42. La noche (III) #2
—Escúcheme antes de decir que no. —Se inclinó hacia delante—.
Teresa Lema va a salir de esto limpia. Usted lo sabe.
La fiscal lo sabe. Su marido va a decir que vino a recoger documentación para un informe de consultoría, que no sabía lo que había en la bolsa, que se la dio un empleado.
Le va a caer algo, blanqueo, encubrimiento, unos años.
Él lo va a aguantar porque la quiere y porque ella le va a pagar los mejores abogados de Madrid.
Y Teresa va a dar una rueda de prensa llorando, va a decir que su marido la ha engañado, que no sabía nada, que se divorcia.
Y en seis meses va a ser candidata a la Xunta. Y en un año, presidenta.
—¿Y qué me ofrece usted?
—Grabaciones. —Bieito sonrió—. No de ella.
Ella es más lista que eso; siempre llamaba desde teléfonos que no puedo grabar, y siempre en gallego, que el software de mi informático no transcribe bien.
Pero tengo grabaciones de Ferrín. Tengo grabaciones de Seoane.
Tengo grabaciones de tres alcaldes, dos concejales de urbanismo, un director general de Puertos de la Xunta y un juez de Ferrol.
Tengo cinco años de llamadas. Y tengo los nombres reales de los socios de Orinoco Holdings, de Ilhéu Azul, de toda la estructura, hasta Lander y hasta el coronel Briceño y hasta los que pusieron el dinero en Madrid.
—Hizo una pausa—. Lo único que no tengo es a Teresa.
Pero tengo a todos los que la rodean. Con eso, alguien con paciencia puede llegar a ella en tres o cuatro años. Usted tiene paciencia. Yo lo sé.
—¿Y a cambio?
—Testigo protegido. Una celda individual en Soto del Real, no aquí en Galicia. Y que nadie le toque un pelo a mi mujer y a mis hijos. —Señaló con la barbilla el ordenador apagado—. Ellos no saben nada. Nunca han sabido nada. Mi mujer cree que soy abogado mercantil.
Lucía le miró. Bieito Castro, sentado en el suelo de su oficina, con las manos negras de hollín y la camisa blanca manchada, con los ojos de su padre, a medio metro de una pistola con cachas de nácar.
—No soy yo quien decide eso —dijo—. Es la fiscal.
—Ya lo sé. Pero usted se lo puede decir.
—Se lo diré.
Bieito asintió despacio. Luego, con dos dedos, cogió la pistola plateada del suelo por el cañón y se la tendió a Lucía, culata por delante.
Ella la cogió. La descargó. Se la guardó en el bolsillo del pantalón.
—Levántese, señor Castro.
Él se levantó. Se puso de espaldas a ella. Juntó las manos a la espalda. Lucía sacó las esposas del cinturón y se las puso, despacio, ajustándolas bien a las muñecas, sin apretar de más.
—Bieito Castro —dijo—, queda usted detenido por homicidio, tráfico de drogas, blanqueo de capitales y organización criminal.
Él no dijo nada. Lucía le leyó sus derechos despacio, palabra por palabra, como se los había leído a cientos de hombres en Madrid. Luego abrió la puerta de la oficina.
Al salir, Bieito se detuvo un momento junto al borde del tanque 3. Miró hacia abajo, al fondo de azulejo blanco, sucio, seco. Se quedó así dos segundos, tres.
—Mi padre se santiguaba cada vez que pasaba por delante de esta nave en coche —dijo, sin volverse—. Toda la vida. Yo creía que era por superstición. Hasta que cumplí dieciocho años y me lo contó.
—Lo sé.
—Ese chico está ahí abajo desde que yo era un crío. —Bieito levantó la vista hacia ella—. ¿Le va a sacar?
—Le voy a sacar.
—Bien —dijo—. Ya era hora.
Y echó a andar por el pasillo entre los tanques, hacia la puerta de la nave, hacia los focos del GEO y la niebla que se levantaba y la luz gris del amanecer, con las manos esposadas a la espalda y la cabeza alta.
A las nueve, cuando ya era de día y la niebla se había deshecho del todo sobre la ría, Lucía salió a la rampa y se sentó en el muro de hormigón, junto al muelle de madera roto, con un vaso de café de máquina que alguien le había puesto en las manos y una manta térmica plateada sobre los hombros.
La marea estaba ya muy baja.
Desde allí se veía la ría entera, vacía, convertida en una llanura inmensa de fango gris que brillaba bajo el sol naciente, surcada por los hilos de plata de los canales.
Las gaviotas se posaban en los bancos de arena por cientos, chillando.
Una garza blanca caminaba despacio por la orilla, levantando las patas con cuidado.
Y a lo lejos, a dos kilómetros, en la orilla norte, frente a un eucalipto enorme con la copa partida, en mitad del Canal do Morto ahora seco, se veía el Lombo: un banco de arena blanca de conchas, ancho, ovalado, como el lomo de una ballena varada.
Y clavada en el centro, con la proa levantada hacia el cielo, una semirrígida gris rodeada de fardos negros esparcidos por la arena, a la vista de todo el mundo.
A la vista desde el puente. Desde la carretera. Desde las ventanas de todas las casas de la ría.
Lucía pensó en un chico de diecinueve años, en ese mismo banco, con el agua bajándole por los muslos, mirando hacia atrás desde los juncos.
Mañana, cuando amaneciera, aquello se vería desde el puente, desde la carretera, desde las ventanas de todas las casas de la ría.
Treinta y dos años después, por fin, se veía.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Era Xurxo, desde la Alcatraz .
—Sargento. —Su voz sonaba extraña, rota—. Acaban de llamar de la Comandancia. Al teniente Iglesias. Ha aparecido el coche del comandante Ferrín en el monte de San Pedro, en A Coruña. En el mirador. De cara al mar. Estaba dentro. —Una pausa—. Con su arma reglamentaria.
Lucía cerró los ojos.
—¿Muerto?
—Muerto.
Se quedó en silencio. Pensó en un hombre alto de pelo gris cortado a cepillo levantándose de detrás de una mesa a las seis de la mañana para darle un abrazo.
Pensó en una niña con un cuaderno de Lengua.
Pensó en una silla caída en el suelo de la cocina de su padre, recogida y colocada en su sitio con cuidado, alineada con las otras.
Yo ya no estoy a tiempo de nada.
—Gracias, Xurxo —dijo.
—¿Estás bien?
—No.
—Yo tampoco.
Colgó. Se quedó mirando la ría vacía, el fango brillante, el Lombo con su lancha varada.
Inés Arregui salió de la nave y se sentó a su lado en el muro, sin decir nada. Se quitó las gafas. Se frotó los ojos con dos dedos. Se quedaron así un rato, las dos, sin hablar, mirando el sol subir sobre los montes de Coirós.
—Tres mil ciento ochenta kilos —dijo la fiscal al fin—.
Entre lo de aquí, lo del Lombo y lo de Mera.
Diecinueve detenidos. Las dos lanchas de Mera interceptadas en la playa con los portugueses dentro.
El atunero escapó hacia el sur, pero la Armada lo ha interceptado a las seis a cuarenta millas de Finisterre.
Los portugueses han entrado en Oporto. Riaño está en el despacho del Cantón Grande con un camión de mudanzas lleno de cajas.
—Hizo una pausa—. Es la operación más grande contra el narcotráfico en Galicia en veinte años.
—Teresa Lema no estaba.
—No. No estaba. —Arregui se volvió a poner las gafas—.
Pero su marido sí. Y su marido tiene cincuenta y seis años, una úlcera de estómago y ningún antecedente.
Y ahora mismo está en el asiento trasero de un coche patrulla llorando como un niño y preguntando por su abogado.
—Miró a Lucía—. A veces, sargento, no se tumba el árbol de un hachazo.
Se tumba quitándole la tierra de debajo, poco a poco. Con paciencia.
—Eso me ha dicho alguien esta noche.
—¿Quién?
—Un hombre que quería hacerme una oferta.
Arregui la miró de reojo. No preguntó más. Ya habría tiempo.
Se quedaron allí sentadas hasta las once y cinco, cuando la marea, en el mínimo exacto, dejó de bajar.
Durante un minuto, quizás dos, la ría entera se quedó completamente quieta.
Ni un murmullo entre los juncos, ni un hilo de corriente en los canales.
Todo el fango gris inmóvil bajo el sol, como un animal enorme que contiene la respiración.
Luego, muy despacio, empezó a subir otra vez.