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La reunión de las ocho en punto era un ritual en el Servicio de Medicina Interna.
No había mucho margen para el retraso cuando el jefe de Servicio, con su puntualidad británica, se instalaba en primera fila junto a la mesa.
La sala, impregnada con el aroma inconfundible del café de máquina, acogía cada mañana la sesión clínica.
La doctora Reyes tomó asiento en el extremo de la sala y observó a los médicos y residentes llenar el espacio.
La luz artificial daba a la escena un aspecto frío, semejante a un quirófano, solo que aquí el bisturí era el intelecto.
En esas sesiones matinales se libraban batallas de todos los calibres y, a menudo, la medicina quedaba en segundo plano, eclipsada por la rivalidad entre profesionales.
Allí se reunían todos los médicos del servicio para debatir los ingresos de la guardia del día anterior y exponer el caso clínico más importante, el que tenía un diagnóstico diferencial más dudoso.
—Vamos —dijo Gonzalo Vidal, jefe de Medicina Interna. El golpe de sus nudillos sobre la mesa anunció el comienzo.
La respuesta no se hizo esperar y se hizo un silencio sepulcral. Los asistentes obedecieron la señal con disciplina, como conejillos de indias ante un estímulo inesperado.
La exposición de cada mañana le correspondía al residente más antiguo, que trataba de sobrevivir a las miradas examinadoras de sus superiores.
Julián López, de último año, se puso de pie con la rigidez de un cordero en el altar.
Se ajustó las gafas, dio un último repaso, y con evidente nerviosismo comenzó a exponer los ingresos de pacientes durante la guardia, en especial, el caso de una mujer la noche anterior.
Detalló cada síntoma con la cautela de quien se encuentra en el campo de batalla, sin dejar de observar de reojo la reacción de las eminencias allí reunidas; enumeró cada valor de las analíticas con exactitud y describió hallazgos radiográficos con minuciosidad.
El diagnóstico diferencial parecía claro, al menos para él. Sin embargo, el diagnóstico preciso era otro cantar, aunque él ya lo tenía decidido.
—¿Y qué tiene de especial la clínica de esta paciente para que perdamos el tiempo con el diagnóstico? —preguntó Gonzalo Vidal, con esa voz cavernosa de quien sabe que está a punto de ganar la partida.
—La clínica de esta paciente no está muy clara, por lo que creo conveniente tener un debate para decidir el diagnóstico —propuso Rubén Pita, jefe de sección, cruzando los brazos en un gesto premeditado que hizo que todos se removieran en sus asientos.
El doctor Vidal giró la cabeza como un halcón que ha detectado un movimiento en falso y, en un intento de sentar cátedra, puntualizó:
—La paciente llegó a Urgencias con una intensa debilidad muscular, hipotensión, mareo, confusión y antecedentes personales de tres partos. Fue sometida en el último a una cesárea complicada con una hemorragia importante. Es obvio, ¿no?
—¿Obvio? —cuestionó el doctor Pita, con un tono de voz elevado para que todos lo oyeran—. Entonces, según usted, ¿cuál sería el diagnóstico?
Dejó caer la pregunta con la paciencia de un cazador que prepara la trampa.
La mecha ya ardía y el escenario dispuesto para representar el drama cotidiano de las sesiones clínicas del servicio.
Hacía años que la rivalidad, el ego y la soberbia dividieron al equipo de Medicina Interna en dos bandos.
Por un lado estaban los seguidores de Gonzalo Vidal, el jefe, que odiaba al doctor Pita, el más brillante del servicio, o al menos así lo reconocían muchos de sus compañeros y, por supuesto, sus seguidores.
Ese hecho provocaba un estrés diario en la planta de Medicina Interna que afectaba a todos los trabajadores, aunque los que salían beneficiados de esa disputa por el saber eran los pacientes.
Allí todos se esforzaban al doscientos por ciento para superar a la camarilla enemiga.
Por desgracia, los residentes estaban en tierra de nadie, entre dos aguas. Una ley no escrita los obligaba a reírle las gracias al jefe de Servicio y a formar parte de su clan; de ello dependía un futuro contrato en el hospital una vez terminado el periodo de residencia.
—Estamos ante un síndrome de Sheehan —respondió el doctor Vidal, masticando cada palabra—. Me sorprende la duda con el contexto clínico tan elocuente de la paciente.
—No hace falta ser un genio para descartarlo —rebatió Rubén Pita, con fina ironía—. Sí, esa mujer sufrió una hemorragia importante durante la cesárea y necesitó varias transfusiones. Pero presentar quince años después un Sheehan me parece, sencillamente, descabellado —incidió con desdén.
Los residentes intercambiaron miradas nerviosas. Nadie sabía a quién apoyar sin arriesgarse a recibir una andanada del jefe, que se removió en su asiento con el orgullo herido.
—A ver, Pitagorín —Gonzalo Vidal cargó con la pronunciación despectiva de ese apodo toda la hiel de la que fue capaz—, la paciente presenta un hipopituitarismo evidente, pero según usted, tenemos que hacer el diagnóstico diferencial con otra patología. ¿Puede exponernos su teoría y justificarla?
—Permítame, doctor. La clínica de la paciente está muy clara para ser etiquetada, desde ya, de una Insuficiencia Suprarrenal o Enfermedad de Addison.
Todas las personas que trabajaban en el Servicio de Medicina Interna lo apodaban así, y también era conocido de esa manera en el hospital.
Ni siquiera su nombre real importaba ya.
De Pita, Pitagorín. Ese sobrenombre se lo pusieron los compañeros, pero ni uno solo se lo decía a la cara.
Porque el doctor Pita sabía mucho, muchííííísimo y estaba dotado de una inteligencia afilada.
Demasiado para el gusto del jefe, que lo observaba con el resentimiento de un general derrotado en sus propias trincheras.
Todos los días había disputas entre los miembros del servicio durante la sesión clínica. No obstante, la batalla más importante de la guerra acababa de empezar, ya que en Medicina Interna pocos espectáculos superaban a un duelo entre Rubén Pita y el jefe.
—¿Sabe qué, doctor Pita? A veces, una mente demasiado complicada como la suya pierde de vista la lógica. La Enfermedad de Addison está fuera de lugar aquí. No hace falta ser un Pitágoras de la medicina para verlo.
—Claro, claro. La lógica —respondió Rubén Pita, sin perder la calma—. Algunos ven lo que les conviene, no lo que es correcto.
El residente palidecía por momentos. Observaba con estupor la subida de tono del conflicto, sin tener a su alcance las armas dialécticas para interrumpirlo.
—Es gracioso, doctor —dijo Gonzalo Vidal, con una mueca despectiva—, cómo a veces quien presume de inteligencia es el último en entender. La paciente tiene síntomas que, para quien quiera verlo, apuntan a un claro caso de Sheehan. Punto. Que no se pueda ver no es mi problema.
—Doctor, si el conocimiento clínico se resolviera con adivinanzas tontas, aún aplicaríamos la sangría para todo, ¿no cree? —rebatió el doctor Pita, con una sonrisa helada y un brillo afilado en sus ojos—. Pero, bueno, sé que no todos ven lo evidente, y mucho menos el contexto más amplio.
En la sala, el ambiente se caldeaba y se volvía cada vez más viscoso. Era el teatro de la medicina interna en acción.
Lucía observó el nerviosismo de sus compañeros, la atención de los residentes y la sonrisa disimulada de una adjunta. Gonzalo Vidal y Rubén Pita jamás se llevaron bien, y aquello era ya una cuestión personal, casi épica.
Sentada al lado del doctor Pita, decidió que era el momento de intervenir.
—Doctor, con todo respeto, hay una serie de datos clínicos que encajan con la insuficiencia suprarrenal.
Gonzalo Vidal ladeó la cabeza hacia ella con la expresión de alguien que no tolera que se le lleve la contraria.
—¿De verdad, doctora Reyes? —preguntó con un tono irónico—. ¿Qué datos, exactamente?
Lucía sostuvo su mirada. « Tú sabrás más de gestión, pero esto es Medicina », pensó.
—Según la exposición de Julián, la paciente presentaba hiperpigmentación de la piel y una fatiga crónica que se correlaciona con una insuficiencia suprarrenal. Aunque puede ser que no sea concluyente, deberíamos explorar ambas posibilidades antes de descartar ninguna.
El jefe frunció el ceño, incómodo ante el respaldo tácito que Lucía acababa de ofrecerle a Rubén Pita.
Era obvio que en esos momentos ya existía una guerra soterrada en la sala, una especie de tensión invisible en forma de murmullo que dividía al servicio, entre aquellos que le seguían a él y los que apoyaban al doctor Pita.
Lucía respaldaba al segundo grupo, hecho bien conocido, y no tenía ningún problema en que Gonzalo Vidal lo supiera una vez más.
—Bien. Entonces, si alguien quiere dejar de soñar y volver al caso real —concluyó el Jefe y dio una palmada sobre la mesa que resonó en la sala como un veredicto—.
Propongo que demos prioridad al síndrome de Sheehan y que mañana discutamos los avances.
Salvo que alguien de este equipo tenga alguna otra insinuación absurda.
Silencio.
Ya estaba todo dicho.
A ver quién iba a sugerir algo más.
Rubén Pita torció el gesto, pero no replicó. Lucía cruzó los brazos y se acomodó en su asiento, con la impresión de que esa no sería la última palabra en la discusión. La batalla se decidiría con la interpretación de las pruebas radiográficas y, sobre todo, analíticas.
Al terminar la reunión, los médicos se levantaron divididos en dos bandos: algunos susurraban junto a Rubén Pita, otros seguían a Gonzalo Vidal, cuya autoridad sobre la verdad médica parecía absoluta y ante quien rendían pleitesía.
En Medicina Interna no bastaba con el conocimiento.
Había que sobrevivir en el campo de batalla.