17
La sala de reuniones de la planta de Traumatología se transformó en un improvisado cuarto de interrogatorios.
En apenas un par de horas desapareció cualquier rastro de su antigua función.
Ya no era el lugar donde se debatían diagnósticos, se planificaban tratamientos o se resolvían asuntos administrativos.
El entorno era tenso, cargado de una electricidad estática invisible que traspasaba los cuerpos de las personas que interrogaban allí dentro.
Las luces blancas, frías y despiadadas, resaltaban cada gesto, cada mirada, cada gota de sudor que perlaba las frentes de quienes entraban allí como corderillos indefensos.
Las sillas de madera y metal, alineadas en un círculo improvisado, crujían bajo el peso de cuerpos rígidos por la incomodidad y el temor.
La presencia de la policía convertía un espacio cotidiano en un escenario de sospecha y paranoia.
Nadie lo decía en voz alta, pero cada suspiro ansioso revelaba lo que todos pensaban, que un suceso siniestro había ocurrido en esa planta y ahora ellos estaban bajo la lupa inquisitiva de la policía.
El comisario Santiago Reyes, de pie junto a una ventana, observaba todo con la mirada sibilina de un halcón que sobrevuela a sus presas.
Sus ojos escudriñaban a cada miembro del personal.
Buscaba algo que se escapara a simple vista.
Apoyado en su experiencia, sabía que la mentira solía esconderse en los detalles más insignificantes, en los gestos nerviosos o en una pausa demasiado larga.
Y allí estaba él, con su rostro curtido y la paciencia de un policía veterano que sabe que la verdad tiene mil caras.
Había aprendido a reconocerlas todas. Había visto el miedo en muchas ocasiones en delincuentes callejeros, en políticos corruptos y en testigos aterrorizados.
Pero este era diferente. Era un miedo más íntimo, el de personas comunes que, de repente, se veían envueltas en una trama mucho más grande que ellas.
El Inspector Daniel Santos, con los brazos cruzados, se movía durante los interrogatorios con la precisión de un cirujano plástico.
Sus preguntas eran metódicas y sus ojos no perdían ni un solo gesto.
Observaba cómo las manos de algunos temblaban ligeramente y cómo otros evitaban el contacto visual.
Lo que buscaban no siempre lo encontrarían en las palabras, sino en las reacciones que las acompañaban.
La subinspectora Carmen Pardo estaba sentada frente a la persona interrogada.
Adoptaba un enfoque más sutil, con un tono de voz más suave, casi empático.
Su mente analizaba cada respuesta por nimia que fuera y cada cambio en la entonación de las palabras de los interrogados.
Bajo esa fachada de comprensión, sus ojos escudriñaban cada expresión y cada tic nervioso para ser procesados.
Todos los trabajadores de la planta de Traumatología que trabajaron la noche anterior y durante la mañana en la que murió Antonio Fajardo entraban y salían uno a uno, sincronizados con la fría precisión de un complejo mecanismo.
Sus rostros reflejaban indignación y miedo, un cóctel venenoso que recorría la planta con la discreción de un rumor sibilante.
Todos se esforzaban por mantener la compostura, pero en sus ojos se adivinaba el temor a lo desconocido.
Sabían que los policías buscaban a alguien y la sombra de un posible asesinato se cernía sobre ellos como un monstruo silencioso.
Entró un traumatólogo, corpulento, de manos grandes acostumbradas a manipular sierras, martillos, tornillos y demás material ortopédico, frisando un aspecto que intentaba ser desafiante.
Cruzó los brazos sobre el pecho, con la vana ilusión de sentirse protegido.
Su mandíbula estaba tensa y los labios los apretaba en una línea gruesa.
Respondía a las preguntas con monosílabos, con tono casi retador.
Pero en sus ojos había más que simples retazos de duda.
Santiago Reyes lo observaba con interés.
No era el miedo de alguien culpable, sino el de alguien que sabía más de lo que quería admitir.
María, una enfermera veterana con más de veinte años de servicio, intentó controlar sus nervios.
La espera se le hizo interminable. Su mente repasó cada detalle de aquella fatídica noche, cada rostro con el que se cruzó, cada voz que escuchó.
¿Vio algo? ¿Pasó por alto alguna señal? El simple hecho de dudar la atormentó.
Las manos, normalmente firmes y precisas, le temblaban al apretarlas dentro de los bolsillos de su bata.
No pudo evitar preguntarse si el asesino, si es que lo había, estaba allí, entre ellos, quizá sentado justo a su lado.
Una auxiliar joven, con el pelo recogido en un moño, cerraba los ojos continuamente con cada nueva pregunta, temerosa de que cualquier palabra pudiera delatarla, aunque no tuviera nada que esconder.
Se esforzaba por recordar cada detalle de esa mañana.
Todo era difuso, con cada recuerdo velado por una bruma espesa.
Gustavo, un joven celador de complexión delgada, intentó proyectar una calma que no sentía.
Se ajustó las mangas del uniforme una y otra vez, con un espasmo nervioso que delató su ansiedad.
Sabía que todos los ojos estaban puestos en él y en sus compañeros de turno.
Los celadores siempre eran los más observados, los más sospechosos.
Su trabajo les daba acceso a cada rincón del hospital, a cada habitación.
Cada paso que dio aquella noche volvía ahora para atormentarlo y cada movimiento dado era una posible evidencia en su contra.
Las limpiadoras, acostumbradas a moverse entre la limpieza y la suciedad en los pasillos del hospital, se mostraban más inquietas de lo habitual.
Una de ellas, una mujer de manos ásperas, no pudo evitar mirar de reojo a los policías, y aunque respondía con seguridad, en sus ojos se escondía un resquicio para la duda.
Sabía que en el hospital casi todos se conocían, y la idea de que uno de los suyos pudiera ser un asesino era un pensamiento que se negaba a aceptar.
Fuera de la sala, el personal permanecía en silencio, pendiente de ser llamado.
Bajo esa calma aparente, los cotilleos corrían como un río subterráneo.
El rumor había crecido hasta convertirse en una certeza incómoda: los policías no estaban allí por una simple rutina.
La palabra asesinato se susurraba de boca en boca, afilada, peligrosa, y se filtraba en cada conversación.
El miedo a lo desconocido se instalaba en el corazón de cada trabajador, como un veneno lento pero letal.
Aquellos hombres y mujeres eran profesionales de la salud, acostumbrados a lidiar con la muerte. Pero una cosa es enfrentarse a la muerte natural y otra muy distinta es saber que un asesino puede estar entre ellos, camuflado en la rutina de batas blancas y protocolos clínicos.
Santiago Reyes notaba ese miedo. Lo respiraba, lo percibía en cada mirada esquiva, en cada gesto de incomodidad, incluso en una palabra fuera de lugar.
Sabía que el asesino, de estar allí, actuaría igual que todos los demás, con nerviosismo, pero intentaría ocultarlo.
El verdadero reto no era detectar el miedo, sino encontrar esa pequeña diferencia que separaba al culpable del inocente.
Mientras el interrogatorio continuaba, la sensación de amenaza se hacía más palpable.
No era solo la posibilidad de un asesinato lo que inquietaba al personal, sino la idea de que alguien entre ellos podía ser el responsable.
La desconfianza se instalaba, sutil pero inexorable, y la planta de trauma, acostumbrada a ser un refugio para curar fracturas, se transformaba en un escenario donde la muerte había dejado su marca.
Finalizado el interrogatorio, todos se preguntaron por qué Lucía se había librado de ese suplicio.