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—Gracias por tu apoyo —dijo Rubén Pita mientras caminaba junto a Lucía por el pasillo de la planta de Medicina Interna.
—Ya sabes que no tienes que darlas. Yo siempre estaré de tu parte.
Rubén Pita consideraba al hospital su casa tras haber hecho la residencia, ejercer de médico adjunto y, finalmente, ascender a jefe de sección.
En su cara, además de una barba completa y bien perfilada, llevaba las marcas del cansancio en forma de líneas finas alrededor de los ojos, que al sonreír se convertían en surcos profundos que contaban historias de días largos y noches de guardia.
Su cuerpo, espigado y menudo en carnes, conservaba una rigidez que rozaba lo marcial.
—¡Es un engreído! —exclamó él. Se pasó la mano por el pelo, salpicado ya de algún mechón plateado que se acumulaba cerca de las orejas. No lo llevaba largo, aunque sí siempre despeinado, víctima de un aluvión de preocupaciones y decisiones que ningún peine podía domar.
—Y, además, ¡un gilipollas! —añadió ella, con la frente arrugada por la indignación. Cada vez que hacía ese gesto, había algo hipnótico en él; parecía capaz de ver más allá y descifrar las historias escondidas en sus pacientes o catalogar a sus interlocutores de pe a pa.
—Sabe mucho de medicina, pero en ocasiones se le va la olla.
—Está ya mayor y a punto de jubilarse. Para serte franca, yo pienso que a veces tiene opiniones típicas de estar chalado —apuntó Lucía, que bien conocía a su jefe, porque igual que Rubén, ella había realizado allí la residencia y, ahora, a sus treinta y dos años, era médica adjunta del servicio, aunque ya estaba preparada para dar el siguiente paso y optar a ser jefa de sección.
—¿Lo dices por su diagnóstico del síndrome de Sheehan?
—Por supuesto.
—Ese caso clínico estaba claro desde el principio.
—Era de cajón. Con la hiperpigmentación de la piel y el resto de síntomas, todo concordaba con la Enfermedad de Addison.
¡Yo no sé cómo se le ha podido pasar por alto!
—matizó ella, con la irritación reflejada en su rostro, en el que había un brillo indomable, un fulgor que no se apagaba ni con las guardias más extenuantes.
—Está claro que se le va la pinza y pierde la perspectiva cada vez que discute un caso clínico conmigo.
—Y tú, que eres un borde, lo enredaste con esa pregunta tan capciosa: ¿cuál sería el diagnóstico? —masculló con intención, imitando la voz de Rubén.
—¡Ja, ja, ja…! Pues sí, mi querida doctora. Tenía el presentimiento de que iba a picar el anzuelo tras mencionar que había sufrido una hemorragia durante la cesárea y su empeño en no diagnosticar el caso clínico de una Insuficiencia Suprarrenal. Por eso lo puse contra la espada y la pared.
—Y para rematar, comenzó a decir tonterías, a actuar de forma alocada y se metió contigo. Lo dicho, está sonado. A ver si se jubila y te nombran a ti jefe de Servicio.
—¡Alto ahí! No quieras ser liebre, dooooctora Reyes —entonó con ironía.
—Paso a paso.
Lucía atravesó los pasillos del hospital mientras ignoraba el ajetreo de pacientes y enfermeros que apenas despertaban su interés.
Había algunas luces led que parpadeaban; le daban al ambiente un aire de película de suspense barata, algo que a ella le hubiese arrancado una sonrisa en cualquier otro momento, pero no ahora.
Caminaba con determinación, con los ojos atentos y la mente centrada en sus pensamientos.
Era un camino recorrido en muchas ocasiones, pero hoy tenía un significado especial.
Intuía que cada paso la adentraba en un misterio que iba mucho más allá de la muerte de un amigo y que no terminaba de asimilar.
Al llegar a la puerta del Servicio de Anatomía Patológica respiró profundo antes de entrar.
El pomo frío cedió bajo su mano y la puerta se abrió con un leve gemido metálico.
La frialdad del entorno, impregnado de productos químicos, portaobjetos, bandejas, muestras de tejidos y muerte, le recordó que la atmósfera de esas salas parecía diseñada para disuadir a los débiles de espíritu, incluso a la mayoría de sus colegas que la evitaban, pero Lucía no era como la mayoría. Nunca lo había sido.
Lucía encontró a Samuel Morales con la bata blanca arrugada, sentado frente a una mesa de acero inoxidable, inclinado sobre un microscopio. Intentaba diagnosticar qué enfermedad padecía el paciente al que pertenecía la biopsia.
Levantó la vista y sus ojos la escrutaron igual que aquel día en el que la conoció en primero de medicina.
—¡Lucía! Supongo que esto no es una visita social —bromeó.
—Jamás lo ha sido en este lugar, Samuel.
—Imaginaba que vendrías —dijo al fin, con esa voz grave que siempre arrastraba y que aumentaba su atractivo.
En una estantería típica de hospital antiguo, una vieja radio emitía música.
Los presentadores, hombre y mujer, anunciaban la próxima canción.
Se trataba de la número uno de la clasificación de superventas.
Comenzó a sonar con un volumen elevado. A Samuel le gustaba trabajar así.
Se concentraba mucho mejor para estudiar sus preparaciones microscópicas.
Ella avanzó hasta quedar a unos pasos de la mesa en donde reposaba un informe. La repercusión simbólica del documento era palpable.
—¿Qué tienes, Samuel?
Él dejó el microscopio, se quitó los guantes de latex y los dejó caer sobre la mesa. Su mirada, seria y penetrante, se encontró con la de ella y la observó con detenimiento. Evaluaba cuánto de la verdad desglosada en ese informe estaría dispuesta a escuchar.
—La muerte de Antonio Fajardo no fue una casualidad —se acercó Samuel al informe, abrió la primera página y señaló un gráfico que mostraba unos valores elevados en sangre—. Los análisis son claros y evidentes. Hay niveles de potasio extremadamente altos, de forma súbita y letal.
El ambiente se tensó con un mal presagio y el frío del aire acondicionado caló hasta los huesos de Lucía.
—¿Podría ser mediante una inyección intravenosa?
—Sí. Seguro.
—¿Cabría la posibilidad de que se tratase de un error y que alguien le administrase una ampolla de potasio en lugar de otro medicamento? —intentó averiguar, con un gesto de tristeza amarga en la comisura de sus labios, dispuesta a aceptar que todo se debiera a la negligencia o al error humano.
—No.
—¿Por qué estás tan seguro? —quiso saber con exactitud, que para eso él era el anatomopatólogo y le había realizado la autopsia a Antonio Fajardo.
—Por dos razones. Porque esos valores tan elevados de potasio en sangre no se corresponden con una ampolla, sino con la administración por vía intravenosa de tres o cuatro.
Y en segundo lugar, mucho más importante, y tú también lo sabes, porque según consta en su historia clínica, él no tenía prescrita ninguna medicación esa mañana antes de la intervención quirúrgica, salvo la vía intravenosa con suero fisiológico que llevaba desde el ingreso.
Lucía sintió que perdía el equilibrio interior. Se forzó a mantener la calma, a inspirar hondo y soltar el aire despacio. Aquello iba más allá de lo que se temía y confirmaba las sospechas que compartía con su padre.
—¡Entonces! ¿Alguien lo mató? —inquirió por fin.
Samuel la miró con pesar y determinación. Había desenterrado un secreto tenebroso que jamás debiera salir a la luz.
—Alguien lo ejecutó, Lucía. Con precisión. Varias ampollas de potasio administradas por vía intravenosa, gota a gota. Al alcanzar un nivel determinado en sangre provocaron la parada cardíaca. Instantánea y efectiva. Sin autopsia, habría pasado desapercibido. Por suerte, no ha sido así.
La frialdad del diagnóstico se dejó sentir en toda la sala. Lucía fijó sus ojos azules en el informe.
—¿Qué probabilidad tienes? —preguntó, sabedora de que la medicina rara vez hablaba con cifras absolutas, pero que en este caso el porcentaje importaba mucho.
—Noventa y cinco por ciento. El otro cinco por ciento es solo por dejar un resquicio al azar. Pero tú y yo sabemos que no lo hay.
—Entonces, hay alguien que juega con nuestras vidas —la voz de Lucía se quebró— y sabe cómo hacerlo parecer natural.
—¡En efecto! Esto significa que hay alguien merodeando por aquí, que sabe asesinar de una manera tan sibilina que parece tratarse de una muerte natural. Y yo creo que no dudará en volver a hacerlo, en el caso de que no lo haya hecho ya más veces.
Samuel cerró el informe de golpe. El sonido reverberó en la sala por encima de la música de la radio y confirmó que cruzaban un umbral peligroso. Ella inclinó la cabeza, consciente de la gravedad de lo que acababa de oír.
Lucía salió de allí con el caminar prudente de quien sabe que está a punto de abrir una puerta al infierno.