos entre sorprendidas y tensas.
Clara levantó la vista de su listado. Lucía permaneció inmóvil al comprender lo que acababa de oír y el doctor Pita dejó a un lado el historial clínico.
—Es un término que usaron las enfermeras —replicó Rubén, en un tono contenido que sugería un esfuerzo consciente por no perder la calma—. Me pareció apropiado, dado que nadie sabe qué contenía exactamente ese bolo intravenoso.
—Lo que es apropiado, Rubén, es que seamos precisos en nuestro lenguaje. Pero claro, la precisión siempre ha sido un lujo para algunos.
Roberto, el médico que siempre acompañaba a Gonzalo como una carabina cómplice, dejó escapar una sonrisa que bordeaba lo insolente.
—¿De verdad vamos a discutir sobre semántica teniendo un caso que investigar? —preguntó Rubén, ahora con un tono más cortante—. Es curioso que te preocupes tanto del lenguaje y tan poco de la atención a los detalles.
Lucía vio venir el nuevo conflicto con la misma claridad con la que se anuncia un terremoto. Había trabajado suficiente tiempo con ambos para saber que el choque de egos era inevitable y profundamente destructivo. Intentó intervenir antes de que la situación se saliera de control.
—Doctor Vidal, creo que lo importante aquí es esclarecer qué ocurrió.
El paciente recibió un bolo intravenoso de algo que nadie sabe qué era, ni quién se lo administró; en la historia solo figura una inyección intravenosa, sin más detalles.
Está expuesto a un riesgo que aún no se ha determinado y eso es lo que investiga Rubén.
—Ahórrate las explicaciones, doctora Reyes —interrumpió Gonzalo, tras levantar una mano en un gesto de claro desprecio—. Sé que tienes buenas intenciones, pero tal vez deberías dejar que tu jefe defienda su postura. Aunque claro, cuando uno vive en el reino de las hipótesis.
La estocada de la frase no pasó inadvertida y Rubén no tardó en devolver el golpe.
—Prefiero vivir en el reino de las hipótesis que en el de los errores diagnósticos. Ese Síndrome de Sheehan que diagnosticaste con tanta prisa hace unos días es un buen ejemplo, ¿verdad? Al final resultó ser una Insuficiencia Suprarrenal, justo lo que propusimos Lucía y yo desde el principio.
El golpe fue directo al orgullo de Gonzalo y se notó en el leve envaramiento de su cuerpo.
Dio un paso adelante y se situó casi frente a Rubén, pero todavía a una distancia suficiente y prudencial para no romper las reglas de la cortesía profesional, aunque ambos sabían que esas reglas pendían de un hilo.
—Ya veo que tienes una memoria excelente para ciertos detalles, Rubén.
¿Ahora recurrimos a ataques personales? Muy profesional de tu parte.
Aunque no me sorprende. Ya veo que todavía te gusta mirar al pasado.
Es una lástima que no dediques el mismo empeño al presente.
Tal vez así entenderías que liderar un equipo requiere más que aferrarse a las casualidades.
Lucía sintió que el calor le subía hasta su rostro. No estaba dispuesta a ser un peón en la batalla entre los dos médicos.
—Esto no nos lleva a ninguna parte. Lo que necesitamos es concentrarnos en encontrar al responsable de este incidente, no entrar en una guerra de gallos —planteó Lucía, con un tono conciliador, pero que solo consiguió echar leña al fuego.
—¡Gallos! —exclamó Gonzalo con un destello de burla en los ojos—. Qué noble, doctora Reyes, no me digas que vas a justificar esta discusión con esa tontería.
Los ojos de Rubén y Gonzalo seguían enfrentados. Ambos esperaban que el otro diera el primer paso hacia una rendición que ninguno estaba dispuesto a conceder. Finalmente, fue Roberto quien rompió el silencio con un intento torpe de mediación.
—Tal vez deberíamos dejar este tema para otra ocasión —sugirió, con la vista fija en Gonzalo y una sonrisa más propia de una súplica que una verdadera iniciativa—. Seguro que...
—No necesito que hables por mí, Roberto —le cortó Gonzalo, sin mirarlo siquiera.
Lucía suspiró. Sabía que la tregua era imposible, al menos por ahora. Miró a Clara y movió los labios sin emitir sonido. Ella asintió. Compartían el mismo pensamiento.
—¡Por qué no te callas de una puñetera vez! —exclamó Gonzalo con tono despreciativo, clavando los ojos en Lucía.
La voz del jefe de Medicina Interna resonó en el control de enfermería con una contundencia diseñada para humillar, para doblegar.
Ofrecían gratis un espectáculo a los allí presentes.
Las miradas de Clara y las dos enfermeras se cruzaron al unísono, incómodas.
La auxiliar de enfermería intentó desaparecer detrás de una bandeja de medicación.
Incluso Rubén Pita, que había estado listo para contraatacar, elevó las cejas sorprendido por la virulencia del comentario.
Roberto se mantuvo rígido y encarnó su papel.
Lucía Reyes se giró lentamente hacia Gonzalo y sintió cómo cada músculo de su cuerpo se anquilosaba, pero no retrocedió ni un paso.
Había aprendido, no sin esfuerzo, que las palabras de Gonzalo no mataban.
El comentario era tan grosero e innecesario que, más que enfado, lo que le provocó fue un desconcierto absoluto.
—¿Disculpa? —replicó Lucía finalmente, con un hilo de voz que apenas ocultaba la rabia.
—Lo has oído perfectamente.
—¿A qué viene ahora esa impertinencia?
—Estoy harto de tus comentarios inútiles, de tu constante necesidad de intervenir en temas que no te incumben.
—Mis comentarios son tan válidos y respetables como los de cualquier otro médico de este hospital.
—¡Por favor! —intervino Gonzalo, con los brazos en jarras y una sonrisa que era todo menos amable—. Aquí nadie quiere escuchar tus lecciones de moral. Lo único que haces es meter cizaña y, por lo visto, cubrirle la espalda a tu querido papi.
—¿Qué diablos insinúas? —protestó Lucía.
—Que todos aquí sabemos lo que pasa. Que el gran comisario Reyes es tu padre y es el que está detrás de todo este circo de interrogatorios. ¿Qué pasa? ¿Te ha nombrado su espía personal?
Lucía sintió que un calor sofocante quemaba todo su cuerpo y subía por el cuello hasta instalarse en sus mejillas, que de pronto se tornaron rojizas.
No supo qué responder, solo que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
Sin embargo, ahora todo encajaba como un maldito rompecabezas.
Desde hacía un par de días notaba las miradas de recelo en los pasillos, los susurros que se silenciaban justo cuando pasaba cerca, la ausencia de saludos y que casi todo el personal la esquivaba.
Ató cabos y lo entendió todo de golpe.
Ya entendía el porqué.
El aire en la sala se hizo casi irrespirable.
La auxiliar dio un paso atrás para intentar desaparecer entre las sombras.
Las enfermeras fingieron estar ocupadas con cualquier cosa menos con la escena que se desarrollaba ante ellas; Rubén Pita estaba desconcertado, se sentía responsable de los reproches de Gonzalo a Lucía.
—Mi padre no tiene nada que ver con mi trabajo aquí. Yo no soy una espía ni soy quién para interferir en una investigación policial.
—¿Ah, no? Entonces, ¿cómo explicas que medio hospital sea interrogado?
Isabel Ruiz, Gálvez, los de Pruebas funcionales y, por su puesto, todos los de Traumatología.
Todos llevan días sometidos a interrogatorios como si fueran criminales, y pierden el tiempo porque tu papá ha decidido jugar a los detectives.
Esto no es una comisaría, es un hospital.
—Esto no es un juego y nadie pierde el tiempo. Hay dos personas muertas. Antonio Fajardo y Rafael Moya merecen que se esclarezca lo que les ocurrió.
—¿Muertas? ¿De verdad vamos a seguir con esa farsa?
Esto es un hospital, no una novela negra.
Aquí no hay asesinos, Lucía. Lo que hay son errores, equivocaciones humanas.
Pero claro, tu querido papá necesita justificar su presencia aquí, y tú no puedes evitar ser su cómplice perfecta —replicó Gonzalo, y acercó la cabeza hasta invadir el espacio personal de Lucía.
El veneno en sus palabras era palpable y lleno de inquina. Pero Lucía no iba a permitir que la humillaran sin más.
—No sé nada de asesinatos. Solo sé que hay una investigación en curso y yo no tengo nada que ver.
—Claro que no sabes nada —espetó Gonzalo, con una mueca arrogante mientras alzaba los brazos en un aspaviento teatral—. Pero eso no te impide estar en el centro del huracán, ¿verdad?
Rubén Pita, que había permanecido callado, dio un paso adelante y se colocó entre Gonzalo y Lucía.
—Ya basta, Gonzalo. Esto está yendo demasiado lejos.
—¿Demasiado lejos? ¿Demasiado lejos es decir la verdad? ¡Que todo el hospital está patas arriba porque alguien se cree el sheriff del lugar!
Lucía no dijo nada más.
No se iba a postrar ante aquellas palabras con una respuesta.
Giró sobre sus talones y salió del control de enfermería sin mirar atrás, con la barbilla alzada y el corazón a mil por hora.
Al llegar al pasillo, las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Trató de detenerlas, pero era inútil. Sentía todas las miradas sobre ella, incluso cuando no había nadie a su alrededor.
El hospital, que siempre había sido su refugio, le pareció un lugar hostil, un laberinto de susurros y gestos de odio.
Sin embargo, tenía claro que no iba a rendirse.
No mientras quedaran preguntas sin responder.