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El cielo estaba cubierto de un gris fantasmal.
Pequeñas nubes, semejantes a fumarolas, ascendían por las laderas de las montañas mientras la niebla envolvía poco a poco el monasterio, borrando sus contornos y dejando las piedras antiguas sumidas en una penumbra silenciosa.
Los tejados de pizarra desaparecían bajo un velo plomizo.
El aire, limpio y húmedo, olía a tierra mojada, musgo y hojas caídas.
Desde hacía varias semanas, un visitante que decía ser historiador y que obtuvo el permiso de los monjes, rompía la monotonía del monasterio.
Todos los días llegaba a la hora concertada para dirigirse hacia el archivo.
Durante el trayecto por aquellas estancias, el sonido de sus pasos resonaba sobre las baldosas del suelo igual que el eco de viejas plegarias atrapadas en las paredes.
En una mesa de roble macizo, iluminada apenas por la escasa luz de un flexo vetusto, el hombre, de mediana edad, rostro agudo y cabello canoso, hojeaba unos manuscritos antiguos.
Leía con una paciencia meticulosa. Buscaba entre textos polvorientos y documentos olvidados palabras que databan de siglos pasados.
Las manos, enfundadas en guantes de látex azul, rozaban con delicadeza los bordes amarillentos de los pergaminos, deseosas de descubrir la verdad oculta que escondían.
Había algo en él, en su forma de estudiar aquellos manuscritos, que denotaba disciplina castrense. Daba la impresión de que le habían encomendado la lectura de un mapa, solo que aquel mapa estaba hecho de nombres y apellidos que se remontaban a muchos siglos atrás.
Sus ojos se posaron en unos párrafos de tinta desvaída.
Los leyó despacio y una sonrisa imperceptible comenzó a esbozarse en su rostro.
Allí, en la escritura gótica de aquel monje que había muerto quién sabe cuándo, aparecieron nombres y apellidos que él reconoció.
Estaba convencido de hallarse ante las pistas definitivas: familias dispersas, apellidos que seguían vivos en la actualidad y que llevaban consigo la herencia de un linaje antiguo velado por el tiempo.
Sacó una pequeña libreta del bolsillo de su chaqueta y, con una pluma que se alimentaba del enigma que lo rodeaba, comenzó a anotar con cuidado las identidades que coincidían con su objetivo. Cada uno de ellos era una pieza más del rompecabezas que su pueblo juró vengar.
Los ojos le brillaban con una satisfacción fría mientras terminaba de anotar. Enrolló el pergamino y lo colocó de nuevo en su lugar; todo quedó igual que lo había encontrado.
Sin mirar atrás, abandonó el archivo y dejó que los fantasmas volvieran a estremecer aquellas pistas secretas.
Al salir, el monasterio adquiría un aire aún más misterioso bajo la fina lluvia que persistía desde el mediodía. Las nubes bajas parecían suspirar, conscientes de que el pasado se alzaba de nuevo para cobrar su deuda.