La última princesa de Troya
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La paciente no gritaba, pero el dolor se le notaba en el rostro crispado y en los dedos hundidos en las sábanas.
La doctora Lucía Reyes permanecía junto a la cama con la tablet en la mano.
La luz fría de la planta de traumatología del Hospital Universitario Alfonso X iluminaba sus ojos azules, que repasaban cada línea de la historia clínica.
Fractura de tibia provocada por un accidente con un patinete. Un caso sencillo. En teoría.
Mientras su mente analizaba todos los detalles de la interconsulta, dos palabras de una voz femenina que cortaron el aire, llamaron su atención y la pusieron en alerta.
La doctora Reyes se congeló un instante y salió de la habitación sin perder un segundo. Cuando se dirigía por el pasillo, exigió con voz firme:
—Carro de paradas a la 1.
El paciente, un hombre mayor, yacía inmóvil con la cara ladeada, la boca entreabierta, los ojos cerrados y su rostro más pálido que la propia muerte. La enfermera que había dado el aviso ya le practicaba el masaje cardíaco sobre la cama. Era dura y no hizo falta bajarlo al suelo.
Miró su reloj para saber con exactitud qué hora era.
Tras una exploración rápida, Lucía se percató de la ausencia de pulso carotideo, de respiración espontánea y que tenía las pupilas dilatadas.
A pesar del masaje, seguía en parada cardiorrespiratoria.
Con su diagnóstico, sabía que se enfrentaba a una de las situaciones clínicas más críticas.
Dos enfermeras y un enfermero se unieron a ellas. Traían consigo el carro de paradas. A continuación dos traumatólogos entraron en la habitación y al observar que la doctora Reyes, que era especialista en Medicina Interna, intubaba al paciente, dejaron que dirigiera las maniobras de reanimación.
Una enfermera proporcionó al enfermo dos ventilaciones con el ambú que ya había conectado a la fuente de oxígeno.
Con las palas del desfibrilador entre sus manos, Lucía Reyes ordenó dejar de realizar el masaje. Las colocó con delicadeza sobre el tórax y observó en el monitor una línea plana, inerte, carente de vida.
—Está en asistolia —informó Lucía Reyes, con el gesto torcido y los dientes apretados—. Seguid con el masaje y preparad un miligramo de adrenalina intravenoso.
El enfermero relevó a su compañera en la realización del masaje. Otra vez comenzaron las compresiones del tórax, rítmicas y precisas, para impedir que el cerebro se quedara sin oxígeno.
Lucía Reyes tenía un presentimiento incómodo. Algo no encajaba y el cuadro clínico tampoco. Ella lo conocía porque era amigo de su padre y había ingresado en el hospital a primera hora de la mañana para una intervención quirúrgica banal en traumatología.
—Vamos a hacerle una analítica —ordenó la doctora, aunque sabía que los resultados llegarían tarde—. Luego la necesitaremos.
Dos enfermeras se afanaron en la extracción de la sangre. El enfermero continuó con el masaje y un traumatólogo se encargó de aplicar dos insuflaciones con el ambú cada treinta compresiones.
Finalizada la toma de muestras, Lucía volvió a comprobar la actividad cardíaca.
—¡Sigue en asistolia! Continuad con el masaje cardíaco.
—¿Por qué no utiliza el desfibrilador? —preguntó una de las enfermeras, con la angustia reflejada en los ojos.
—Porque en asistolia no está indicado, puesto que el corazón no tiene actividad eléctrica y no hay latido cardíaco —explicó la doctora, con palabras claras y docentes—. Administradle otro bolo de adrenalina.
La coreografía de la salvación continuó con cada miembro del equipo afanado en la labor que tenía asignada. El enfermero que realizaba el masaje cardíaco comenzó a sudar por su frente y fue relevado por un traumatólogo.
—Detente un momento.
Lucía volvió a colocar las palas del desfibrilador sobre el tórax, con la esperanza de que el segundo bolo de adrenalina hubiera surtido efecto, pero volvió a visualizar en el monitor una línea que emitía un pitido estridente.
El paciente permanecía atrapado en la parada cardiorrespiratoria. El tiempo, testigo silencioso de su tragedia, avanzaba implacable hasta el desenlace final.
—Otro bolo de adrenalina —prescribió Lucía por tercera vez. La frustración le latía por dentro.
Las enfermeras ya tenían cargada la jeringuilla y una de ellas se la administró.
Los traumatólogos intercambiaron su posición y se hizo cargo del masaje el que hasta entonces proporcionaba la fuente de oxígeno con el ambú.
Lucía miraba con inquietud su reloj de pulsera. Tras la administración del último bolo de adrenalina, decidió que era el momento de utilizar el desfibrilador.
En esta ocasión, agarró las palas con firmeza y las apretó entre sus manos con más fuerza que las veces anteriores. Era su última oportunidad.
El traumatólogo cesó en la aplicación del masaje.
Y…
Lucía no tuvo que mirar el monitor. El pitido insistente confirmó que nada había cambiado.
El relevo se hizo necesario. Otra enfermera comenzó a practicarle el masaje a quien se le escapaba la vida con cada minuto que pasaba.
Lucía observó el gesto abatido de sus compañeros. Algunos miraban al suelo, otros al techo, pero todos compartían el mismo pensamiento. Frente a ella, la cara desencajada y el cuerpo flácido del amigo de su padre reflejaban el tránsito de la vida a la muerte.
Poco quedaba por hacer. Lucía había seguido el protocolo de la asistolia al pie de la letra.
—Inyéctale una ampolla de cloruro cálcico —ordenó a la enfermera que estaba a su lado. No era lo indicado, pero si la parada se debía a un desequilibrio electrolítico, podría funcionar.
La intuición le fue esquiva. Esperó el tiempo adecuado, posó las palas sobre el pecho del paciente y la línea de la muerte apareció de inmediato.
—La suerte está echada —murmuró Lucía, y todos asintieron—. Para terminar el protocolo, volveremos al inicio. Le administraremos dos bolos más de adrenalina. Si no funciona, terminaremos las maniobras.
A cada bolo de adrenalina le siguió la comprobación en el monitor y la respuesta fue idéntica.
Treinta minutos se habían convertido en una eternidad. A pesar del gran esfuerzo de ella y su equipo, el paciente seguía sin responder.
Finalmente, Lucía tomó la decisión más delicada. Con la voz quebrada, anunció:
—Cesamos las maniobras de reanimación.
Los traumatólogos, las enfermeras y el enfermero, cabizbajos, se separaron de la cama. Todo había sido en vano.
Luego, con la solemnidad que requería certificar el fallecimiento, la doctora Reyes levantó la cabeza y anunció la hora de la muerte.
Lucía abandonó la habitación sumida en la decepción y preocupada. Tenía por delante dos problemas que tendría que resolver.
Se prometió a sí misma que no descansaría hasta descubrir la causa de la muerte de ese hombre. Una sombra de misterio se cernía sobre esa defunción y estaba decidida a desentrañarla.
El segundo dilema le inquietaba más.
Resultaba más difícil de resolver.
Tendría que pensar en cómo comunicarle a su padre el fallecimiento de su gran amigo.