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La finca se alzaba como un espejismo en la vasta extensión del norte de Alicante.
Daba la impresión de que el tiempo y los siglos no habían hecho más que reforzar su propósito.
Los olivos, con sus troncos retorcidos, formaban un ejército interminable que lindaba con hileras de viñedos que trepaban por las escarpadas laderas de la tierra.
A lo lejos, desde las alturas, se observaba el mar color de vino, el Mediterráneo, majestuoso y en calma.
Por detrás, las montañas cerraban el paisaje, perfilando una muralla natural que protegía aquel lugar del mundo exterior.
Un riachuelo serpenteaba entre los campos, con un hilo de agua que conectaba la vida fértil del terreno con la oscuridad de los secretos que allí se guardaban.
Estaba cercada por una valla de hierro forjado, elevada hasta parecer el muro de un castillo medieval, rematada con púas y coronada por cámaras de vigilancia discretamente escondidas entre los postes.
No era una verja decorativa, sino una declaración de intenciones.
Aquí no entraba nadie que no fuera bienvenido y quien lo intentara sabía que no saldría de la misma manera.
En el único portón, cuatro hombres vestidos de negro permanecían inmóviles, con la severidad de los centinelas de un templo, que observaban con ojos impasibles cada vehículo que cruzaba el umbral.
La mansión que dominaba el paisaje era un homenaje a los tiempos antiguos.
Su arquitectura, de líneas clásicas, estaba inspirada en los templos griegos.
Un pórtico con columnas dóricas flanqueaba la entrada principal.
Las piedras de sus muros, de un blanco casi cegador, reflejaban la luz del atardecer con una pureza que contradecía los oscuros propósitos que allí se tramaban.
Era un edificio que hablaba de poder y longevidad, construido no solo para albergar a sus habitantes, sino para recordarles que formaban parte de una historia eterna, un juramento que había sobrevivido a varios milenios.
Los coches, que comenzaron a llegar en procesión, eran el reflejo de las personas que los ocupaban: sofisticados y letales.
Los recién llegados descendían conscientes de que cada gesto era observado.
Había un carácter ritual en su comportamiento, un aire de respeto reverencial hacia el lugar y lo que representaba.
Bajo el pórtico, Luis Conde, el señor de los Mirmidones, esperaba con la misma paciencia que un sacerdote antes de la ceremonia.
Su figura, envuelta en un traje oscuro, parecía tallada de la misma piedra que las columnas que lo rodeaban.
A su lado, Eloy Campos se mantenía un paso por detrás, con la postura tensa pero controlada de quien está acostumbrado a proteger, primero con la palabra y luego con la acción.
Ambos observaban a los asistentes con una actitud de autoridad y cálculo, dentro de una antigua costumbre de saludos e inclinaciones de cabeza que dominaban con maestría.
Los Mirmidones, hombres y mujeres descendientes de una estirpe que nunca había olvidado ni perdonado, avanzaban uno a uno, inclinando ligeramente la cabeza al estrechar la mano de Luis Conde. Eloy recibía saludos más rápidos, casi distraídos, pero eso no le molestaba.
El viento arrastraba el olor de los olivos, la tierra seca y agua salada, hasta confundirse con el murmullo de las conversaciones que comenzaban a emerger entre los recién llegados.
Los idiomas se alternaban: inglés, francés, griego, turco, italiano, español, creando una cacofonía sutil que hablaba de una organización que trascendía fronteras y culturas.
Desde su posición, Luis Conde lo veía todo.
Conocía a cada uno de los asistentes, no solo por sus nombres, sino por sus historias, sus familias y sus lealtades.
Para él, esta reunión anual no era solo un ritual, sino una herramienta.
Aquí se reforzaban alianzas, se renovaban juramentos y se recordaba a todos que la venganza no era solo un deseo, sino una obligación.
Eloy Campos desempeñaba el papel de mano ejecutora de Luis, el guardián que protegía el legado de los Mirmidones con una devoción que rayaba en la fe.
El sol comenzaba a descender tras las montañas.
Allí, en aquel rincón perdido de España, la guerra de Troya no era un mito, sino una realidad que seguía viva en la sangre y los corazones de quienes habían jurado perpetuarla.
Y mientras los últimos coches llegaban y llenaban la explanada con el eco de sus motores, la mansión se preparaba para ser el escenario de un nuevo capítulo en una historia que no tenía fin.
Los Mirmidones llegaban convocados por un juramento que no admitía olvido, y aunque la sociedad se movía ajena a su existencia, ellos mantenían vivo el recuerdo de una época en la que la venganza era un deber sagrado, más antiguo incluso que el odio.
Y esa noche, un año más, se celebraba la asamblea que mantenía viva la llama de una promesa realizada hace más de tres mil años.
La sala irradiaba solemnidad. Parecía un vestigio arrancado de un tiempo en el que los hombres hablaban con los dioses.
Era una cámara rectangular de techos altísimos que intentaba desafiar a la gravedad, donde la luz cálida convertía en oro las vetas del mármol pulido del suelo.
Cuatro columnas dóricas se alzaban a cada lado, inmóviles y silenciosas.
Al fondo, sobre una plataforma elevada, la estatua de Aquiles imponía su presencia con una altivez casi humana.
El héroe de los Mirmidones lo observaba todo, vigilante, incapaz de permitir que el tiempo erosionase su memoria.
Luis Conde, igual que un patriarca ancestral, estaba sentado en un trono de piedra pulida, recubierto con cojines de terciopelo rojo que contrastaban con la austeridad del resto de la sala.
Su espalda recta y su mirada severa transmitían la misma quietud y fuerza inamovible que las columnas.
Irradiaba autoridad y cada gesto imponía respeto.
A su derecha, de pie e inmóvil, Eloy Campos era una estatua vigilante, fría y silenciosa.
La puerta se abrió con un leve crujido para dejar paso a Esteban.
Vestía un traje gris marengo, entallado, y aunque sus gestos eran medidos, desprendían respeto y nerviosismo por estar allí.
Se detuvo a pocos pasos del trono y se arrodilló con una fluidez casi ceremonial.
Inclinó la cabeza y extendió una mano para besar la de Luis Conde, quien la ofreció sin urgencia.
—Mi señor —dijo con una voz que se le escapó de entre los labios.
—Levántate, Esteban. Hablemos.
El hacker obedeció, no con la rapidez de quien actúa por reflejo, sino con la sumisión medida de alguien que entiende la relevancia del momento. Aun así, un leve temblor traicionó sus manos, que escondió detrás de la espalda.
—¿Tienes noticias para mí?
Esteban asintió y sacó una hoja doblada del bolsillo interior de su chaqueta. La sostuvo con ambas manos antes de extenderla hacia Luis, con la solemnidad de una ofrenda largamente esperada.
—He localizado a uno de los descendientes, mi señor.
Luis tomó la hoja y la desplegó. El silencio de la sala se hizo más espeso mientras sus ojos recorrían las líneas de ordenador escritas con una tipografía antigua. Eloy, a su lado, se inclinó ligeramente para intentar leer sobre el hombro de su líder, sin llegar a invadir su espacio.
—Carlos Duro —dijo Luis en voz baja, pronunciando el nombre con la fuerza de una sentencia—. Jefe de Medicina Interna en el Boston Memorial Hospital.
Eloy alzó las cejas, lo suficiente para demostrar que el nombre no le era indiferente. Luis dobló la hoja con cuidado y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Has hecho un buen trabajo, Esteban —afirmó, mientras se levantaba de su trono. Se acercó al hacker y le puso una mano en el hombro—. Esto es más que un logro. Es el cumplimiento de un juramento milenario.
—Gracias, mi señor. Es un honor servirle.
—¿Y los demás?
—Estoy trabajando sin descanso. Con las herramientas informáticas que dispongo, en unos días le daré más nombres.
—Eso es lo que quiero oír.
Eloy, que había permanecido en silencio hasta entonces, dio un paso adelante. Su voz cortó el aire con la autoridad de alguien que nunca dice una palabra sin pensarla dos veces.
—Esteban, esta misión no admite errores. Lo que has hecho es extraordinario, pero lo que tenemos ante nosotros es crucial. No bajes la guardia, porque tu trabajo no puede fallar.
—Lo sé, capitán. No fallaré.
Luis lo miró una última vez antes de dar un paso hacia la estatua de Aquiles. Allí se detuvo y contempló el rostro inmortalizado del héroe.
—Vete con tranquilidad. Has cumplido. Pero recuerda que lo que hacemos aquí trasciende a nuestras vidas. Es por él —dijo, señalando la estatua— y por la historia que juramos honrar.
El hacker retrocedió y se inclinó con devoción frente a la estatua antes de girarse hacia la puerta.
—Estamos más cerca.
—Y no nos detendremos hasta estar frente al último de los descendientes de los troyanos —sentenció Luis.
El quejido de la puerta rompió el silencio y se convirtió en una campana que anunciaba el inicio de un nuevo acto.
Renato y El Flaco entraron juntos. Llegaron al pie del trono y se detuvieron. Se arrodillaron y bajaron la cabeza al unísono, con un movimiento tan ensayado que evocaba tradiciones de siglos de antigüedad.
El Flaco, escuálido hasta parecer un hilo de sombra, fue el primero en extender la mano y besar la de Luis Conde, Renato lo siguió, con una postura más rígida pero serena.
—Buen trabajo, Flaco —dijo Luis, con una voz grave, marmórea—. Dos descendientes de los troyanos eliminados. Antonio Fajardo y Rafael Moya ya no serán un problema. Has dado el primer paso para cumplir el juramento que nuestros ancestros hicieron hace más de tres mil años.
El Flaco alzó la cabeza y mostró su rostro enjuto iluminado por el vaivén de las llamas.
—Gracias, mi señor. Ha sido un honor cumplir con mi deber.
—¿Y el trabajo? ¿Ha sido limpio?
El Flaco vaciló y tragó saliva antes de responder.
—Sí, mi señor. No quedó rastro alguno. Sin embargo, las circunstancias. Dos muertes tan próximas en el tiempo, en el mismo hospital y de hombres tan conocidos, han llamado la atención de la policía. Han abierto una investigación.
—Eso no es aceptable. Debes asegurarte de que esas investigaciones no conduzcan a ninguna parte. Que concluyan en errores médicos o negligencias y que no haya pruebas que apunten a nosotros —ordenó Luis, cortante.
El Flaco simuló calma, pero sus labios se apretaron.
—Haré lo posible.
Luis Conde observó al hombre antes de emitir un veredicto silencioso. Luego, se dirigió a Renato, que esperaba paciente a su lado con las manos juntas delante de él.
—Renato —El tono de Luis se suavizó y adoptó un aire casi paternal—, tu trabajo en el monasterio ha sido esencial. Esteban ha localizado a un nuevo descendiente gracias a tus descubrimientos.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Renato.
—Es un honor, mi señor. Me alegra que mis esfuerzos hayan dado su fruto.
—Pero esto no ha terminado. Queda mucho por descubrir. Vuelve al monasterio. Examina cada pergamino, cada legajo, libro antiguo y rincón olvidado. Nuestros enemigos están ahí fuera y los nombres que encuentres serán una pieza más para cumplir el juramento.
—Así lo haré, mi señor. No descansaré hasta que los hayamos localizado a todos.
Luis se acercó a ambos hombres y, en un gesto inesperado, colocó una mano en el hombro de cada uno.
—Gracias a vosotros, el juramento de nuestros ancestros sigue vivo. Esto es más que una misión. Es nuestra historia.
El Flaco y Renato murmuraron palabras de agradecimiento antes de levantarse. Se dirigieron a la estatua de Aquiles y ambos inclinaron la cabeza. El héroe, tallado en mármol con la expresión desafiante de quien conoce la gloria, les otorgó su aprobación silenciosa. Después, se marcharon.
Luis volvió a su trono. Mientras se sentaba, sus ojos buscaron a Eloy, que permanecía de pie a su derecha.
—Estamos avanzando, Eloy. Pero queda mucho trabajo por hacer.
—Y lo haremos.
—Que tiemblen los descendientes de Troya.