La última princesa de Troya 15
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El hospital tenía esa acústica que, más que tranquilizar, se pegaba a la piel. Era una sonoridad que escondía un misterio, como si cada zona guardara secretos que se resistían a salir a la luz.

El comisario Santiago Reyes avanzaba por uno de los pasillos, ancho y bien iluminado, flanqueado por Daniel Santos y Carmen Pardo.

Caminaban con paso rítmico, con los rostros serios, casi pétreos, cada uno de ellos atrapado en sus propios pensamientos, atentos a cualquier detalle que se les pudiera escapar.

—Estos lugares siempre me ponen malo, aunque todo esté limpio y reluciente —comentó Daniel, más para romper el silencio que por convicción.

Santiago no respondió. Sus ojos iban de un lado a otro y analizaban todo lo que veía.

Las paredes blancas y el suelo de terrazo impecable decían algo que nadie escuchaba.

Había zonas donde la pintura se había desprendido de la pared.

Marcaban un desgaste que iba más allá de lo físico.

Necesitaban una capa reparadora de pintura con urgencia.

Todo formaba parte de un cuadro que Santiago leía, donde cada imperfección podría ser la pista que buscaban.

Al llegar a la sala de control de cámaras de seguridad, situada al final de un pasillo desierto, notaron el cambio.

La puerta era gruesa, reforzada con metal, y guardaba en su interior mucho más que monitores y grabaciones.

Dentro, el ambiente era asfixiante. La sala, casi sin ventanas, tenía aspecto de búnker.

Estaba abarrotada de pantallas que mostraban imágenes de todas las áreas del hospital.

Entre los cables, monitores de control y un micrófono, Damián, el jefe de seguridad, se movía con la rigidez de un hombre acostumbrado a que nada le impresionase.

Alto, de hombros anchos y voz rasposa, evocaba más a un veterano de mil conflictos que un guardián de pasillos hospitalarios.

Allí dentro se vigilaba todo, pero también se podía ocultar mucho.

Damián los esperaba de pie y saludó más por obligación que por cortesía.

—Vamos al grano —ordenó Santiago, sin preámbulos.

Damián asintió y se giró hacia la consola. Sus manos grandes, casi desproporcionadas, se movieron con sorprendente agilidad para buscar las grabaciones anteriores a la muerte de Antonio Fajardo.

—Aquí tienen todo lo que pasó esa noche —gruñó Damián, con una voz que parecía proceder de las profundidades de una mina.

Los policías se acercaron a las pantallas mientras él retrocedía.

La grabación comenzó a correr y en la sucesión de imágenes todo era rutinario, casi aburrido: enfermeras que iban y venían, médicos apresurados, pacientes envueltos en batas que simulaban fantasmas errantes por el pasillo.

Hasta que la sombra apareció. Un celador delgado, calvo, con la cabeza gacha, cruzó el pasillo como un espectro y con el rostro escondido bajo una inclinación bien calculada.

—¡Bingo! —exclamó Carmen. Se inclinó hacia la pantalla con un brillo exultante en los ojos.

—¿Puedes acercar esa imagen? —pidió Daniel, con la voz tensa.

Damián manipuló los controles, pero la imagen seguía difusa, sin revelar ningún rasgo característico. El instinto le advirtió a Santiago que aquel hombre era más que un simple trabajador nocturno. Había visto suficientes rostros ocultos para saber que ninguno escondía buenas intenciones.

—¿A qué hora fue esto? —preguntó Santiago, sin apartar la vista del monitor.

—Pasadas las tres de la madrugada. Después, nada. No vuelve a aparecer.

La siguiente grabación mostraba la mañana posterior.

Dos enfermeras avanzaban hacia la habitación de Antonio Fajardo, dispuestas a cogerle la vía intravenosa con suero fisiológico.

Sus rostros eran visibles, pero la imagen se cortaba justo al llegar a la puerta, en el momento crucial.

Un maldito ángulo muerto. Santiago apretó los dientes: el sujeto se valió de esa argucia para resultar invisible.

—¿Y la puerta de emergencia? —inquirió Carmen.

—Otra zona ciega. Ese celador conocía bien cuál era el ángulo de visión de las cámaras —respondió Damián, negando con la cabeza, frustrado.

Salieron de la sala de control con la sensación de que habían visto solo la punta de un iceberg mucho más tenebroso. El mismo hospital, pero ahora todo parecía distinto.

Fuera de la sala, el frío del pasillo les devolvió a la cruda realidad.

Solo se permitieron un instante para recapacitar sobre lo que habían visualizado.

Santiago cruzó los brazos, pensativo. Las piezas del rompecabezas flotaban frente a él como datos encriptados que solo necesitaban la clave correcta para ser descifrados.

—El celador —dijo Carmen—. Pudo haber preparado la puerta de emergencia la noche anterior. Una cuña, un cartón. Algo que evitara que se cerrara por completo y que, al mismo tiempo, sirviera para que nadie se diera cuenta. Luego entró por la mañana, hizo lo que tenía que hacer y se fue.

Santiago asintió lentamente. Sabía que el silencio a veces era la mejor forma de encontrar respuestas.

Un asesinato en un hospital. Un plan sencillo, pero ejecutado con esmero.

No era la obra de un aficionado, sino la de un profesional, de alguien que conocía muy bien el lugar, con sus debilidades y sus ángulos muertos.

En su experiencia, eso era lo más peligroso de todo.

—Entró por la mañana, administró el potasio y salió sin dejar rastro. Frío y profesional —afirmó Santiago, mientras hacía un gesto con la mano derecha, como si presionara una jeringuilla.

—Un trabajo limpio, demasiado limpio —apuntó Daniel.

Sabían que estaban al borde de un caso mucho más grande. Una trama que se escondía en los detalles de un hospital que tenía demasiadas historias que contar.