La última princesa de Troya 10
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La sala de Pruebas Funcionales vibraba con el ruido de las máquinas, el zumbido constante de los monitores y un olor característico, ligeramente químico, diferente a otras zonas del hospital.

Rafael Moya, dueño y director ejecutivo de MoyaLogistic, la empresa de transporte de mercancías por carretera más importante de Murcia, con una facturación de varios miles de millones de euros al año, no estaba preocupado.

Pasó por allí otras veces, para otras revisiones, desde aquella primera vez tras sufrir una leve hemorragia rectal.

La colonoscopia era rutinaria, una formalidad médica para alguien que, por lo general, estaba bien de salud.

El único inconveniente, perder un par de horas de su preciado tiempo.

Sin embargo, en esta ocasión era diferente.

Una sensación en el entorno lo ponía nervioso, aunque no lo admitiera ni para sí mismo.

Lo sentía en la manera en que los médicos, las enfermeras, las auxiliares y los celadores se movían, rápidos, con la impresión de que querían terminar su trabajo cuanto antes.

—Relájese, señor Moya —la enfermera acopló el suero en la vía y le lanzó una sonrisa profesional, antes de hacerle un gesto para que se acomodara en la camilla.

Moya la miró de reojo mientras lo ayudaba a acostarse boca arriba.

La persona que entró después no se presentó, ni se detuvo a explicarle nada. Su rostro, cubierto por una mascarilla, no delataba emoción alguna. Una simple presencia de un doctor flaco, una pieza más en el engranaje que formaba parte de la maquinaria de esa planta del hospital.

Rafael no le dio importancia, porque sus ojos no mostraban nada.

—¿Va todo bien? —preguntó con una voz melosa.

—Sí, supongo —respondió Rafael, sin prestar atención, porque sus pensamientos estaban a kilómetros de allí, en reuniones pendientes y rutas de transporte.

Un pinchazo sutil, sin dolor, y el líquido de la jeringuilla comenzó a deslizarse por la vía intravenosa. La aguja entró y salió con la fluidez de quien lo ha hecho en otras ocasiones. Rafael no sintió nada.

El doctor retrocedió, volvió al ajetreo del pasillo y desapareció antes de que alguien notara su intervención.

Otro medicamento más que le inyectaban en aquellas pérdidas de tiempo a las que tenía que acudir al hospital periódicamente, pensó Rafael, distraído.

Después fue trasladado por un celador al quirofanillo en el que le iban a realizar la prueba.

Allí el ambiente era frío, igual que en las ocasiones anteriores.

La digestóloga, la doctora Ruiz, con el pelo recogido en un gorrillo y la mascarilla puesta, revisaba las imágenes de las colonoscopias previas del paciente.

El anestesista, el doctor Gálvez, un hombre robusto y meticuloso, se aseguró de que todo estuviera en orden antes de comenzar a administrar el propofol.

—Vamos a empezar, señor Moya —anunció Gálvez, aunque Moya ya no le escuchaba. El propofol viajaba ya por el torrente sanguíneo.

El efecto fue inmediato. Los párpados de Rafael Moya cayeron en un sopor profundo, como si el sueño lo acunara de golpe.

Todo parecía rutinario hasta que la enfermera, Marta, que no dejaba de monitorear las constantes vitales, mostró un gesto de inquietud.

—Doctor, la frecuencia cardíaca está bajando.

—Un efecto secundario del propofol. Nada de qué preocuparse —sugirió el doctor Gálvez.

—Sigue disminuyendo —advirtió la enfermera, con discreción, pero sus ojos reflejaban alerta.

Gálvez se volvió hacia el monitor. El número verde, que representaba los latidos del corazón por minuto, comenzaba a caer igual que las hojas en otoño.

—¿Y la presión arterial?

—En descenso —respondió Marta, tragando saliva. Ahora ya preocupada.

—Espera —murmuró Gálvez, al observar cómo la tensión arterial caía y la piel de Rafael comenzaba a palidecer. Inyectó la última gota de propofol, pero sabía que algo iba terriblemente mal. Demasiado rápido.

La digestóloga Ruiz se acercó.

—¿Qué pasa?

—No debería suceder esto —contestó Gálvez, alarmado. Se inclinó sobre Moya que yacía inmóvil y el monitor comenzó a emitir un sonido agudo y frío. Anunciaba lo que los ojos de los tres sanitarios se negaban a aceptar.

—¡Parada cardíaca! Comenzamos reanimación —la orden del anestesista sonó como un alarido desesperado.

Marta comenzó a presionar el pecho del paciente y la doctora Ruiz se encaminó precipitada a por el carro de paradas.

—¡Cargando! —la voz del anestesista salió atropellada mientras intentaba un último esfuerzo por salvar lo que ya parecía irremediable.

El anestesista conectó las palas del desfibrilador, las colocó sobre el pecho de Rafael Moya y el golpe eléctrico atravesó su cuerpo, resonando en el quirofanillo, pero el monitor emitió un pitido constante, monótono, mortal, y dibujó una línea plana en el electrocardiograma que era cruel en su simplicidad.

—¡Vamos, Rafael! —gritó la digestóloga, que ni tan siquiera se dio cuenta de que lo llamaba por su nombre. Sin embargo, el empresario ya no era solo un hombre bajo su cuidado, sino un recuerdo, una tragedia para la que no estaba preparada.

Un caos ordenado se desató en el quirofanillo. El protocolo de la reanimación continuó con las inyecciones de adrenalina, las descargas eléctricas, los masajes cardíacos y cada segundo se convirtió en una eternidad agobiante.

Pero el monitor, con su silencio cruel, no les hizo caso y no volvió a responder.

Y la vida de Rafael Moya, ese hombre que unos minutos antes era dueño de su mundo, que soñaba con nuevas rutas por las que circularían sus camiones, se les escapó de las manos, apagada como una vela por un viento invisible de otoño.

Al terminar las maniobras de reanimación, Gálvez dejó caer las manos. Estaba empapado en sudor y respiraba con dificultad.

La doctora Ruiz se llevó una mano al rostro, incapaz de hablar. Sus ojos, llenos de preguntas, se encontraron con los del anestesista.

—¿Qué demonios ha pasado aquí?

Solo respondió el silencio, porque en aquel quirofanillo había ocurrido un suceso que no tenía lógica.

Algo había salido mal.

Muy mal.

Puesto que una prueba banal, de rutina, se había convertido en una pesadilla.

El doctor, ya sin su disfraz, caminaba por el pasillo principal del hospital que conducía hacia la salida.

Su rostro era tan anodino que nadie reparó en él, ni lo miraron dos veces.

En sus bolsillos llevaba los guantes de color azul que había usado.

En su mente, el pensamiento de la misión cumplida.