Epílogo. Saludos desde Caracas
El Palacio de Congresos de Santiago estaba lleno hasta la bandera aquel domingo de enero.
Tres mil personas con banderitas blancas y azules, globos, pancartas con su nombre y su cara, música a todo volumen, focos, cámaras de televisión de todas las cadenas.
En la pantalla gigante del fondo del escenario, sobre un paisaje de rías y acantilados al atardecer, unas letras enormes: TERESA. LA GALICIA QUE VIENE.
Teresa Lema Vilariño salió al escenario a las doce y cuarto, con un traje de chaqueta azul claro, el pelo rubio recién cortado a la altura de la mandíbula, sin pendientes, sin collar, sin anillo de casada. El pabellón entero se puso en pie. La ovación duró cuatro minutos.
Habló durante cuarenta y cinco. Sin papeles.
Habló de su padre, marinero de Malpica, y del mar que se lo había tragado cuando ella tenía ocho años.
Habló de su madre limpiando pescado en la lonja.
Habló de las becas, de la biblioteca, del esfuerzo.
Habló de los últimos meses, los más duros de su vida, del dolor de descubrir que el hombre al que amaba la había traicionado, de la fuerza que había sacado de ese dolor.
Habló de la ría de Betanzos, de los narcos, de las madres que lloraban, de los jóvenes muertos en el fango.
Dijo que había llegado la hora de limpiar Galicia.
De que nunca, nunca más, el dinero sucio volviera a entrar en las instituciones gallegas.
De que ella iba a ser la presidenta de la honradez.
El pabellón entero lloró con ella.
Cuando terminó, bajó del escenario entre aplausos, abrazos, besos, flashes.
En el pasillo de bastidores, detrás de las cortinas negras, su jefe de gabinete, un chico de treinta años con el pelo engominado y un pinganillo en la oreja, le tendió una botella de agua y un teléfono móvil. El nuevo. El personal.
—Tiene un mensaje, presidenta —dijo, sonriendo, usando ya el título que todavía no tenía—. De un número que no conozco. Del extranjero.
Teresa cogió el teléfono. Miró la pantalla.
El prefijo era +58. Venezuela.
El mensaje decía:
Felicidades por el discurso, señora. Muy emocionante. Le recuerdo que tiene usted una deuda conmigo de treinta millones de euros y de dos hombres que están en una cárcel española por su culpa. No tengo prisa. En el trópico aprendemos a esperar. Ya hablaremos cuando sea presidenta. — E.L.
Teresa leyó el mensaje dos veces. Su cara no se movió. Ni un músculo. Ni un parpadeo.
Lo borró. Le devolvió el teléfono a su jefe de gabinete.
—Spam —dijo—. Bloquéalo.
Luego bebió un sorbo de agua, se arregló el pelo con dos dedos frente a un espejo de camerino, se puso la sonrisa, y volvió a salir al pasillo, donde la esperaban las cámaras de la Televisión de Galicia para la entrevista en directo.
En Betanzos, en la cocina de la casa de la Ribeira, Lucía Varela apagó la televisión.
Su padre se había quedado dormido en la silla, con la barbilla sobre el pecho y la manta de cuadros sobre las rodillas. Fuera llovía, una lluvia fina de enero que no se oía, y la ría estaba gris, quieta, con la marea a media subida.
Llamaron a la puerta.
Era el cartero, un chico joven de Abegondo que se llamaba Iván y que repartía en la Ribeira desde el verano.
Le tendió un puñado de cartas: la factura de la luz, un folleto de un supermercado, una carta del Ministerio del Interior que Lucía ya sabía lo que decía porque se lo habían adelantado por teléfono: el archivo definitivo del expediente disciplinario de 2024, con una nota de reconocimiento y la propuesta de su ascenso a sargento primero, que ella todavía no había decidido si iba a aceptar. Y otra cosa.
Una postal.
Lucía se quedó mirándola en el umbral, con la puerta abierta y la lluvia fina entrando en el pasillo.
Era una vista aérea de una ciudad entre montañas, con rascacielos blancos y una autopista llena de coches. En una esquina, en letras rojas: SALUDOS DESDE CARACAS.
Le dio la vuelta.
La letra era pulcra, inclinada hacia la derecha, escrita con pluma estilográfica y tinta azul.
Sargento Varela:
Nelson tenía razón sobre usted.
Le escribo para decirle que no le guardo rencor. En mi oficio, como en el suyo, se gana y se pierde. Usted ganó esta vez. Lo reconozco.
Pero el mar es muy grande, y Galicia tiene muchas rías. Y las mareas, como usted sabe mejor que nadie, siempre vuelven.
Cuide a su padre. E.L.
Lucía se quedó mucho tiempo de pie en el umbral, con la postal en la mano, mirando la ría.
Luego cerró la puerta. Fue a la cocina. Abrió el cajón de la mesa, donde su padre había guardado durante treinta años la libreta de tapas negras de los fiados del bar. Metió la postal dentro, entre las páginas amarillentas, junto al hueco de la hoja arrancada en 1994.
Cerró el cajón.
Se sentó frente a su padre dormido. Le arregló la manta de cuadros sobre las rodillas. Le apartó un mechón de pelo blanco de la frente.
Por la ventana de la cocina, entre las gotas de lluvia en el cristal, se veía un trozo de ría.
La marea seguía subiendo. Despacio, gorda, paciente, sin hacer ruido, el agua empujaba contra los muros de piedra de la Ribeira y trepaba peldaño a peldaño por la escalera del muelle viejo, cubriendo las algas, cubriendo el fango, cubriendo las huellas.
Como siempre. Como desde antes de que nadie se acordara. Lucía se quedó mirándola hasta que se hizo de noche.
La marea no devuelve a nadie, decían los viejos. Pero los viejos se equivocaban. La marea lo devuelve todo. Solo hay que saber esperar. Y estar allí cuando sube.
FIN