La última princesa de Troya 12
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Lucía dejó caer el fonendo sobre sus hombros y se pasó una mano por la frente.

La jornada avanzaba sin tregua, con un desfile de pacientes que se le antojaba más caótico que de costumbre.

Las mañanas allí solían estar cargadas de rutina, de vida y muerte en su danza diaria.

Ese era el medicamento que la estimulaba para mantenerse activa y centrada.

Caminaba por el pasillo concentrada en los casos de ese día hasta que, al acercarse al control de enfermería, percibió algo extraño y se detuvo de golpe.

Las puertas de cristal estaban entreabiertas. A través de ellas vio a varias enfermeras y médicos que hablaban en voz baja. Sus gestos eran tensos. Discutían o criticaban un asunto más serio que un simple caso clínico.

Se acercó con pasos ligeros y al cruzar el umbral la conversación se desvaneció, provocando un silencio incómodo. La mirada de todos se dirigió hacia ella, pero nadie dijo nada. Lucía lo notó.

—¿Qué pasa?

Nadie respondió al principio. Se miraban entre ellos, a la espera de que alguien cargara con la responsabilidad de contar lo inevitable.

Clara, la supervisora de enfermería, fue la primera en hablar. Tenía el rostro pálido y los ojos turbados. Apretó los labios. Finalmente, cedió a la importancia de la noticia.

—¿No te has enterado aún?

—No. ¿De qué me tengo que enterar?

—Esta mañana ha muerto un paciente —respondió, casi sin mirarla.

—Bueno, eso no es nada importante para ir con secretismos. En este hospital, al igual que en todos, mueren pacientes todos los días.

—En este caso sí que es importante. Se trata de un pez gordo de la región, Rafael Moya.

Lucía sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Rafael Moya. El nombre le sonaba familiar. Un empresario importante, uno de esos que rara vez pasan desapercibidos.

—¿Qué ha pasado exactamente?

—Murió en Pruebas Funcionales. Le iban a realizar una colonoscopia —reveló Clara.

—¿En la sala de colonoscopias? —preguntó sorprendida Lucía, aún sin poder creerlo.

—Eso dicen —intervino Roberto, uno de los médicos de la camarilla del jefe—. Nadie lo entiende. Es una locura. Nadie sabe cómo ha sucedido. El paciente estaba en perfectas condiciones según todos los informes.

—En este hospital nunca ha muerto un paciente en una colonoscopia —afirmó otro de los médicos reunido en aquel corrillo.

El murmullo aumentó entre el personal y Lucía podía oír fragmentos de conversaciones entrecruzadas: Nunca ha pasado eso aquí… ; la doctora Ruiz está destrozada… ; esto no tiene sentido…

—¿Qué pasa con la doctora Ruiz? —preguntó Lucía al escuchar su nombre en boca de un residente.

—Dicen que la doctora Ruiz está destrozada —intervino otro de los médicos—. No deja de decir que todo iba bien, que no había indicios de complicación alguna. Pero ya sabes lo que dicen. Todo esto es muy raro.

—¿Y quién estaba con ella? —inquirió Lucía.

—El anestesista, el doctor Gálvez —respondió Roberto, con un gesto de desdén—. Nadie ha dicho nada sobre él aún. Es extraño.

—¿Nadie ha visto nada raro? —Lucía insistió, terca, casi autoritaria.

—Nadie —reconoció Clara, visiblemente frustrada—. Y eso es lo que tiene a todo el hospital tan inquieto. Porque algo no cuadra. Y tú lo sabes, Lucía.

—Ya. ¡Claro!

—Esto va a ser un problema —susurró Clara—. La dirección no tardará en intervenir. ¡Y los rumores ya sabes cómo se propagan!

—¿Qué dice la dirección? —quiso saber Lucía, aunque sabía la respuesta antes de oírla.

—Callan —entonó Clara, que miraba de reojo a sus compañeros—. Pero esto ya circula por todo el hospital. Es la comidilla.

—Tengo que irme —concluyó Lucía, casi sin darse cuenta.

—¿A dónde vas? —preguntó Clara.

Lucía no respondió.

Se giró y echó a andar. Pensaba en Rafael Moya y en las sombras que empezaban a deslizarse entre las paredes del hospital.

Mientras se alejaba, sentía las miradas clavadas en su espalda. Sabía que la tensión iba a crecer, que las preguntas se multiplicarían, y en ese hospital, donde todo estaba bajo control, lo desconocido podía ser más peligroso que cualquier diagnóstico.

Lucía avanzaba por los pasillos con la mente dominada por una inquietud creciente.

A esa hora, el hospital tenía un ritmo propio, lejos del frenesí de primera hora de la mañana, marcado por la calma de los pacientes que disfrutaban de su comida.

No obstante, ella pudo comprobar que ya era un hervidero la noticia y que corría como la pólvora.

Al llegar a la planta de Digestivo, Lucía se detuvo frente al control médico.

Intentó apartar la maraña de pensamientos que le hervían en la cabeza, empujó la puerta con suavidad y entró.

La sala era funcional y tenía ese aire de provisionalidad que caracteriza a los espacios donde lo importante nunca es la comodidad.

Una gran mesa rectangular ocupaba el centro.

Estaba llena de informes y un par de ordenadores portátiles abandonados a toda prisa.

En una esquina, una pizarra blanca mostraba anotaciones clínicas, nombres de pacientes, planes de tratamiento y algoritmos escritos con una caligrafía apresurada, como si de esa manera se pudiera mantener a raya el caos de la enfermedad.

La luz de la ventana, filtrada por una persiana mal ajustada, dibujaba franjas irregulares sobre las paredes de color blanco y azul claro; creaba un juego de sombras que hacía que todo pareciera más deteriorado.

La doctora Isabel Ruíz estaba sentada junto a un monitor. Mantenía la mirada fija en un informe que parecía no ver. El peso del abatimiento se reflejaba en sus hombros caídos y la expresión de su frente, marcada por la tensión.

Lucía se acercó con el paso sereno de quien no quiere irrumpir en un espacio vedado.

—Isabel —dijo en voz baja.

—Lucía —su voz era apenas un hilo.

Lucía se sentó al lado de ella. Podía sentir el fastidio invisible que aplastaba a su amiga.

La digestóloga levantó la cabeza lentamente.

Su cara era la de alguien que ha presenciado lo inexplicable.

Alguien que carga con la duda y el miedo a partes iguales.

Esa doctora, su amiga desde los años de facultad, la que había compartido con ella días de estudio y madrugadas de fiesta, parecía ahora una versión frágil de sí misma.

—¿Qué pasó esta mañana, Isabel?

—No tengo ni idea, Lucía —respondió Isabel, mientras se pasaba una mano por el cabello negro, como si tratara de ahuyentar un mal sueño.

—Cuéntamelo todo. Desde el principio —pidió, con una calma forzada. Tenía la impresión de que Isabel necesitaba hablar y sacar todo el veneno que llevaba dentro.

Isabel suspiró y empezó a hablar. Intentó medir cada palabra, en busca de una lógica que hasta entonces se le había escapado.

—Rafael Moya llegó puntual, tranquilo. Lo preparamos para la colonoscopia.

Gálvez comenzó a administrar el propofol —se detuvo, sin poder creer lo que narraba—.

Al principio todo iba normal. Pero de repente, la frecuencia cardíaca empezó a disminuir.

El doctor Gálvez pensó que no era nada alarmante, sino que sería un efecto secundario leve del propofol.

Ya sabes cómo es ese fármaco. Terminó de administrarle el propofol y la frecuencia siguió cayendo.

La bradicardia aumentó rápidamente, la tensión arterial se desplomó y entonces...

—su voz se quebró—, entró en parada cardíaca y todo se fue al infierno.

Intentamos reanimarlo, pero no lo conseguimos.

Lucía escuchaba con los dedos entrelazados sobre la mesa. Trataba de leer entre líneas.

Dos muertes en tan poco tiempo.

Dos paradas cardíacas.

La coincidencia era demasiado afilada como para no recelar.

—¿Y la autopsia? —preguntó Lucía, con un tono de voz empático—. ¿La habéis solicitado?

—No depende de mí, ya lo sabes. Gálvez debe solicitarla.

—Dile que lo haga. Esto no es normal, Isabel. Dos muertes, dos paradas cardíacas... —dejó la frase a medio camino, sin atreverse a decir lo que barruntaba.

Isabel tomó su teléfono, marcó un número y habló con Gálvez. La conversación fue corta, tensa. Al colgar, su expresión se mantuvo sombría.

—Me ha confirmado que la familia de Rafael ya ha pedido la autopsia.

Lucía asintió. Su mente trabajaba a toda velocidad. Conectaba hilos invisibles entre la muerte de Antonio Fajardo y la de Rafael Moya. Dos figuras importantes de Murcia que, aparentemente, habían tenido una muerte natural, aunque fuera dentro de un hospital.

Dos desenlaces imprevistos y con una probabilidad pírrica.

—Esto no puede ser una casualidad —dijo en voz baja, y apretó el brazo de Isabel con su mano.

El control médico, con sus estanterías casi vacías, porque las historias clínicas en papel habían pasado a mejor vida, se convirtió en una especie de escenario donde cada detalle conspiraba para ocultar lo esencial.

Las sombras de las persianas dibujaban líneas sobre las paredes, como si el tiempo escribiera un mensaje que aún no lograban descifrar.

—¿Qué crees que está pasando? —preguntó Isabel, con voz temblorosa que marcaba su nerviosismo.

—No lo sé.

Lucía se levantó y fijó la mirada en la ventana donde la luz del mediodía caía sobre la ciudad.

Había una verdad oscura. Lo presentía.

Y no pensaba detenerse hasta encontrarla.

Lucía salió de la sala, buscó el teléfono en el bolsillo de su bata y le envió un WhatsApp a su padre: “ llámame cuando puedas ”.