La última princesa de Troya 14
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La planta noble del hospital tenía la solemnidad imperturbable de los lugares en los que las decisiones se entrelazan a diario con la vida y la muerte de los pacientes.

En el despacho del director gerente se respiraba una atmósfera espesa como si fuera un presagio.

Las paredes de tonos neutros, decoradas con diplomas enmarcados y algunas fotos que nada tenían que ver con ese espacio serio y académico, pues reflejaban instantes de la cultura underground , eran testigos mudos de las resoluciones que allí se tomaban.

El comisario Santiago Reyes abrió la puerta y entró con paso seguro.

Detrás de él, el inspector Daniel Santos y la subinspectora Carmen Pardo.

Daniel era un tipo alto, de complexión robusta, con el cabello corto y bien peinado, ojos oscuros, pequeños y atentos, que no se perdían ningún detalle.

Carmen, en cambio, era más menuda, con el cabello negro recortado en media melena que le caía hasta los hombros y tenía una mirada que era un mar azul, penetrante y serena.

Allí donde Daniel era fuerza bruta y determinación, ella era análisis y perspicacia.

Frente a ellos, sentados tras una imponente mesa de caoba, estaban el director gerente del hospital, el doctor Paredes, y el director médico, el doctor Pérez.

Paredes era un hombre corpulento, de rostro redondeado y una calva que brillaba bajo las luces del despacho.

Sus ojos de garza se movían inquietos. Pérez, más delgado, tenía el rostro anguloso y ojeras profundas que le conferían un aire cansado.

Las gafas rectangulares se le deslizaban continuamente por el puente huesudo de su nariz, y las manos, nerviosas, jugueteaban con un bolígrafo que giraba entre sus dedos.

—Comencemos —anunció Santiago, con voz grave.

Tras presentar a sus compañeros, su mirada se clavó en los dos directivos como un bisturí dispuesto a cortar carne—.

La familia de Antonio Fajardo ha puesto una denuncia en el juzgado de guardia.

Nuestra unidad es la encargada de esta investigación porque, digámoslo de una manera sutil, ellos tienen sospechas —el comisario, acostumbrado a hurgar en los silencios más que en las frases, dejó en suspense su explicación.

—Queremos respuestas para esta muerte tan absurda —profirió Daniel Santos con atrevimiento.

Paredes tragó saliva. Pérez se ajustó las gafas y evitó mirar directamente a los agentes.

—Antonio Fajardo ingresó para una intervención de poca monta —intervino Carmen, con su voz calmada pero incisiva—. ¿Qué tratamiento tenía prescrito?

—Solo suero fisiológico —respondió Paredes.

—¿Ningún medicamento adicional? —insistió Santos.

—No —respondió Pérez, sin levantar la vista.

Santiago dejó caer sobre la mesa una carpeta con el informe preliminar de la autopsia. La deslizó unos centímetros, giró sobre sí misma y se detuvo justo frente a los dos directivos.

—La autopsia revela una sobredosis de potasio —enfatizó Santiago Reyes y apuntó con su dedo índice al informe—. Eso fue lo que produjo la parada cardíaca de Fajardo. Explíquenme, ¿cómo demonios llegó ese potasio a su cuerpo?

Un silencio opresivo se apoderó de la sala. Paredes y Pérez intercambiaron una mirada fugaz cargada de incertidumbre. Pérez se decidió a hablar primero, casi en un susurro:

—No lo sabemos. Podría haber sido un error.

—Un error que no está registrado en la historia clínica —interrumpió Santos, con su tono helado—. Todo lo que se administra debe anotarse, ¿no es así? —inquirió, desabrido.

—Sí, claro —murmuró Paredes, sin atreverse a mirar a Daniel Santos—. Es obligatorio.

Santiago se inclinó hacia adelante y apoyó las manos sobre la mesa. Sus ojos, fríos y calculadores, atravesaron a los directivos.

—¿Creen que podría tratarse de un asesinato?

La pregunta de Santiago quedó suspendida en el aire con el peso de una sentencia. El doctor Paredes abrió la boca, pero no salió ningún sonido de ella. Al doctor Pérez, que tenía los dedos temblorosos, se le cayó el bolígrafo al suelo.

—Nunca ha ocurrido algo así en este hospital —balbuceó Paredes, finalmente.

—No sabemos… —comenzó a exponer Pérez, pero detuvo su contestación, pensativo.

—Pues más les vale averiguarlo —advirtió Santiago, con un tono de voz ronco, que parecía salido de una caverna de hielo—. Vamos a revisar las cámaras de seguridad. Después, interrogaremos a todo el personal de la planta de traumatología. Asegúrense de que estén disponibles.

Paredes y Pérez asintieron, visiblemente aliviados de que la tormenta pasara por el momento.

Tras la salida de los tres policías del despacho, el pasillo se volvió más largo y más vacío que nunca, convertido en un túnel donde cada sombra podía ocultar un secreto.

Carmen fue la primera en romper el silencio y su voz dejaba entrever frustración y determinación:

—Ocultan algo. Tal vez no saben qué pasó, pero tienen miedo de descubrirlo.

—Colaboran. Pero están demasiado nerviosos —comentó Daniel Santos.

—Están asustados. No saben lo que pasó. Temen lo que pueda salir a la luz y que les pueda salpicar —apuntó Santiago—. Sea lo que sea, lo descubriremos. Cueste lo que cueste.

Santiago cerró el puño y lo apretó con fuerza, hasta casi clavarse las uñas en la mano.

Estaba furioso por la muerte de su amigo.

Y con la sospecha de otra ocurrida en el mismo hospital, que aún desconocían el inspector y la subinspectora. La información solo la conocía él, proporcionada por la intuición de su hija.

La de Rafael Moya, que también era amigo suyo.