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El cielo había empezado a desgarrarse antes de que la lluvia cayera sobre la carretera como un telón de cristales rotos, resbalando sobre el asfalto hasta volverlo oscuro y reluciente.
El viento hacía bailar las gotas sobre el parabrisas de los coches que circulaban por la autovía de circunvalación de Albacete.
En las afueras, una señal de tráfico indicaba la salida hacia una carretera secundaria, desierta y gris, que serpenteaba para dirigirse hacia un viejo mesón de carretera.
Los coches levantaban un rocío de agua sucia que difuminaba los contornos de aquel lugar tan antiguo que formaba parte del mismo paisaje desde siempre.
El mediodía se cernía sobre el mesón. Los pocos clientes que ocupaban las mesas parecían detenidos en el tiempo. Figuras anónimas bajo el hechizo otoñal que a esas horas buscaban entrar en calor con alguna comida.
En una mesa apartada, casi oculta por una columna, dos figuras se observaban con la respiración contenida y una tensión que solo conocen quienes han mirado de cerca la línea que separa la vida de la muerte.
Ninguno hablaba aún. El murmullo de la tormenta que se gestaba afuera se instalaba también entre ellos.
Los dos hombres tenían figuras opuestas.
El primero, un tipo enjuto con una barba de varios días y el aspecto de alguien que prefería ser invisible, tamborileaba con los dedos sobre la mesa mientras clavaba la mirada en el mantel.
Su compañero, sentado frente a él, tenía los ojos fríos y el porte de un hombre que había aprendido a no pestañear ni cuando le apuntaban con una pistola.
Vestía una camisa blanca, chaqueta azul marino y corbata del mismo color que al cuello le encajaba como una soga.
—Ya está. Antonio ha caído —dijo el Flaco.
Se parecía demasiado a los hombres que pasaban desapercibidos y a los que siempre se les confiaba la parte más sucia del trabajo. Su voz apenas alcanzaba a ser un susurro, pero sus palabras pesaban como piedras en medio del silencio.
—Muy bien —asintió Eloy Campos, un agente secreto que ocupaba un alto cargo en el Centro Nacional de Inteligencia.
No había nada en su semblante que delatara satisfacción o remordimiento, solo una fría aceptación.
La mirada de hielo del hombre lo convertía en una estatua que solo cobraba vida para cumplir un propósito preciso y letal.
—Lo preparé todo para que pareciera una muerte natural. Un paro cardíaco fulminante, justo lo que me ordenaste. No sospecharán nada —informó el ejecutor de órdenes perversas sin perder el contacto visual con su interlocutor.
—Así debe ser —remarcó Eloy, sin alzar la voz. Las palabras flotaron en el aire denso, pero su gesto permaneció intacto, ajeno a cualquier emoción. Entre todos los miembros del clan, supo elegir al adecuado.
—¿Y ahora qué?
—Antonio ha sido el primero de muchos. El viejo juramento de nuestros antepasados, de nuestro pueblo, aún sigue vigente para todos nosotros. Por fin ha comenzado el tiempo de la venganza —proclamó Eloy, con énfasis, los ojos rojos e hinchados de rencor.
—Es lo que se merecen.
Eloy sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta, lo dejó sobre la mesa y lo empujó con dos dedos hacia delante.
—Sigue trabajando. Deben caer uno a uno, sin margen de error.
El Flaco asintió. Abrió el sobre y sacó una cuartilla blanca, en la que con tinta negra había escrito un nombre, sinónimo de una nueva sentencia de muerte.
Ellos eran meros instrumentos de una venganza tejida a través de los siglos, el legado de una historia antigua que ahora reclamaba a sus víctimas.
Se levantaron sin decir adiós ni despedirse.
Uno partiría hacia Murcia para continuar con su misión, y el otro regresaría a Madrid.
Reunirse de nuevo en el mismo lugar dependería de que el siguiente asesinato se ejecutara.
Acudirían otra vez con los móviles apagados, para no dejar rastro de sus movimientos.
Afuera, los truenos sordos rompían el aire. Casi un murmullo más en medio de una tormenta que llevaba siglos gestándose.