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A Lucía le pesaba la congoja en el alma, pero tenía que desprenderse de ella porque otros enfermos la necesitaban más que nunca.
Su jornada laboral de ese día consistía en responder las interconsultas realizadas por otros servicios al de Medicina Interna. Después, pasar por su planta para estudiar y tratar a sus pacientes.
Una o dos veces por semana, en la mayoría de las ocasiones, quedaba con su padre a comer. No había días fijos debido a las guardias que Lucía tenía en el hospital. Lo más habitual era que lo llamara por teléfono a media mañana y quedaran en casa de él o en la terraza de algún bar o restaurante.
Subía por las escaleras para dirigirse a la planta de cirugía y volvió a pensar en su padre. Tenía que llamarlo ya. Cogió el teléfono del bolsillo de su bata y pulsó su nombre.
—Dime.
—Hola papá, ¿me invitas a comer luego en tu casa?
—¿A qué viene eso ahora?
—No sé a qué te refieres.
—Pues a eso, que nunca me preguntas si te invito a comer y menos en casa. Siempre me dices que quieres quedar a comer y da igual el lugar.
—Es que hoy no me apetece comer fuera —mintió.
—De acuerdo. Nos vemos en mi casa cuando salgas.
—Un beso papá. Allí nos vemos.
—Un beso, Lucía.
Murcia seguía atrapada bajo un bochorno omnipresente.
El viejo manto de calor húmedo se aferraba a las calles con la obstinación de un enemigo invisible, indiferente al calendario que ya anunciaba la primera semana de noviembre.
El sol caía implacable sobre tejados, avenidas y plazas, y las fachadas de los edificios se teñían de un brillo dorado.
Una estación que se prolongaba más de lo debido en una ciudad donde, durante la última década, el almanaque se reducía a un verano interminable y un otoño fugaz.
Lucía caminaba por las calles con paso rápido, rodeada por la calma del mediodía. Llevaba el cabello castaño claro recogido con prisa; algunos mechones ondulados, rebeldes, se balanceaban al ritmo de sus pasos, rozaban su mejilla y enmarcaban una mandíbula firme.
El calor, denso y pegajoso, se colaba por la tela de su camisa y un sudor resbaladizo le humedecía la nuca, aunque lo que más le preocupaba era la opresión que sentía en el pecho y en las sienes, que latían con la fuerza de un pensamiento que se resistía a irse.
A cada paso, el eco de sus tacones resonaba en las aceras desiertas y le devolvía el recuerdo de lo ocurrido esa mañana en el hospital.
Llegó al paseo Alfonso X El Sabio. La vida seguía su curso indiferente alrededor de la casa de su padre, Santiago Reyes, comisario de la Jefatura Superior de Policía de Murcia.
Antes de pulsar el timbre respiró hondo. Necesitaba estar lista para el instante en el que tendría que enfrentarse a su progenitor y la conversación que se avecinaba.
Su padre abrió la puerta sin que ella siquiera llamara. Su instinto policial lo mantenía en alerta ante cualquier movimiento o situación que le indicara que algo fuera de lo común podría suceder.
—Hola papá, ¡qué bien huele! —dijo, y le dio un beso.
—Hola hija, me he acordado que hacía bastante que no lo comemos y sé que te gusta mucho.
—Conejo con patatas en ajo cabañil, ¡qué rico!
—¿Me ayudas a preparar la ensalada?
—Claro, vamos.
Era una forma igual que otra de comenzar una conversación. También le permitía ganar tiempo, aunque sabía que no debía de retrasarse en exceso, porque en cualquier momento podría sonar el teléfono y comunicar la mala noticia que ella escondía.
A Santiago Reyes, un hombre de silencios pesados y miradas que hablaban más que sus palabras, que siempre andaba envuelto en sus propios misterios, no le gustaba que lo molestaran mientras trabajaba, por lo que estaba segura de que aún no conocía el fatal desenlace de su amigo.
Lucía cortó la lechuga en cuatro cogollos y los puso en los lados del plato. Luego troceó el tomate, lo colocó en el centro y distribuyó las aceitunas.
—¿Qué prefieres, agua, cerveza o vino?
—Hoy mejor un tinto de Jumilla. Nos vendrá muy bien a los dos.
La miró de soslayo, sin decir nada, y se concentró en sus palabras. Conocía a su hija y seguro que escondían un mensaje.
Montaron la mesa en la terraza, desde la cual tenían una vista parcial de la torre de la catedral. En los últimos años, el crecimiento de los plátanos de sombra del paseo amenazaban con ocultarla tras sus hojas y ramas.
—Papá, tengo que contarte lo que ha sucedido esta mañana en el hospital —miró a su padre con una expresión de tristeza desbordada, reflejada en sus ojos de un azul casi eléctrico, que variaban el tono de color según la luz del día.
No respondió con palabras, pero su gesto afirmativo la invitó a narrar lo que él ya intuía.
—No voy a perder tiempo. Voy al grano.
Santiago levantó la vista y en sus ojos verdes mostró una preocupación inmediata porque Lucía rara vez adoptaba ese tono. Iba a servir el vino, pero detuvo su movimiento y dejó la botella sobre la mesa.
—Papá, lo siento mucho, esta mañana ha muerto en el hospital tu amigo Antonio —dejó caer las palabras como un velo negro sobre la estancia.
—¿Qué? ¿Cómo? —Su voz, tan serena normalmente, tembló ligeramente.
La miró sin parpadear. No era necesario que dijera más.
El nombre de Antonio Fajardo, magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Murcia, era para Santiago un amigo de toda la vida, un compañero de estudios y de facultad, un hombre presente en los buenos y malos momentos, con quien compartía una historia de lealtades y secretos.
—Sufrió una parada cardíaca.
—Pero, ¡si lo ingresaron para una simple operación!
—Ya lo sé. Iban a operarlo de un juanete y un dedo en garra. Nada del otro mundo.
—Además, él no padecía del corazón. ¡Si estaba como un roble!
Todos los días practicaba ejercicio físico —añadió, y se mordió la lengua antes de decir igual que yo.
Ambos tenían un cuerpo atlético, resultado de largas carreras por el carril del río Segura y horas de entrenamiento en el gimnasio de la policía.
—Ya lo sé.
El comisario se quedó en silencio. Sus facciones se endurecieron, señal de que la información ardía en su mente con rabia.
—Explícame qué y cómo sucedió —exigió, con la dureza de un interrogatorio en dependencias policiales.
Lucía tomó aire y tragó saliva. Sabía que su relato iba a ser difícil, pero no había manera de suavizar la crueldad de lo sucedido.
Le narró los hechos. Los mismos que no había dejado de repetir en su cabeza desde que ocurrieron.
La razón por la que estaba en la planta de traumatología, la parada cardíaca, los intentos de reanimación, el motivo por el que no pudo utilizar el desfibrilador.
Cada detalle salía de su boca con la precisión clínica que había aprendido a lo largo de los años mientras utilizaba una jerga comprensible.
La parte más importante la hizo vacilar.
Su voz tembló ligeramente y se rompió por dentro porque ella también conocía a Antonio desde la infancia.
—¿Y qué más? —insinuó él, ahora ya sin rastro de emoción en su voz. Solo la curiosidad profesional podía establecer un margen entre el policía que evalúa la información y el momento de permitir que el dolor o la ira hicieran acto de presencia.
—Le hice una analítica durante el proceso de reanimación.
—¿Y?
—Tenía niveles demasiado elevados de potasio en sangre. Más bien, diría yo, que muy peligrosos.
—Explícate bien. ¿Qué quieres decir? —indagó, con la intuición de un hombre que había visto demasiadas muertes inexplicables a lo largo de su carrera.
—Que Antonio estaba sano. Que el preoperatorio así lo certificaba. Y que no existía ninguna razón para que el potasio estuviera tan alterado.
—Entonces, según tú, ¿qué crees que ha sucedido? ¿Cómo podía tener esos niveles tan elevados de potasio? —preguntó Santiago y puso entre las cuerdas a Lucía.
—Yo creo que esa cantidad tan elevada de potasio en sangre solo es posible si se la han administrado por vía intravenosa —Lucía apartó la vista; mirar su reacción al contar los detalles lo hacía aún más doloroso.
—Blanco y en botella. ¿Verdad?
—Sí, papá, sí. Yo creo que lo han asesinado, que no ha sido un accidente. Es la única explicación lógica que encuentro. Antonio no debería haber muerto hoy, no de esa manera, y ese pensamiento me quema por dentro desde que vi el resultado de la analítica.
Ya lo había dicho. La confesión estaba completa y no había marcha atrás.
Lucía vio el recelo pasar por los ojos de su padre. No era sorpresa lo que vio allí. Era una sensación más oscura, una comprensión inmediata de lo que ella planteaba.
El silencio se instaló entre ellos. Santiago analizaba cada detalle de lo que su hija le contaba y cada posible escenario.
—Sabes que no podemos adelantarnos a las conclusiones —dijo, con un tono de cautela—. Confío en tu juicio, Lucía. Si tienes esa sospecha, tenemos que investigarlo.
—Por supuesto.
Lucía Reyes era médico por vocación. Su padre estaba muy orgulloso de ella y su profesión, aunque le hubiese encantado también que hubiera sido policía, igual que muchos de sus antepasados.
No obstante, por la admiración que sentía por él, por su linaje familiar y por la policía, una vez terminados los estudios de medicina se graduó en criminología, una etapa en la que tuvo que robarle horas al sueño casi todos los días.
—Si lo que insinúas es cierto, necesitamos la autopsia. Será la única forma de confirmarlo. Hasta entonces, no podemos hacer nada oficial.
—Esperaremos a la autopsia.
Lucía agradeció con un gesto que su padre la creyera. Él no era de los que aceptaban teorías a la ligera, pero en sus ojos veía la confianza que siempre había depositado en ella.
—De todo esto que hemos hablado no puedes decir nada a nadie. Si se confirma que ha sido un crimen, no va a ser nada fácil la investigación porque el asesino sabía muy bien lo que hacía. Antonio tenía muchos enemigos, ya lo sabes. Durante años se enfrentó en los tribunales a gente con mucho poder.
Lucía asintió. Su mirada reposó fija en el plato, en donde el conejo frito con patatas en ajo cabañil se enfriaba, sin que ninguno de los dos hiciera el menor esfuerzo por comer.
—Antonio era un hombre justo. Si alguien le ha hecho esto, vamos a descubrirlo. Tienes que estar preparada, Lucía. Esto podría ser más grande de lo que imaginamos.
Ella lo sabía. Tenía la certeza de que detrás de esa muerte, aparentemente natural, podía ocultarse una trama mucho más oscura. Eso la asustaba. Sin embargo, saber que su padre estaba con ella, que la apoyaba, sería el motivo que la impulsaría para buscar todas las respuestas.
—Gracias, papá. Sé que harás lo que sea necesario. Y yo también.
Lucía supo que no estaba sola.
Juntos se enfrentarían a lo que tuviera que venir.
Pero la sensación de que habían cruzado un umbral, que una amenaza se presentaba ante ellos, no se disipaba.
Lucía y su padre compartían un pacto silencioso: la muerte del amigo no quedaría impune