La última princesa de Troya 16
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El Servicio de Anatomía Patológica estaba aislado como si guardara los secretos que el resto del hospital prefería no conocer.

Lucía empujó la puerta de doble hoja con decisión, entró y se encontró con Samuel Morales, que estaba inclinado sobre una bandeja metálica con muestras de tejidos, igual que un alquimista en tiempos pretéritos.

Había una expresión en él que le recordaba a un sabio distraído que a veces se pasaba de listo.

Samuel alzó la vista y sus ojos, llenos de malicia y caos, provocaron en Lucía una mezcla de atracción y desconcierto que no sabía cómo gestionar.

—¿Por qué has tardado tanto en venir? —preguntó Samuel, así de entrada, con una sonrisa pícara que revelaba más de lo que decía.

Ella se sorprendió y sintió un escalofrío. No porque no esperara esa actitud, sino porque sabía que Samuel tenía una manera de anticiparse a los acontecimientos que rozaba lo inquietante.

—¿A qué viene eso?

—Intuición. Sabía que volverías después de lo de Rafael Moya.

El nombre de Rafael Moya la dejó helada. Lucía no pestañeó. En ocasiones, Samuel tenía esa capacidad de convertir cualquier conversación en un juego donde él siempre llevaba ventaja.

—¿Le has hecho la autopsia?

—Sí.

—¿Y bien? —Lucía cruzó los brazos, impaciente—. Suéltalo ya, Samuel.

Él esbozó una sonrisa lenta, la observó con arrojo y dejó que la pregunta ondeara en el aire

—Primero, una condición.

—No estoy para juegos, Samuel.

—Yo tampoco. Tú decides. La información tiene su precio.

—¡Venga, va! ¡Habla de una puñetera vez!

—Me invitas a cenar.

Lucía suspiró, pero cedió.

—¡Deseo concedido!

Samuel asintió, satisfecho, y se acercó lentamente a ella, como un actor que saboreaba cada escena de su guion.

—¿Qué sabes de la lidocaína? —se interesó de repente.

—¿Ahora jugamos al trivial, Samuel? Es un anestésico local. ¿O es que no lo sabes? —respondió Lucía, sin entender a dónde quería llegar.

—¿Y qué más? —dejó que la pregunta germinara, inquietante.

—¿Qué quieres decir?

Samuel se acercó más y sonrió con aire triunfal.

—¿Sabes qué ocurre si se administra lidocaína intravenosa y, pocos minutos después, propofol? —sondeó con su tono de voz de barítono.

Lucía miró al vacío, concentrada.

—¿Parada cardíaca?

Samuel chasqueó los dedos.

—Exacto.

—¿Entonces…? —susurró ella, con un nudo que le apretaba el estómago.

Samuel asintió, con esa media sonrisa que descolocaba, porque no se sabía si estaba serio o de broma.

—A Rafael Moya le administraron lidocaína por vía intravenosa. Luego, con la administración de propofol se produjo un descenso rápido de la frecuencia cardíaca y de la tensión arterial que desembocó en una parada cardíaca fulminante. El asesino lo planeó todo. Nada quedó al azar.

—Una muerte perfecta, si lo que buscas es disfrazar un asesinato de una complicación médica —musitó Lucía, que sintió un vértigo helado.

—Por supuesto

—¿Estás seguro?

Samuel la miró a los ojos, sin titubear.

—Al noventa y nueve por ciento.

Ella hizo un gesto de conformidad. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Su mente ardía con mil pensamientos y ninguno era bueno.

—¡Oye! —la llamó justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta—. ¿Y la cena?

Lucía se giró y una sonrisa pérfida asomó en la comisura de sus labios.

—Eso tendrá que esperar. Pero no te preocupes. Yo siempre pago mis deudas.

La puerta se cerró tras ella y dejó a Samuel compuesto y sin fecha para la cena o para la cita.

Lucía salió al pasillo con el corazón desbocado.

Dos asesinatos.

Dos muertes de personas sanas, inexplicables para los demás.

Y ambas, de una forma u otra, estaban relacionadas con su padre.

Intuyó que un ardid siniestro podría perseguir a su familia.

Ahora, el tiempo corría en su contra.