18
Lucía salió del departamento de Anatomía Patológica con la intuición de alguien que sabe que lleva entre sus manos una bomba de relojería.
La breve conversación con Samuel Morales la alteró profundamente.
Rafael Moya no murió de forma natural. No era un fallo cardíaco aleatorio, ni un desgraciado desenlace clínico.
Era un asesinato. Y aquello, más que inquietarla, la enfurecía.
El hospital parecía más sombrío que nunca.
A cada paso, Lucía sentía el eco de sus propios pensamientos rebotar contra las paredes del pasillo.
Las palabras del anatomopatólogo aún resonaban en su mente, desordenadas e hirientes como un cristal roto.
No fue un accidente, tampoco una negligencia, ni tan siquiera una muerte natural. Aquello era un asesinato.
Caminó por el pasillo del hospital con el móvil en la mano. Marcó el número de su padre. En su rostro, la máscara fría de la profesionalidad que siempre exhibía empezó a desmoronarse, para dar paso a una expresión de preocupación que en pocas ocasiones se permitía mostrar.
—Dime, Lucía —respondió su padre después de escuchar la melodía Over the Horizon en su teléfono móvil.
—¿Dónde estás?
—Estamos en el vestíbulo, ya nos íbamos.
—Espérame allí, necesito hablar contigo.
Colgó sin añadir nada más. Santiago Reyes era un policía curtido en mil batallas y en los secretos del alma humana. Sabía leer las intenciones de una persona detrás de cada inflexión de su voz. Su hija no necesitó decírselo más claro, ni más alto, porque comprendió que aquello era muy importante.
Lucía bajó al vestíbulo sin detenerse a saludar a nadie.
Los pasillos del hospital estaban llenos de conversaciones atropelladas y pasos apresurados, y ella avanzaba sin prestar atención a nada.
Cuando los vio, junto a las puertas de cristal que daban a la calle, sus ojos se encontraron con los de su padre, que estaba acompañado de Daniel Santos y Carmen Pardo.
Con esa actitud de alerta que ya formaba parte de ellos, los tres parecían en fuera de juego entre pacientes y familiares que iban y venían.
—Vamos fuera —ordenó Lucía, sin siquiera detenerse.
Santiago asintió y la siguió, acompañado por Daniel y Carmen.
Salieron a la calle, donde el sol radiante del mediodía les golpeó con toda su fuerza.
La luz era cegadora, pero Santiago condujo a su hija hacia la sombra de una jacaranda enorme, en la que sus ramas formaban un refugio natural.
Santiago dirigió una mirada a Daniel y Carmen, quienes, sin que tuviera que decírselo, se alejaron unos metros para garantizarles la privacidad que necesitaban.
Lucía respiró intranquila. El hombre que tenía delante no era solo el comisario, el profesional curtido por los peligros de su profesión. Era también el padre que siempre supo protegerla, aunque a veces ello implicara guardarse determinadas verdades.
—Acabo de hablar con Samuel Morales —empezó ella, con prisa—, Ya tiene los resultados de la autopsia de Rafael Moya.
Santiago no dijo nada, pero su mirada endurecida fue suficiente para que Lucía supiera que prestaba toda su atención.
—Lo han asesinado, papá. Samuel está seguro.
Le inyectaron lidocaína antes del propofol; así provocaron su muerte de forma premeditada —Lucía miraba continuamente a su alrededor para asegurarse de que nadie pudiera escuchar.
El ruido de los coches al pasar y el murmullo lejano de la ciudad los rodeaban.
Pero allí, bajo las ramas, el mundo se había detenido.
El rostro de Santiago apenas se movió. Lucía notó cómo sus labios se apretaban y los músculos de su rostro se tensaban. Era un hombre acostumbrado a mantener la compostura, pero aquello le había dolido.
—Sé que tenías buena relación con Rafael —continuó Lucía, con un tono más suave—. ¿Desde cuándo os conocíais?
Santiago resopló, con la sensación de que la pregunta despertaba algo más que recuerdos.
—De toda la vida. Desde el instituto. Luego, las juergas en nuestra etapa universitaria. Siempre fuimos un grupo muy unido.
Lucía asintió, aunque su mente buscaba conexiones encriptadas.
—¿Unidos también con Antonio Fajardo? —preguntó mientras trataba de reconstruir imágenes borrosas de su infancia—. ¿Rafael Moya también formaba parte de vuestro grupo?
—Sí —Santiago alzó la vista hacia las ramas, en busca de un poco de consuelo—. Antonio, Rafael y yo éramos inseparables en nuestra juventud. Luego, la vida y el trabajo nos alejó, sobre todo de Rafael, aunque siempre mantuvimos el contacto con él.
Lucía miró a su padre y trató de descifrar más de lo que le contaba. Había un deje en su voz que le resultaba familiar, el mismo tono que empleaba al hablar de casos delicados, porque para él resultaba prudente no revelar todo de buenas a primeras.
—No recuerdo mucho a Rafael —dijo ella, al evocar las pocas imágenes que tenía de aquellos años.
—Cuando eras pequeña solíamos juntarnos los fines de semana. Tu madre organizaba las comidas con Rafael, Antonio, otros amigos y sus familias. Tú correteabas por ahí y jugabas con los demás niños, ajena a nuestras conversaciones y a las ganas de ponernos al día.
Lucía intentó imaginar esos días, pero las imágenes en su mente eran borrosas, como fotografías desenfocadas.
—¿Qué es lo que os unía? —volvió a preguntar, en busca de una respuesta más concreta, una que él no parecía dispuesto a darle.
Santiago miró de nuevo hacia arriba, a las hojas del árbol. Sentía que la respuesta que buscaba era demasiado pesada para compartir.
—Amistad, simple y llanamente. Compartíamos intereses, planes, vivir la vida lo mejor posible.
Lucía lo miró fijamente, como a un testigo en un interrogatorio. Finalmente, cambió el enfoque.
—No creo que esto haya pasado sin intención —insinuó Lucía, que de sobra sabía que a su padre no le gustaba que lo presionaran, pero no tenía tiempo para andarse con rodeos.
—¿A qué te refieres?
—No puede ser una coincidencia que hayan asesinado a dos de tus amigos en este hospital. Rafael y Antonio, los dos aquí, y ambas muertes con la apariencia de ser naturales.
—Yo tampoco creo en las casualidades —admitió finalmente—. Antonio era mi amigo. Rafael también. Y ahora los dos están muertos. Ya investigo la muerte de Antonio, Lucía. Y la de Rafael también la llevaré a cabo. No voy a dejarlo pasar y que el asesino se marche de rositas.
Lucía vio cómo el gesto de su padre se endurecía aún más, pero no era una señal de indiferencia.
Sabía que detrás de esa máscara de determinación había preocupación, quizás incluso recelo.
Santiago Reyes no era un hombre fácil de intimidar y el instinto de Lucía le decía que una amenaza sombría estaba en juego.
Ella lo observó en silencio. Luego dio un paso hacia delante, se colocó más cerca de su padre y bajó el tono de voz, temerosa de que el aire los traicionara.
—Papá, ¿y si tú también estás en peligro?
—Lucía, no digas tonterías.
—No son tonterías. Si alguien está atacando a tus amigos, tú podrías ser el siguiente.
Santiago esbozó una sonrisa breve, más destinada a tranquilizarla que a expresar auténtica seguridad.
—Soy comisario de policía, hija. Nadie se atrevería.
—Lo digo en serio, papá. ¿De verdad crees que eso los detendría?
Santiago la miró y su rostro se suavizó un poco, lo justo para que Lucía comprendiera que aquella posibilidad también había cruzado por su mente.
—Prométeme que tendrás cuidado —insistió ella.
Santiago levantó una mano, un ademán con el que pretendía terminar la conversación.
—Tendré cuidado, te lo prometo. Pero tú no te preocupes por mí. Este es mi trabajo y es un asunto que tengo que resolver.
Lucía quería creerle. Sin embargo, una voz interior le advertía que no todo estaba bajo control. Finalmente, dio su brazo a torcer.
Desde la distancia, Daniel Santos y Carmen Pardo observaban el desarrollo de la conversación. Daniel ladeó la cabeza y arqueó una ceja, dubitativo.
—No es normal que tarden tanto.
—No. Algo más pasa aquí —coincidió Carmen.
De regreso al hospital, Lucía miró hacia atrás.
Vio a su padre bajo la jacaranda, con los ojos fijos en el suelo, buscando respuestas entre las hojas caídas.
Su postura era la de un hombre seguro de sí mismo, pero su hija sabía que, tras el rostro pétreo, el comisario Santiago Reyes calculaba cada posibilidad y tuvo la sensación de que en su interior afloraba una preocupación.
Y por primera vez sintió miedo. No por su padre, sino por los secretos que los envolvían.