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Murcia aún llevaba en sus venas el letargo de un calor improcedente empeñado en no despedirse. El aire pesado de noviembre se comprimía con un gesto de burla, como si hasta el clima conspirara para enturbiar un día ya de por sí aciago.
El sol, insolente en un otoño demasiado avanzado, arrancaba destellos en el mármol del tanatorio, creando un reflejo implacable que se incrustaba en los ojos de Lucía Reyes, escondidos tras unas grandes gafas negras para ocultar la rabia que llevaba por dentro.
Un vestido negro caía con sencillez, ajustado a su cintura.
El pelo castaño, peinado con la raya en el centro de la cabeza, se deslizaba como un mar ondulado sobre su espalda.
Llegaba puntual, pero la ocasión multiplicaba cada segundo. Se movía entre las columnas del tanatorio con impaciencia y pesar, más rápida de lo habitual, como si la sospecha se adhiriera a sus tacones y quisiera sacudírsela con cada paso.
El vestíbulo del tanatorio estaba lleno de caras conocidas que evitaban encontrarse. Algunos miraban al suelo, otros a las paredes y algunos apretaban los labios. Lucía se detuvo a un lado, incapaz de unirse a esas conversaciones ahogadas en murmullos.
Santiago Reyes apareció con esa seguridad propia de quien ha visto demasiadas turbulencias en la vida, y nunca se permitía el lujo de parecer derrotado.
Lucía le notó un leve temblor en las manos al abrazarla; una señal que ella, que lo conocía demasiado bien, era la única capaz de percibir.
Los ojos del comisario, penetrantes, escrutaron la sala con un radar interno que nunca dejaba de funcionar.
—Papá, tenemos que hablar.
—Vamos.
Santiago la condujo hacia una esquina apartada, lo más lejos posible de las miradas curiosas. Allí, el murmullo amortiguado del lugar los cubrió de un manto impermeable y de oídos indiscretos.
—Esta mañana he hablado con Samuel Morales, el anatomopatólogo del hospital que conoces. Fue él quien le practicó la autopsia a Antonio —expuso Lucía, en un tono bajo, aunque una tímida vibración traicionaba la gravedad de sus palabras—. Ha confirmado nuestras sospechas.
El comisario no parpadeó, pero la tensión en su figura alta y robusta se volvió más evidente.
—¿Qué te ha dicho?
—Me enseñó el informe preliminar de la autopsia y está seguro de que lo han asesinado.
—¿Cuál ha sido la causa de la muerte? —exigió, más con la autoridad de un policía que con la ternura de un padre.
—Una sobredosis de potasio, suficiente para provocar una parada cardíaca. Él no tiene dudas —afirmó Lucía, que notó un destello de amargura en los ojos de su padre.
—¿Cómo lo ha hecho el asesino?
—Mediante una inyección intravenosa de tres o cuatro ampollas de potasio. No está seguro de la cantidad exacta, pero él se inclina más por cuatro ampollas.
—¿Cuándo tendrá el informe definitivo?
—En dos o tres días tendrá el primer informe. Aún está pendiente del resultado de otras sustancias tóxicas y eso tardará más. Pero él no tiene dudas y está seguro de que la causa de la parada cardíaca fue una hiperpotasemia aguda.
—Supongo que en el informe no aparecerá que la causa de la hiperpotasemia pudiera ser una negligencia médica o de un enfermero y, menos aún, que pudiera tratarse de un asesinato.
—No. Por supuesto
—¿Y en un interrogatorio policial?
—Ese es un supuesto que ya ha afrontado en otras ocasiones. Estoy segura de que con las preguntas adecuadas, él ofrecerá las respuestas pertinentes.
—Gracias por tu ayuda.
Santiago Reyes vestía un traje gris oscuro, impecable, que ahora le pesaba más que las décadas de servicio y los secretos bien guardados bajo toneladas de misterio.
Tras las revelaciones de su hija, su rostro se endureció como una navaja que se afila antes de ser empuñada para una pelea.
Cerró los ojos para procesar la información recibida.
Cuando los abrió, estaban enrojecidos, llenos de determinación y cólera.