11
Eloy Campos contemplaba el horizonte desde un punto elevado en las afueras de Madrid.
El cielo, limpio y azul de media mañana, resplandecía sobre las cinco torres que se alzaban altivas, lanzando destellos de cristal y acero sobre la urbe.
Desde su posición, las torres eran dagas clavadas en el corazón financiero de la ciudad, como centinelas que permitían recordar que el tiempo, pese a todo, avanzaba indiferente.
El viento soplaba seco. Arrastraba el eco lejano de los coches que se apresuraban hacia el núcleo urbano.
Había una calma engañosa en aquel lugar que contrastaba con la inquietud por la llamada que Eloy estaba a punto de realizar.
Marcó el número de su contacto en el teléfono encriptado. Un aparato pequeño de color negro, discreto, que los mantenía a salvo de oídos curiosos. La llamada cruzaría el mar y atravesaría muros de piedra milenaria. Tras unos tonos, surgió la voz de Luis Conde, profunda y serena.
—¡Eloy! —saludó Luis, desde una sala que parecía hechizada, en la que las palabras reverberaban como si se pronunciaran desde lo más profundo de una cripta—. No esperaba tu llamada tan pronto.
—Tengo buenas noticias —entonó Eloy mientras escaneaba el entorno. No le gustaba dejar cabos sueltos, ni siquiera en un lugar tan aislado.
—Adelante —apremió Luis Conde, profesor en La Sorbona de Lenguas Muertas. Trabajaba en esos momentos en los Archivos Apostólicos Vaticanos, traduciendo un códice antiquísimo escrito en arameo, y que transcribía a un ordenador portátil.
—¡Mi señor! El Flaco ha completado la misión. El segundo descendiente de los troyanos ha caído.
—Me congratula recibir las mejores noticias —afirmó Luis, con la voz sibilante al otro lado de la línea telefónica y la calma que le caracterizaba.
Luis Conde tenía el porte de quien había nacido para ocupar la silla más elevada de su pueblo.
Alto, pero sin ser imponente, llevaba los años con la ligereza de un ave que vuela con prudencia.
Su cabello, ralo y canoso, acentuaba la expresión de su mirada, en perpetua desconfianza.
La piel pálida de su cuerpo delataba una vida transcurrida bajo la luz artificial, lejos del calor de cualquier hogar.
—El Flaco es infalible, nunca falla. Para este tipo de trabajo es nuestro mejor compañero —añadió Eloy, con un júbilo de satisfacción que resonó en el altozano.
—No esperaba menos de él —zanjó, severo, alzando la vista del manuscrito, en un gesto que nadie notaría allí.
—¿Quiere saber cómo lo ha hecho en esta ocasión?
—No estaría de más.
—El Flaco se infiltró en la sala de Pruebas Funcionales. Le administró a Rafael una inyección de lidocaína antes de que le realizaran una colonoscopia. Después, todo fue coser y cantar. Una muerte rápida que no va a dejar huella. Pensarán en una muerte natural o secundaria a la sedación.
—Tenemos que ser prudentes y no dejar cabos sueltos. El Flaco es eficaz. Felicítalo de mi parte —apuntó Luis, con una mueca de satisfacción y odio en su sonrisa cínica.
El eco de las palabras flotó unos segundos en el aire del Vaticano.
Luis deslizó sus dedos sobre la cubierta del códice y parpadeó.
La voz de Eloy lo envolvió en imágenes que ni el tiempo ni la distancia podían borrar.
Su conciencia viajaba siglos atrás, a la última vez en que los Mirmidones habían ejecutado a un descendiente de Troya.
Lo sentía como una deuda vieja, un juramento de venganza sellado con sangre que, con muchos siglos de retraso, por fin se cumplía.
Luis Conde trabajaba en una mesa de madera noble, maciza, cuyas vetas parecían dibujar ríos milenarios en la penumbra de una sala de estudio del Archivo Vaticano.
Las lámparas que iluminaban tenuemente su entorno apenas lograban disipar la sensación de que el pasado respiraba en aquel laberinto de historia oculta: estanterías que ascendían hasta el techo, vitrinas que contenían manuscritos secretos tan antiguos que podrían derrumbar imperios y pergaminos que susurraban historias que pocos se atreverían a escuchar.
—Lo haré. No le quepa duda.
—No obstante, el éxito de la misión te corresponde a ti. Mi más emocionada felicitación y un abrazo enorme, que espero darte la próxima semana durante la asamblea con todos nuestros guerreros. Allí insuflaré, un año más, el coraje suficiente para ejecutar nuestra venganza.
—No la merezco. Yo solo soy un guerrero del pueblo de los Mirmidones que ha jurado cumplir el desagravio por la muerte de nuestro rey.
En el terreno del espionaje no existen las casualidades, sino el trabajo duro, riguroso y perseverante.
Semanas atrás, una llamada telefónica puso en alerta a Eloy. Dos palabras clave hicieron saltar las alarmas. El programa informático de espionaje telefónico había dado en el clavo.
“ Nuestro pueblo ” fueron las palabras clave que provocaron la investigación de esa llamada al completo.
Rafael Moya llamó a Antonio Fajardo para interesarse por su operación de juanete y darle ánimos.
Igualmente, con sorna, Antonio le atizó con palabras sutiles para que aguantara con estoicismo la próxima colonoscopia a la que iba a ser sometido.
Una llamada sin fuste alguno para un espía.
Más adelante, cambiaron de tema de conversación.
Rafael le contó a Antonio que la noche anterior había visto la película emitida en una cadena de televisión.
Y Antonio Fajardo respondió: “ como bien sabes, esa película no muestra cuál fue el destino de nuestro pueblo” .
Y ambos estallaron en una carcajada atronadora.
Nuestro pueblo era la clave que podría resolver el enigma de la desaparición de la faz de la tierra de los descendientes de los troyanos.
Hacía muchos siglos que no tenían noticia alguna de ellos. Pero tenían la seguridad de que existían como ellos, los Mirmidones.
Escondidos tras el disimulado disfraz de cualquier persona común.
Sin embargo, ahora contaban con los medios tecnológicos más desarrollados para bucear con sigilo entre la población de cualquier país y del mundo entero.
Eloy buscó la programación de la noche anterior en todas las cadenas de televisión. Encontró la película Troya en una de ellas y cantó bingo.
La luz roja de alerta se encendió. Sometieron a un estudio genealógico a los dos supuestos miembros de descendientes de los troyanos y concluyeron que habían acertado en el centro de la diana.
Antonio y Rafael estaban fuera de la ecuación. Ahora irían a por toda su familia.
—¿Algo más Eloy? —inquirió Luis.
—Sí. Habrá que felicitar también a Renato —insinuó Eloy, con un halo de misterio que acompañaba su comentario.
—¿Por?
—Renato ha descubierto un pergamino antiguo con nombres en un viejo monasterio. Está seguro de que se trata de los auténticos descendientes. Me ha dado una lista con todos ellos y los registros que corroboran cada linaje.
—¡El ratón de biblioteca! —exclamó Luis. El título despectivo con el que algunos identificaban a Renato era casi un término de afecto en boca del líder—. Parece que su dedicación al estudio de libros antiguos ha dado su fruto.
—¡Sí, Renato!
Luis exhaló lentamente, como si estuviera saboreando un vino de Borgoña envejecido y cuidado con manos artesanales durante décadas.
Aunque, después, cambió la expresión de su rostro, como si olfateara el aroma de un buqué avinagrado, porque la labor secreta de Luis Conde en su trabajo para el Vaticano era intentar descubrir el paradero de los descendientes de Troya.
Y, en el intento, Renato se le había adelantado.
—Entonces el juego ha cambiado. Nuestra cacería se tiene que volver más certera. Lo que has dicho podría marcar el principio del fin, Eloy. Debemos acabar con cada uno de ellos.
Luis observó las sombras groseras sobre las estanterías repletas de códices y notó cómo el Archivo Vaticano lo envolvía con su carga de siglos, con un aire viciado que contenía secretos olvidados.
En la distancia, Eloy, atento, deslizó una mirada expectante a su alrededor. Madrid parecía una bestia adormecida que respiraba humo y resplandor lejano.
—Mi señor, necesitamos precisión. Debemos asegurar cada movimiento.
—¡Lo sé, Eloy, lo sé! Ponte en contacto con Esteban.
Lo necesitamos —Luis se detuvo para asegurarse de que Eloy captaba la importancia—.
El hacker es una pieza clave. Necesitamos que utilice la inteligencia artificial para crear un árbol genealógico de los troyanos actuales.
Quiero cada ramificación, cada hoja, desde sus raíces hasta las yemas que florecen hoy en día.
Necesitamos sus nombres, sus rostros, sus vidas.
Todo lo que nos permita dar el golpe final.
—Lo haré. Pero debemos ser cuidadosos. La organización de Los Ojos del Cielo podría descubrir nuestros movimientos. Ya han demostrado ser más astutos de lo que imaginamos —advirtió con un tono acerado.
Luis soltó una risa breve, seca, que resonó en las paredes de piedra. Miró hacia la entrada de la sala, donde un guardia suizo, ajeno a las intrigas que tejía el español, caminaba con su paso marcial.
—Astucia, Eloy. Precisamente por eso existimos. Los Mirmidones seremos eternos.
—¿Y después?
—Harás lo que sea necesario. No olvides quiénes somos, Eloy. Ni lo que está en juego. Nuestro destino siempre ha estado ligado a la promesa de cumplir lo que empezó en Troya.
—Nunca lo olvidaré. Somos Mirmidones, mi señor. Siempre lo hemos sido.
—Termina esta fase y cuando tengas la información, ya sabes cómo contactarme. Házmela saber en el menor tiempo posible —ordenó, implacable, con un tono de voz desbordante de emoción.
La llamada se cortó. Eloy guardó el teléfono y dejó que el viento acariciara su rostro. En el fondo, bajo la grandilocuencia de sus planes, todos ellos no eran más que piezas de un tablero antiguo de ajedrez, en el que cada movimiento contaba en la partida.
En el Archivo Vaticano, Luis Conde continuó traduciendo.
Delante de él, el códice, cuyo cuero estaba agrietado como una piel marchita, descansaba en un atril de madera oscura.
La tinta se desvanecía en las páginas y, cada vez que pasaba una hoja, lo hacía con el respeto de quien sabe que un solo movimiento, aunque fuera mínimo, de las yemas de sus dedos enguantados, podría borrar para siempre la historia que custodiaban esas letras.
Las palabras arcaicas se transformaron en una especie de letanía, un aviso de que el odio y la venganza nunca envejecían.
Su mente ya estaba más allá, inmersa en los planes futuros.
No era el fin, solo otro peldaño en la escalera de la venganza.