La última pleamar (El secreto de la ría 1) 43. Lo que devuelve la marea
96%

43. Lo que devuelve la marea

No empezó. El juez central de instrucción de la Audiencia Nacional había suspendido cautelarmente todas las obras de Porto Mandeo cuatro días antes, había embargado las cuentas de Atlântica Mar, de Salgadeira do Mandeo y de Depuradora Brañas, y había precintado la nave.

Las grúas amarillas seguían quietas junto a los pantalanes, con los brazos levantados hacia el cielo gris como animales asustados.

Las excavadoras, dormidas. Las montañas de arena, tapadas con sus lonas negras que el viento levantaba como alas.

En la depuradora, en cambio, había mucho movimiento.

Lucía llegó a las ocho y media de la mañana.

Había llovido toda la noche y el aire olía a tierra mojada, a eucalipto y a sal.

En la explanada había dos furgonetas de la Policía Científica, un camión con una pequeña excavadora de orugas sobre la plataforma, el coche de la Fiscalía y un todoterreno de la Guardia Civil del puesto de Betanzos.

Y había gente. Más de la que había esperado.

Inés Arregui, con el mismo traje negro y un paraguas negro, hablando con un hombre de la Científica junto a la puerta de la nave.

La doctora Castiñeira, con sus botas de pescador y sus gafas rojas, fumando un cigarro debajo de un eucalipto, ella que no fumaba.

La jueza Pilar Vence, del Juzgado de Betanzos, con un abrigo de lana marrón y el moño blanco, que había pedido a la Audiencia Nacional estar presente como observadora y a quien nadie había tenido valor de decirle que no.

Sabela Rey, con su cámara colgada al cuello, al otro lado de la cinta, sin fotografiar nada todavía.

Xurxo, de uniforme, con la gorra en la mano.

Y, junto a la cinta, sola, con un abrigo negro y un pañuelo negro en la cabeza, apoyada en el capó del todoterreno de la Guardia Civil, Carmen Pena.

Lucía se acercó a ella.

—Carmen. No tenías por qué venir.

—Treinta y dos años esperando —dijo Carmen, sin apartar la vista de la puerta de la nave—. No lo voy a dejar solo ahora.

Tardaron cuatro horas.

Primero vaciaron el tanque de la suciedad acumulada, de las hojas secas que habían entrado por los tragaluces del techo, de un gorrión muerto.

Luego la excavadora pequeña, guiada por un operario de la Científica con un casco blanco, picó el alicatado blanco del fondo.

Debajo apareció una capa de hormigón gris, de unos veinte centímetros, la de la reforma de 2019.

La picaron también, despacio, a golpes cortos, con mucho cuidado, mientras dos técnicos de la Científica iban retirando los cascotes a mano y metiéndolos en cubos.

Debajo había otra capa de hormigón, más vieja, más oscura, con la superficie rugosa y llena de pequeñas conchas incrustadas. La solera del 94.

Ramiro había mandado hacerla con arena de la ría.

Cuando el operario empezó a picar la segunda capa, la doctora Castiñeira bajó al tanque y le dijo que parara. Que a partir de ahí seguían a mano. Con palas pequeñas, con paletas de albañil, con cepillos, como los arqueólogos.

A la una y diez, un técnico de la Científica que estaba arrodillado en el fondo de la excavación, a un metro y treinta centímetros de profundidad, en la esquina noroeste, se quedó quieto. Dejó la paleta. Levantó una mano.

Castiñeira bajó.

Lucía estaba arriba, en el borde del tanque, junto a Arregui. Vio a la forense arrodillarse junto al técnico. La vio quitarse las gafas. La vio inclinarse sobre algo que había en la tierra negra, húmeda, salada. La vio quedarse inmóvil un largo rato.

Luego Castiñeira levantó la cabeza y miró hacia arriba. Hacia Lucía. Asintió una sola vez.

Lucía sintió que se le doblaban las rodillas. Se apoyó en el borde del tanque.

Fuera, junto a la cinta, Carmen Pena no podía ver nada.

Pero se dio cuenta. Lucía nunca supo cómo.

Quizás por el silencio que se hizo de golpe dentro de la nave, cuando todos los que estaban alrededor del tanque dejaron de hablar a la vez.

Quizás por algo más antiguo, más profundo, algo que no tiene nombre y que saben las hermanas.

Carmen se separó del todoterreno, pasó por debajo de la cinta, y ningún guardia se atrevió a detenerla.

Caminó por la explanada mojada, entró en la nave, recorrió el pasillo entre los tanques de agua clara donde todavía dormían las almejas abandonadas, y se detuvo junto al borde del tanque 3.

Miró hacia abajo.

En la tierra negra del fondo de la excavación, a medio descubrir, había una forma.

Una forma acurrucada de lado, con las rodillas dobladas, como duermen los niños.

Restos de tela oscura, podrida, de lo que había sido una chaqueta vaquera, todavía con un parche descolorido en el hombro donde se adivinaba el dibujo de una calavera con una rosa.

Unas botas. Huesos. Y en lo que había sido una muñeca, entre la tierra, un reloj de plástico negro, barato, con la correa rota y la esfera cubierta de barro.

Un Casio.

Carmen se arrodilló en el borde del tanque. No lloró. No gritó. Se quedó de rodillas sobre el suelo de terrazo de la depuradora, con las manos juntas sobre el regazo, mirando a su hermano.

—Hola, Andrés —dijo, muy bajo—. Ya estoy aquí.

Nadie habló. Nadie se movió. En toda la nave solo se oía el agua cayendo de las tuberías azules sobre los tanques, con su ruido constante, monótono, como de lluvia.

Lucía se acercó a Carmen y se arrodilló a su lado.

Sacó del bolsillo del chaquetón una bolsita de terciopelo azul que le había dado la doctora Castiñeira esa misma mañana, al llegar, junto con un sobre con el membrete de un laboratorio de genética forense de Santiago.

El sobre decía lo que Lucía ya sabía: que la sangre de los eslabones de la cadena era de un varón emparentado en primer grado con Carmen Pena Lado, con una probabilidad del 99,98 por ciento.

Abrió la bolsita. Sacó la cadena fina de oro, rota por un eslabón, limpia ya, brillante, con la medalla pequeña de la Virgen del Carmen colgando. A.P. 1975 .

Se la puso a Carmen en las manos.

—Lito Cancela la encontró en el fango, aquí al lado, la mañana del quince de octubre de 1994 —dijo—. La guardó treinta y dos años. Debajo de una dorna. Dejó escrito que la tuvieras tú.

Carmen miró la medalla. La cogió entre los dedos. Le dio la vuelta. Pasó el pulgar sobre las letras grabadas.

—Se la regalé yo —dijo—. Cuando cumplió dieciocho. Ahorré tres meses. Era de oro de verdad. Le dije que era para que la Virgen del Carmen lo cuidara en el mar. —Cerró la mano sobre la medalla—. No lo cuidó.

—No.

—Pero me lo ha traído de vuelta. —Carmen se llevó el puño cerrado al pecho—. Al final, me lo ha traído de vuelta.

Y entonces sí, por fin, Carmen Pena se echó a llorar.

Lloró de rodillas en el borde del tanque, con la medalla apretada contra el corazón, con la cabeza apoyada en el hombro de Lucía, con un llanto largo, hondo, antiguo, que llevaba treinta y dos años esperando en una cocina con la radio puesta.

Lucía la abrazó. La sostuvo. No dijo nada.

Detrás de ellas, de pie junto a la puerta de la nave, con su abrigo marrón y su moño blanco, la jueza Pilar Vence se quitó las gafas de cadena y se las limpió con un pañuelo durante mucho tiempo.

Esa tarde, Sabela publicó en El Eco de las Mariñas el primero de una serie de nueve reportajes que tituló «La última pleamar».

Lo leyeron doscientas mil personas en veinticuatro horas.

Lo reprodujeron La Voz de Galicia , El País , la Cadena SER y la BBC.

Al tercer día, una editorial de Barcelona la llamó para ofrecerle un libro.

En las semanas siguientes, los periódicos fueron contando el resto.

Contaron que Brais Carballo Leis, de veinticuatro años, alias el del Chucho, había confesado ante la fiscal Arregui que fue él quien golpeó con un bichero de aluminio a Iago Souto la madrugada del 1 de octubre, y que cuatro días después, por orden de Bieito Castro, que a su vez la había recibido de alguien de la Guardia Civil que les avisó de que una sargento y una periodista habían visitado al viejo, fue con Antonio Mosquera a la caseta de Lito Cancela en Ponte do Porco, de madrugada, y entre los dos lo sujetaron boca abajo en el fango hasta que dejó de moverse.

Que se llevaron tres fotos de la pared. Que no encontraron la lata de galletas debajo de la dorna porque el perro no les dejó acercarse.

Contaron que Yorman Pérez, de treinta y un años, ciudadano venezolano con pasaporte colombiano falso, había confesado haber matado a Ramiro Castro Pazos en el jardín de su pazo con un disparo en la sien, por orden de Ernesto Lander Salcedo, y con el conocimiento de su hijo, Bieito.

Y haber matado, junto a Darwin Pérez, a Antonio Mosquera, después de tenerlo dos días encerrado en una cámara frigorífica de una nave de Bergondo preguntándole dónde estaba la novia de Iago Souto y qué le había contado a su primo el guardia civil.

Toño no había dicho nada. Nada. Ni una palabra, según Yorman, en dos días.

Contaron que Bieito Castro colaboraba con la Fiscalía Especial Antidroga.

Que había entregado más de cuatrocientas horas de grabaciones.

Que había alcaldes, concejales, funcionarios de la Xunta, un juez de Ferrol, empresarios de A Coruña y de Vigo.

Que la estructura societaria de Atlântica Mar llegaba, a través de Panamá y Madeira, hasta tres sociedades venezolanas controladas por Ernesto Lander y por un coronel de la Guardia Nacional Bolivariana llamado Hermes Briceño, sobre los que el Juzgado Central número 4 había dictado órdenes internacionales de busca y captura que Venezuela no iba a ejecutar nunca.

Contaron que Álvaro Seoane, promotor de Porto Mandeo, había sido detenido en el aeropuerto de Alvedro con un billete para Miami.

Contaron que Fernando Arnoso, consultor, marido de la vicepresidenta de la Diputación de A Coruña, estaba en prisión provisional en Teixeiro acusado de blanqueo de capitales y encubrimiento, y que su abogado, uno de los más caros de Madrid, sostenía que su cliente había acudido a la depuradora aquella madrugada a recoger documentación para un informe técnico y que desconocía el contenido de la bolsa que le entregaron.

Contaron también que, cuando su abogado dejó de sostener lo insostenible, Fernando Arnoso, en su nueva declaración ante el juez, había asumido toda la responsabilidad.

Que el dinero de la bolsa era suyo. Que era él quien había usado de madrugada el coche oficial de su mujer, sin que ella lo supiera.

En las grabaciones de Bieito, Teresa Lema no aparecía nunca con su nombre, solo como «la señora», y siempre a través de su marido.

Y la foto de Iago seguía siendo lo que había dicho la fiscal en Santiago: una mujer rubia, de perfil, en un aparcamiento.

Y contaron que Teresa Lema, en una rueda de prensa con la voz quebrada y los ojos enrojecidos, había anunciado que iniciaba los trámites de divorcio.

Que había sido engañada durante años por el hombre al que más quería.

Que no sabía nada, absolutamente nada, de las actividades de su marido.

Que se ponía a disposición de la justicia para lo que hiciera falta.

Y que, a pesar del dolor personal, no iba a abandonar su compromiso con los gallegos.

Su partido la respaldó por unanimidad.

El comandante Ignacio Ferrín Couceiro fue enterrado en el cementerio de Sada un viernes por la mañana, con lluvia, en una ceremonia privada a la que solo asistieron su mujer, sus dos hijas y su hermana. No hubo honores. No hubo bandera. No hubo nadie de la Guardia Civil.

Lucía fue. Se quedó lejos, junto a la tapia del cementerio, bajo un paraguas, y no se acercó.

Cuando terminó, la hija mayor de Ferrín, una mujer de unos treinta años, alta y seria como su padre, cruzó el cementerio bajo la lluvia y se detuvo frente a ella.

—Usted es la sargento Varela.

—Sí.

—Mi padre dejó una carta. Para nosotras. Y dentro había otra, cerrada, con su nombre. —Le tendió un sobre blanco, mojado por la lluvia—. No la hemos abierto.

Lucía la cogió. La hija de Ferrín la miró un momento más, con los ojos castaños de su padre, rodeados ya de arrugas de no haber dormido. Luego se dio la vuelta y se fue.

Lucía abrió la carta esa noche, en la cocina de la Ribeira, cuando su padre ya dormía.

Era muy breve. Una sola hoja, escrita a mano, con una letra pulcra y regular de oficial que conocía bien de cien informes firmados.

Lucía:

No hay nada que pueda decir que cambie lo que hice. No lo intento.

Solo quiero que sepas una cosa que es verdad, aunque ya no tengas ninguna razón para creer nada de lo que yo te diga. Aquella mañana, en mi despacho, cuando te abracé, no fingía. Lloré esa noche en mi casa como no he llorado nunca. Lo he soñado cada noche desde entonces.

Nelson tenía razón. Eres la persona más honesta que he conocido. Yo también lo era, hace mucho. Antes de deber dinero. Antes de tener miedo.

Cuida a tu padre. Y no te fíes nunca de nadie que te diga que te protege.

I.F.

Lucía la leyó dos veces. Luego la dobló, la metió en el sobre, y la guardó en la caja de zapatos que tenía escondida debajo del suelo del altillo de su habitación, junto a las cartas de Martín de cuando tenía diecisiete años.

No supo por qué. Pero la guardó.