La última pleamar (El secreto de la ría 1) 44. Visitas
98%

44. Visitas

Carmen lo había querido así. Los dos juntos. El tío y el sobrino. Los dos que la ría se había llevado.

Fue medio pueblo. Más que al entierro de Iago, más que a ningún entierro que nadie recordara.

Subieron por las calles empinadas del casco viejo bajo un cielo limpio de noviembre, con un sol frío que hacía brillar la piedra mojada de los soportales: los viejos con gorra que se asomaban a la Ponte Vella, las mariscadoras con sus pañuelos, los remeros del club con sus sudaderas azul marino, Benito Seixo con los ojos rojos, el panadero, Maruxa Vilaboa con su cocker canela, Paco Bermúdez con su barba negra y su mujer y sus dos hijos, readmitido en la Consellería con una disculpa por escrito que había enmarcado y colgado en el pasillo de su casa.

La doctora Castiñeira. La jueza Vence. Sabela.

Xurxo y Noemí, con Martiño en brazos, ya sin fiebre, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.

Antía Lagares, de la mano de Carmen, con la sudadera del club de remo de Iago debajo del abrigo.

Y Anselmo Varela, del brazo de su hija.

Lucía había dudado mucho en llevarle. Había preguntado a Carmen. Carmen había tardado un día entero en contestar. Luego la había llamado por teléfono, por la noche, y le había dicho solo cuatro palabras: Que venga tu padre.

Anselmo había tenido un buen día. Se había afeitado solo, se había puesto el traje negro que llevaba en el armario desde el entierro de Rosa, se había peinado el pelo blanco con agua.

Había subido la cuesta de la colina despacio, apoyado en el brazo de Lucía, parándose a descansar en cada esquina, sin decir nada.

En el cementerio se había quedado atrás, al fondo, junto a la tapia, detrás de toda la gente, con la cabeza baja.

El cementerio de Santa María era pequeño, viejo, con nichos de piedra cubiertos de líquenes amarillos, cipreses negros y una tapia baja que se asomaba sobre la ría.

Desde allí se veía todo: los tejados del casco viejo, la Ponte Vella, la Ribeira, la desembocadura del Mandeo, y más allá, ancha, plateada bajo el sol frío, la ría entera abriéndose hacia el mar.

Lucía se acordó de lo que había contado su padre. La pleamar de 1994, la más grande que vio en su vida, había subido, según los viejos, hasta los muros del cementerio. Desde allí arriba parecía imposible. Pero así lo contaban todos: que aquella noche el agua llegó tan alto que se llevó las flores.

Cuando terminó la ceremonia y el cura se retiró y los sepultureros terminaron de sellar la lápida con cemento, la gente empezó a marcharse, despacio, en silencio. Carmen se quedó junto a la tumba, con Antía. Y cuando ya casi no quedaba nadie, se volvió.

Miró hacia el fondo del cementerio. Hacia la tapia. Hacia el viejo del traje negro que seguía allí, con la cabeza baja, del brazo de su hija.

Caminó hacia él.

Lucía sintió que su padre se tensaba entero contra su brazo, como se tensa un cabo cuando sube la marea.

Carmen se detuvo frente a Anselmo. Era más baja que él, mucho más baja, y tuvo que levantar la cara para mirarle. Él no levantó la suya.

—Anselmo —dijo Carmen.

Él no contestó.

—Anselmo, mírame.

Anselmo levantó la cara despacio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Los labios le temblaban.

—Carme —dijo, con la voz rota. Sin ene. Como la llamaba la abuela. Como la llamaba Andrés.

Carmen se quedó muy quieta.

—No te voy a decir que te perdono —dijo, después de un largo silencio—.

Porque no sé si te perdono. A lo mejor no te perdono nunca.

A lo mejor me muero sin saber si te perdono.

—Hizo una pausa—. Pero hablaste. Al final, hablaste.

Fuiste al juez y lo contaste todo. Sin que nadie te obligara.

Cuando ya no tenías por qué. —Le temblaba la barbilla—.

Eso mi hermano no lo va a saber nunca. Pero yo sí.

Anselmo empezó a llorar en silencio.

Y entonces Carmen Pena hizo algo que Lucía no olvidaría nunca. Alargó la mano y la apoyó sobre el brazo de su padre. No le cogió la mano. No le abrazó. Solo apoyó la mano, un momento, sobre la manga del traje negro, como se apoya uno en una barandilla al bajar una escalera mojada.

—Baja con cuidado la cuesta —le dijo—. Está resbaladiza.

Y se fue, con Antía de la mano, por el sendero de grava entre los nichos, hacia la puerta del cementerio.

Anselmo se quedó mirándola hasta que desapareció. Luego se volvió hacia Lucía.

—¿Quién era esa mujer? —preguntó, confuso, con los ojos todavía mojados—. Era muy amable.

Lucía tardó un momento en poder contestar.

—Una vecina, papá —dijo—. Una vecina de toda la vida.

Fue a ver a Martín el primer martes de diciembre.

Estaba en el módulo de enfermería de la cárcel de Teixeiro, a veinticinco kilómetros de Betanzos, entre pinares, una mole de hormigón gris rodeada de vallas y concertinas en mitad del monte.

Había pasado tres semanas en el Hospital Universitario de A Coruña.

Le habían quitado el bazo. Le habían reconstruido el hombro con dos placas de titanio.

Había estado dos días en la UCI y un cura le había dado la extremaunción, por si acaso, porque su madre, que vivía en una residencia de Pontedeume, lo había pedido.

Luego se había despertado. Y había preguntado por Uxía. Y luego, en voz muy baja, a la enfermera, por una sargento de la Guardia Civil.

La fiscal Arregui le había conseguido el estatus de colaborador.

Había declarado durante catorce horas, en tres sesiones, desde la cama del hospital.

Todo. Lo de 2019, el vídeo, la semirrígida, los pagos, la noche del 29 de septiembre y la llamada a Bieito.

Lo había contado todo con los ojos cerrados, sin pararse, sin pedir nada a cambio.

Cuando terminó, le preguntó a la fiscal si podía ver a su hija. La fiscal le dijo que sí.

Uxía había ido cuatro veces. Bea la llevaba desde León, la dejaba en la puerta y la esperaba en el coche.

La primera vez, la niña no quiso entrar.

La segunda, entró, se sentó en la silla junto a la cama con el abrigo puesto y no dijo nada durante una hora.

La tercera le llevó un libro. La cuarta le preguntó si de verdad había conducido una lancha en la niebla por el Canal do Morto con dos hombres armados y la había hecho encallar a propósito en un banco de arena a las cinco y cuarenta y cuatro de la madrugada.

Martín le dijo que sí. Uxía le dijo que eso era lo más de pirata que había hecho nunca nadie. Y se echó a llorar. Y él también.

Todo eso se lo contó a Lucía en la sala de visitas del módulo de enfermería, una habitación pequeña y fría con una mesa de formica atornillada al suelo, dos sillas de plástico y una ventana con barrotes que daba a un patio vacío.

Estaba muy delgado. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo y un chándal gris de la prisión. Se había vuelto a dejar barba. Tenía la cara pálida, de hospital, y los ojos grises más tristes que nunca, pero cuando Lucía entró se le iluminaron de una forma que ella hizo como que no vio.

—Has venido —dijo.

—Vine.

Se sentó frente a él. La mesa de formica entre los dos.

Hablaron de Uxía, de Bea, de León, del médico que le había operado, que era de Betanzos y había remado en el club de jovencito.

Hablaron del juicio, que sería en la Audiencia Nacional, probablemente dentro de un año o año y medio.

De lo que había dicho la fiscal: que si todo iba bien, con la colaboración y la atenuante de confesión y lo de la noche del Lombo, podía salir con cuatro o cinco años, quizás menos, quizás con un tercer grado pronto.

—Arregui ha dicho que testificarás tú en el juicio —dijo Martín—. Sobre esa noche. Sobre lo que hice.

—Voy a testificar.

—¿Y qué vas a decir?

Lucía le miró.

—La verdad, Martín. Que le diste a Bieito el nombre y el sitio de un chico de veintitrés años y que ese chico murió la noche siguiente.

Y que veintisiete días después, con una pistola en la nuca, metiste una lancha con mil kilos de cocaína en un banco de arena a la hora exacta y por eso hoy hay diecinueve detenidos y tres mil kilos menos en la calle y nadie más muerto en el fango.

—Hizo una pausa—. Las dos cosas. Porque las dos son verdad.

Martín bajó la vista a la mesa.

—Eso es justo.

—No sé si es justo. Es lo que pasó.

Se quedaron un rato callados. Al otro lado de la ventana con barrotes empezó a llover, una lluvia fina, de diciembre, que no se oía.

—Lucía —dijo Martín, sin levantar la vista—. Me dijiste en el puerto que cuando esto terminara no me querías volver a ver nunca.

—Lo dije.

—¿Sigue siendo verdad?

Lucía no contestó enseguida. Miró la lluvia en el patio vacío.

Pensó en el muro de la Ribeira, en las latas de cerveza, en el primero de agosto de 2001.

Pensó en la carpeta azul sobre la mesa de la cocina, casi a oscuras.

Pensó en el Lombo, en los juncos, en la sangre de él caliente entre sus dedos durante quince minutos.

No me dejes aquí solo.

Abrió el bolso. Sacó un libro. Era un libro de tapas duras, viejo, con las esquinas gastadas y el lomo despegado, de la biblioteca municipal de Betanzos, con una pegatina de código de barras en la portada. Una novela de piratas.

Lo dejó sobre la mesa de formica, entre los dos.

—Uxía me lo dio para ti —dijo—. Me pidió que te dijera que ya lo ha terminado y que el final es muy bueno, pero que no te lo cuenta, que lo leas tú. Y que lo tienes que devolver a la biblioteca antes del quince de enero, que si no la multan a ella.

Martín miró el libro. Lo tocó con la mano buena. Lo abrió por la primera página.

—¿Y tú? —preguntó, muy bajo.

Lucía se levantó. Se puso el chaquetón. Se colgó el bolso del hombro. Se quedó un momento de pie junto a la mesa, mirándole, con la mano en el respaldo de la silla de plástico.

—Yo no sé, Martín —dijo al fin—. Llevo veinticinco años sin saberlo. Puedo esperar un poco más.

Él levantó la vista del libro. La miró.

Ella no sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.

Luego se dio la vuelta y llamó a la puerta para que el funcionario le abriera.