13
Eloy Campos conducía su coche, un Audi negro, con el instinto de un lobo solitario acostumbrado a moverse en la clandestinidad.
Las carreteras sinuosas de la sierra de Madrid se extendían ante él igual que un laberinto antiguo, donde cada curva escondía una sorpresa.
El agente secreto y capitán de los Mirmidones en España llevaba años enfrentándose a enemigos invisibles, pero aquella misión tenía un matiz diferente que lo hacía hervir por dentro.
Luis Conde no admitía fallos y menos ahora que la lista de los descendientes estaba en sus manos. Todo tenía que salir perfecto.
El trayecto hacia Rascafría era una travesía entre el resplandor y las tinieblas otoñales, donde los árboles comenzaban a despojarse de su riqueza estival. El viento arrastraba las hojas secas y amarillentas de chopos y álamos que parecían un ejército de duendes, inmóviles bajo el cielo.
Eloy ajustó el retrovisor y mientras sus ojos examinaban la carretera, no pudo evitar refunfuñar en voz baja.
La sierra madrileña tenía su belleza, pero a él no le importaban las estampas bucólicas.
Lo suyo eran las calles de asfalto y los despachos oscuros, y Rascafría quedaba demasiado lejos del ruido de la ciudad, demasiado aislado también.
Sin embargo, quizás era eso lo que Esteban buscaba; y, en cierta forma, Eloy también podía entender el atractivo de ese exilio voluntario.
—Esteban y sus caprichos. ¡Maldito hacker de pueblo! —rezongó en voz alta y apretó la mandíbula mientras los fresnos amarilleaban a su paso, casi burlándose de su humor.
La vieja casona de Esteban, situada en las afueras del pueblo, se alzó frente a él. Una construcción tan vieja que parecía más una fortaleza que un hogar, con muros de piedra gruesa, ventanas pequeñas y una puerta de madera que había sido testigo de demasiados inviernos.
Esteban abrió la puerta al ver a Eloy aparcar junto a la casa.
Era alto y delgado, con la barba descuidada y el gesto tan sereno que resultaba inquietante.
Vestía de manera informal con una sudadera gris y vaqueros desgastados.
Llamaba la atención su sonrisa enigmática, siempre a medio camino entre lo que mostraba y lo que ocultaba, y también había en su mirada una expresión que delataba una mente en constante actividad.
—Siempre te gustaron los escondites, ¡eh bribón!
—¿Te ha costado llegar?
—No.
—Entonces, bienvenido a mi paraíso.
—Sigo sin entender qué demonios haces tan lejos de Madrid. Podrías tener tu empresa en un polígono industrial, como todo el mundo, o en un edificio de la ciudad.
Esteban lo invitó a entrar en la casa y lo condujo a través de unas escaleras que descendían hasta el sótano de la vivienda.
Allí pudo observar un contraste provocador entre tradición y tecnología.
Las vigas de madera oscura y los muros de piedra, que guardaban secretos, protegían un arsenal de pantallas de última generación y superordenadores que parpadeaban una luz azulada.
Un corazón que latía en las entrañas de la montaña.
—Aquí tienes la respuesta.
—Ya veo.
—No hay secretos. Se trata de puro ahorro económico y ecológico.
Todos estos aparatos consumen una barbaridad de electricidad.
Necesitan refrigeración constante, más bien fría.
Aquí la tengo gratis, sin aire acondicionado y durante casi todo el año.
La sierra hace el trabajo. Además, aquí nadie molesta.
Madrid es una jungla y yo prefiero la calma.
Esteban era hacker informático. Un encargo de una gran empresa española para resolver un problema de ciberseguridad le abrió los ojos.
Supo ver la oportunidad y fundó su propia empresa, que hoy trabajaba para algunas de las mayores compañías del país.
Contaba con numerosos empleados: algunos teletrabajaban para él y otros que vivían en Rascafría.
A pesar de todo, con apenas treinta años, ejercía de hacker cada vez que el cuerpo se lo pedía con un deseo irrefrenable.
—Bien pensado. Buena estrategia empresarial. ¡No eres tonto, no! —masculló Eloy, directo y al bulto, mientras echaba un vistazo a las pantallas, donde líneas de código y mapas de conexiones se sucedían igual que estrellas en una noche digital.
Subieron al salón de la casa, que olía a madera antigua, y se sentaron cada uno en un sofá, separados por una mesa de roble envejecido.
—¿Vienes a hacer turismo rural o a trabajar? —sondeó Esteban, con ese tono de ironía que siempre lo ponía al borde de la tensión.
—Tenemos trabajo.
—Entonces, no perdamos más el tiempo
Eloy sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa. Esteban lo abrió con cuidado y sacó la hoja de papel en la que observó una lista de nombres. Sus ojos recorrieron cada línea con la precisión de alguien acostumbrado a leer renglones invisibles.
—¿Es lo que imagino?
—Eso creemos. Es la lista que encontró Renato en un monasterio, escrita en un pergamino.
—¿Nombres de descendientes de los troyanos?
—En efecto. Luis Conde confía en ti. Cree que puedes hacer magia con esa lista. Me ha encargado que te la entregue para que traces un árbol genealógico de cada una de esas personas. Desde la Edad Media hasta ahora —apuntó Eloy con un tono de voz áspero, que sonó a orden de Luis más que a petición.
—¡Vaya tela!
—¿Estás capacitado para llevar a cabo la misión? —preguntó, con la intención de ponerlo a prueba.
—Difícil, pero no imposible —murmuró. Se inclinó hacia delante, analizó la lista y evaluó las posibilidades.
Eloy lo observó en silencio. Había trabajado con muchos hombres en su vida, pero los hackers siempre le resultaban impredecibles. Demasiada inteligencia, demasiada libertad. Y, sin embargo, no podía permitirse dudar.
—¿Cómo lo harás? —indagó Eloy. Sabía que Esteban podía hacer magia con la informática. Y la misión, ahora de nuevo en punto muerto, necesitaba de su sapiencia y buen hacer.
—Lo intentaré con la inteligencia artificial y el big data , porque son las opciones más rápidas y probablemente las únicas —respondió sin levantar la vista—.
Cruzaré estos nombres con archivos históricos y bases de datos actuales.
La inteligencia artificial buscará patrones familiares, coincidencias genéticas, todo lo que pueda rastrear.
Será como buscar una aguja en un pajar, pero si hay una pauta lógica del linaje de esas personas, lo encontraré.
—¿Cuánto tiempo?
—Dame una semana —Esteban levantó la vista, altivo y desafiante—. Tendrás lo que necesitas para la asamblea.
Eloy no dijo nada. Se levantó y caminó hacia la puerta. Esteban lo siguió en silencio. Afuera, el viento soplaba con más intensidad. Perfumaba el lugar con un aroma a hojas fermentadas.
—Confías poco en mí, ¿verdad? —insinuó Esteban, con esa sonrisa torcida que tanto irritaba a Eloy.
—Confío en los resultados, solo en los resultados —replicó Eloy, sin apartar los ojos de él—. Nos vemos en la asamblea.
Eloy bajó los escalones de piedra de la entrada de la casa y la tierra seca crujió bajo sus zapatos al avanzar hacia su coche.
Subió, arrancó y dejó atrás la casa, el zumbido de los ordenadores y el susurro del viento entre los árboles.
Conducía de regreso mientras la sierra lo observaba, cómplice de un secreto que todavía permanecía oculto.
Esteban contempló la naturaleza salvaje que lo rodeaba: álamos de corteza blanca, fresnos retorcidos y acebos preñados de bayas, todos vestidos con los tonos del otoño. La sensación de que algo muy importante estaba a punto de suceder no lo abandonaba.
Su pueblo confiaba en él.
Y él no iba a fracasar.