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Los asistentes al velatorio giraban sus cabezas y abrían paso a una figura vestida de luto riguroso que avanzaba con la dignidad quebrada de quien lo ha perdido todo.
María, la viuda de Antonio Fajardo, se acercaba con pasos pesados hacia donde estaban ellos. La negritud del atuendo revelaba una falsa fragilidad. La mirada abotargada por las muchas horas de lágrimas no ocultaba su furia y desesperación. Un rictus de amargura endurecía su rostro.
Llegó hasta Santiago y lo tomó del brazo con fuerza, en busca de un ancla a la que aferrarse.
—Santiago, Lucía —musitó María, con la voz rota y entrecortada—, no puede ser que Antonio se haya ido así.
—Lo siento mucho, María. Antonio era un hombre excepcional —concedió Santiago, con la voz arrugada.
—Mi más sentido pésame, María. Antonio formaba parte de nuestra familia —entonó Lucía, con un nudo que le apretaba el estómago.
Lucía notó cómo su padre se mordía los labios. Conocía la historia de esa amistad, de las confidencias compartidas en noches de tertulia, de los años de complicidad en una tierra donde la justicia siempre pendía de un hilo y de las promesas hechas por ambos para luchar en pos de una sociedad mejor.
—No puede ser. No puede haber muerto así. Antonio estaba bien. Siempre estaba en forma —protestó María, destrozada, con los ojos derrotados, incapaz de contener el llanto.
—Lo sé, María. Lo sé —aseguró Santiago, con un sentimiento que expresaba más de lo que decía.
—Hay un detalle que no cuadra, Santiago. Me han dicho que sufrió un paro cardíaco, pero no hay lógica para eso —se rebeló, convencida de que tenía razón—. O fue una negligencia o algo peor. No quiero pensar mal, pero… —María miró a Lucía, con la esperanza de que desmintiera sus temores.
—No sé —Lucía, afligida, negó con la cabeza; mintió con dulzura, casi con cuidado.
—No fue un accidente, ¿verdad? —indagó María, ahora con los ojos inflamados por la rabia.
Santiago y Lucía callaron por respuesta. Por momentos, la atmósfera se condensaba alrededor de ambos, igual que la humedad que hacía sudar a todos los familiares y amigos.
—Pienso llegar hasta el final. Lo hablé con mis hijos y vamos a presentar una denuncia en el juzgado de guardia para averiguarlo. Quiero la verdad. Necesito conocer la verdad.
—En este caso me parece lo correcto. Obráis bien, María.
—Santiago, por favor, haz que se haga justicia. Por Antonio, por lo que significó para ti y para mí. Quiero que me ayudes. No solo como amigo. Quiero que encuentres la verdad. Sea la que sea —rogó María, con el dolor prendido en todo su ser.
—Vamos a llegar hasta el fondo de esto —aseguró Santiago en plural; en esa promesa iba implícita su hija, convencido de que María, en su estado, no percibiría el matiz—. Te lo prometo, María. Lo investigaré hasta el final —añadió en singular.
—Muchas gracias, confío en ti.
El semblante del comisario, duro como el granito, no mostró fragilidad. Asintió lentamente consciente del compromiso que acababa de aceptar.
María se alejó con pasos que resonaron en el mármol pulido.
No había vuelta atrás.
El aroma a cera y flores frescas invadió el ambiente, impregnado de la solemnidad del velatorio y de lo embarazoso de las circunstancias que los llevaron hasta allí.
El murmullo alrededor de Santiago y Lucía comenzó a intensificarse y fue el momento aprovechado por tres hombres que se acercaron a ellos.
Se trataba de Salvador, un juez veterano; César, fiscal; y José Ignacio, magistrado.
Los tres eran amigos de Antonio Fajardo y también de Santiago.
Tenían la cara demacrada, no solo por la muerte de su colega, sino por la sombra de algo que comenzaban a entrever.
—Santiago, no te voy a mentir. Esto se va a complicar —dijo Salvador, con el tono de quien lleva años sentenciando culpables, pero que sabe que la justicia, en muchas ocasiones, es un laberinto con más encrucijadas que el de Creta.
—¿Podrías ser más concreto, Salvador? —demandó Santiago, aunque intuía por dónde iba el juez.
—María tiene razón, Santiago. Esto no puede quedar así —confió Salvador, con su voz más seca y directa.
—Lo sé —respondió el comisario.
—La familia ya se ha movido. Quieren respuestas. Y lo más pronto posible.
César cruzó los brazos. Necesitaba protegerse de lo que aún no se había dicho en la conversación.
—Sabemos que la familia va a presentar una denuncia formal en el juzgado de guardia para que todo se esclarezca —anunció César, por fin.
—Me lo ha contado María hace un momento y estoy de acuerdo —concedió Santiago.
José Ignacio, que había sido el más callado, dio un paso adelante para intervenir en la conversación.
—El jefe superior de Policía ya está al tanto. Quiere que tú lleves la investigación. Es personal, lo sabemos, pero nadie mejor que tú. Además, la familia también quiere que seas tú el que se encargue. Nosotros estamos de acuerdo.
—A partir de estos momentos, será mi prioridad absoluta y no descansaré hasta descubrir qué le sucedió a Antonio —respondió Santiago. Sabía que estaba a punto de desatarse una tormenta, y que Antonio Fajardo, desde donde estuviera, no permitiría que flaqueara.
—No podemos permitirnos ninguna filtración. No quiero ni un solo paso en falso —dictaminó José Ignacio, pragmático y frío, con un susurro que sonó a advertencia.
—Lo haré con toda la discreción que me sea posible —aseguró el comisario.
Lucía sintió que la atmósfera se volvía muy espesa. Aquella conversación, con sus matices de advertencia y lealtades veladas, tenía la resonancia de los secretos que su padre siempre le había ocultado. Era un mundo al que no pertenecía, pero al que ahora no podía renunciar.
Santiago admitió una vez más, con el gesto de quien acepta el desafío de la tarea encomendada y el peligro que conllevaba. Cuando el juez, el fiscal y el magistrado se retiraron, Lucía y su padre se quedaron solos, envueltos en un silencio lleno de promesas y temores.
Aquel sepelio no marcaba un final, sino un punto de partida.
La muerte de Antonio Fajardo era solo el principio de algo más oscuro y ellos ya estaban atrapados en la trama.