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Ratón de biblioteca, así es como lo apodaban sus conocidos. Sin embargo, a pesar de pasar tantísimas horas entre libros, muchas más de las que su horario laboral le exigía, odiaba ese apelativo.
Se llamaba Renato y trabajaba en la Biblioteca Regional de Madrid, que almacenaba más secretos de los que dejaban entrever los libros catalogados en sus salas modernas.
Aún le acompañaba la sensación amarga de no haber logrado una plaza en la Biblioteca Nacional de España: auténtico tesoro de reliquias literarias antiguas.
Renato se deslizaba a través del suelo de tarima de la biblioteca con la misma facilidad que un fantasma entre las estanterías, con el paso ligero de alguien que había aprendido a pasar desapercibido entre los lectores o las personas que estudiaban.
Llevaba en las manos una carpeta de cuero, de color aceitunado y reluciente, cuarteada por el paso de los años. Guardaba lo que podría ser el hallazgo de toda una vida de estudio e investigación y que podría concluir con la tan ansiada venganza.
Eloy llegó puntual, a primera hora de la tarde, en el momento en que estaba menos concurrida.
Fingía una despreocupación aprendida en su etapa de formación, una herramienta imprescindible para mimetizarse en territorios hostiles o en espacios inofensivos.
En apariencia, era un lector cualquiera perdido entre estanterías interminables.
Tomaría una novela de misterio que no pensaba leer, una coartada habitual para reunirse con Renato, uno de los miembros más relevantes de su clan.
Caminaba despacio, con la falsa parsimonia de quien no tiene prisa. Ojeaba novelas que poco después volvía a colocar en su estante, hasta que se decidió por una.
Al fondo de una sala divisó a Renato. Lo esperaba sentado en una mesa redonda, lejos del ir y venir de los pocos visitantes. Antes de sentarse frente a su compañero, se quitó su gabardina gris, un tanto ajada en los bordes, y colocó el libro sobre la mesa, entre ambos, como un centinela.
No hubo saludos de rigor.
Ni preámbulos fuera de contexto.
—No te pongas nervioso —advirtió Renato, mientras ajustaba sus gafas redondas.
—¿Así que estás seguro o me gastas una broma de mal gusto? —inquirió Eloy con voz baja pero cortante. Sus ojos, inquietos, exploraban la sala de un lado a otro. Siempre al acecho en busca de señales de peligro. En el negocio de Eloy, creer en la palabra de otro hombre podía costarle la vida.
Renato no se dejó intimidar. Sus ojos oscuros se contrajeron mientras deslizaba la carpeta encima de la mesa.
—¿Crees que me he pasado semanas revolviendo pergaminos por capricho?
—espetó, mordaz. No era un hombre al que le gustara explicar su trabajo a necios—.
Aquí tienes la lista. Nombres, apellidos, fechas y lugares.
Los descendientes que con tanto tesón buscó nuestro pueblo desde hace muchos siglos. Ahí los tienes, tal y como te prometí.
Sus dedos, finos y huesudos, tamborileaban sobre la mesa, con un ritmo que denotaba más tranquilidad que tensión.
Eloy alzó una ceja, con esa mezcla de escepticismo y cinismo que se le daba tan bien. Tomó la carpeta sin apremio y, al abrirla, encontró un tesoro en forma de lista. Su mirada recorrió los nombres escritos con una caligrafía temblorosa.
—¿De dónde diablos has sacado esto?
Renato se encogió de hombros con un gesto que pretendía reflejar indiferencia y dejó caer su cuerpo sobre el respaldo de la silla.
—¿Y qué más da?
—Pues claro que me importa.
Eloy alzó la voz, a punto de soltar un exabrupto.
—Lo encontré en un pergamino, en el archivo de un monasterio antiquísimo. Documentos que nadie tocó en muchos siglos y que permanecían en el olvido hasta que yo los encontré —puntualizó, con el rostro afilado lleno de orgullo.
Eloy cerró la carpeta de sopetón. Le desagradaba la soberbia de Renato, pero no podía negar el valor del hallazgo. Sabía lo que significaba tener esos nombres y la luz en la investigación que acarreaban.
—Si estás equivocado, esto no será más que un maldito disparate de un bibliotecario aburrido y frustrado. ¡Pero si tienes razón, tendremos a toda esa jauría!
Renato esbozó una mueca de satisfacción en sus labios.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Asegúrate de hacer bien tu trabajo —ordenó Renato, cortante.
Eloy se levantó. Guardó la lista en el bolsillo interior de su gabardina, cogió la novela y la sostuvo como un talismán.
—Nos veremos pronto.
El agente secreto se escabulló entre las estanterías repletas de libros y salió al frío de la tarde madrileña.
Renato no hizo ademán de levantarse. Se quedó allí, con la convicción de que ponía en marcha una trama imposible de frenar.