La última pleamar (El secreto de la ría 1) 42. La noche (III)
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42. La noche (III)

La depuradora estaba tomada cuando Lucía llegó, a las seis y cuarenta, en la Petrel , que había bajado a buscarla al Lombo mientras la Alcatraz se quedaba custodiando la lancha varada y los fardos.

La explanada parecía un campo de batalla después de la batalla.

Había seis furgonetas aparcadas de cualquier manera, con las puertas abiertas y las luces azules girando en la niebla, que empezaba a levantarse en jirones.

Había agentes del GEO con pasamontañas y fusiles de asalto de pie junto a la nave.

Había siete hombres tumbados boca abajo en el suelo de hormigón de la rampa, con las manos esposadas a la espalda, temblando de frío, entre ellos un chico gordo de unos veinticinco años con una sudadera del Deportivo que lloraba y repetía una y otra vez que él solo descargaba, que él solo descargaba, que él no sabía nada.

Brais, el hijo del Chucho. El del bichero.

Había fardos por todas partes. En la rampa, en el muelle de madera roto, dentro de la nave, en la caja del camión frigorífico con las puertas abiertas. Los de la UDYCO los estaban contando y fotografiando uno a uno, con guantes, colocándolos en filas sobre unas lonas azules.

Y había, sentado en el asiento trasero de un coche patrulla con la puerta abierta, con las manos esposadas sobre las rodillas y las gafas de pasta torcidas sobre la nariz, un hombre bajo de unos cincuenta y cinco años, con un abrigo de lana bueno y la cara del color de la ceniza.

A sus pies, en el suelo del coche, dentro de una bolsa de pruebas transparente del tamaño de una maleta, había una bolsa de deporte negra abierta.

Dentro se veían fajos de billetes de quinientos euros.

Fernando Arnoso miró a Lucía cuando pasó junto al coche. Abrió la boca como si fuera a decirle algo. Luego la cerró.

Inés Arregui la esperaba junto a la puerta de la nave, con un chaleco de la Fiscalía encima del traje negro y un walkie-talkie en la mano. Vio las manos de Lucía, rojas hasta los codos, y la ropa empapada de fango y de sangre.

—¿Pereiro?

—Vivo. Se lo ha llevado el helicóptero. Dos disparos. No sé más.

—¿Y usted?

—Bien.

Arregui la miró por encima de las gafas un largo rato. Luego se volvió hacia la nave.

—Castro está dentro —dijo—. En la oficina.

Se ha encerrado al principio de todo, cuando entramos.

Tiene un arma. Ha disparado una vez a través de la puerta cuando el GEO intentó entrar.

No ha herido a nadie. Lleva casi dos horas quemando papeles en una papelera.

Dice que solo va a hablar con una persona.

—Conmigo.

—Con usted.

Lucía miró hacia la nave. Desde la puerta se veía el pasillo central entre las dos filas de tanques, las cortinas de agua clara que seguían cayendo de las tuberías azules, los focos del GEO iluminándolo todo con una luz blanca y cruda.

Y al fondo, junto a la pared más cercana a la rampa, al lado del tanque 3 vacío con su cinta de plástico rojo y blanco, una puerta metálica cerrada con un ventanuco de cristal esmerilado.

Detrás del cristal, una luz anaranjada, temblorosa. Fuego.

—El inspector Riaño no quiere que entre —dijo Arregui—. Dice que es un riesgo innecesario. Que esperemos. Que se le acabarán los papeles y saldrá. O que entraremos con gases.

—¿Y usted qué dice?

La fiscal tardó en contestar.

—Yo digo que hay cosas en esa papelera que me gustaría que no ardieran —dijo—. Y que usted se ha ganado entrar ahí más que nadie. Pero que si entra, entra bajo su responsabilidad. Y que si ese hombre le hace algo, me voy a pasar el resto de mi vida arrepintiéndome de habérselo permitido.

Lucía se quitó el casco. Se quitó el chaleco antibalas empapado, que pesaba como una losa. Se quedó con el jersey sucio y la pistola en la funda del cinturón.

—No me va a hacer nada —dijo—. No es como su padre. Su padre lo habría hecho. Él no.

Entró en la nave.

Caminó por el pasillo central entre los tanques, despacio, con las manos a la vista, apartadas del cuerpo.

El agua caía de las tuberías azules sobre las almejas dormidas en sus cajas de plástico perforado, con un ruido constante, monótono, como de lluvia.

Los agentes del GEO, apostados detrás de los tanques con los fusiles apuntando a la puerta del fondo, la miraron pasar sin decir nada.

Se detuvo a tres metros de la puerta metálica, junto al borde del tanque 3. El tanque vacío. La cinta de plástico rojo y blanco. El cartel plastificado: FUERA DE SERVICIO. MANTENIMIENTO. El fondo de azulejo blanco, sucio, seco, con manchas de cal.

Un metro y medio por debajo de ese azulejo, debajo de dos capas de hormigón, en el rincón noroeste de lo que había sido una oficina de ladrillo con una estufa de butano, había un chico de diecinueve años dormido de lado con las rodillas dobladas, con sus botas, su chaqueta vaquera y un reloj Casio que le había regalado su hermana por su santo.

—Bieito —dijo Lucía, en voz alta—. Soy Varela.

Silencio. Luego, detrás de la puerta, el chasquido de un cerrojo.

—Entre. Sola. Y cierre detrás de usted.

Lucía abrió la puerta.

La oficina era un cuarto pequeño, de unos cuatro metros por tres, con las paredes de bloque pintadas de blanco, un escritorio metálico, dos sillas de oficina, un archivador, un calendario de una naviera panameña y un ordenador con la pantalla apagada.

Olía a humo, a papel quemado y a plástico derretido.

En el centro, sobre el suelo de terrazo, una papelera metálica ardía con una llama baja, anaranjada, que se reflejaba en las paredes.

Bieito Castro estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared del fondo, junto a la papelera, con las piernas estiradas.

Se había quitado el abrigo de cachemira y lo tenía hecho un ovillo a su lado.

Llevaba la camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata, con las mangas remangadas, y tenía las manos negras de hollín.

Las gafas sin montura las había dejado en el suelo, junto a una pistola pequeña, plateada, de cachas de nácar.

No la cogió cuando Lucía entró. Solo la miró.

Sin las gafas parecía más joven. Y más cansado. Tenía los ojos muy claros, casi transparentes. Lucía no se había dado cuenta antes, detrás de los cristales. Eran los ojos de su padre.

—Cierre la puerta, sargento.

Lucía la cerró. Se quedó de pie junto a ella, con las manos a la vista.

—¿Qué está quemando?

—Ya nada. —Bieito miró la papelera—. Ya está casi todo.

Contabilidad. Correspondencia. Unas cosas de Oporto, otras de Panamá.

Nada que no puedan reconstruir sus amigos de Hacienda en tres o cuatro años si se ponen.

—Sonrió—. Me gusta ponerle las cosas difíciles a la gente. Es una deformación profesional.

—¿Por qué quería hablar conmigo?

—Porque es usted la única persona en todo esto a la que respeto.

—Bieito se apoyó la cabeza contra la pared—.

¿Sabe? Llevo toda la vida rodeado de gente que quiere algo.

Mi padre quería que fuera mejor que él. Lander quiere dinero.

Ferrín quería que le pagaran las deudas.

Seoane quería que le salvaran la empresa.

Teresa quiere ser presidenta de la Xunta.

Todos querían algo. Usted es la única que no quería nada. Solo quería saber.

—Quería saber quién mató a Iago Souto.

—Brais. Con un bichero. Ya lo sabe. —Bieito se encogió de hombros—.

Pero no fue Brais quien lo mató. Brais solo le dio el golpe.

Lo mató la llamada que hice yo desde aquí fuera, desde esa puerta, a una mujer sentada en un coche oficial a medio kilómetro.

Lo mató la respuesta que me dio esa mujer.

Lo mató mi padre haciéndole un nudo en las muñecas mientras todavía respiraba, por orgullo, para que todo el pueblo se acordara de él.

Y lo mató Martín Pereiro, que me llamó la noche antes para decirme dónde iba a estar el chico.

—Hizo una pausa—. A Iago Souto lo matamos todos un poco, sargento.

Como a Andrés Pena. Así funciona esto. Nadie mata a nadie del todo. Todos matan un poco.

—¿Y a su padre? ¿Quién lo mató un poco?

Bieito no contestó enseguida. Se quedó mirando la llama de la papelera, que empezaba a apagarse.

—Tomé café con él —dijo al fin—. El domingo por la noche.

Después de que usted se fuera del pazo. Fui a verle.

Estaba en el banco del jardín, mirando la ría, con la bandeja y las dos tazas.

Me estaba esperando. Me sirvió café. Hablamos de mi madre.

Hablamos de cuando yo era pequeño y me llevaba en la planeadora a ver los delfines en la boca de la ría, de madrugada, antes de que existiera nada de esto.

—La voz de Bieito se volvió más ronca—. Y luego me dijo que se lo había contado todo a usted.

Todo. La fecha, la hora, las lanchas, el Canal do Morto.

Que prefería que lo quemara todo una guardia civil antes que dejárselo a Lander y a Teresa.

Me lo dijo mirándome a los ojos. Me lo dijo como un regalo.

—¿Y usted?

—Yo no me bebí el café. —Bieito levantó la vista hacia ella—.

Me levanté, le di un beso en la frente y me fui.

Y en la puerta del jardín me crucé con Yorman, que estaba esperando en el coche.

No le dije nada. No hizo falta. Él sabía para qué estaba allí.

Yo también. —Hizo una pausa—. Mi padre también, sargento. Por eso puso dos tazas.

Lucía sintió que se le revolvía el estómago.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque ya no importa. Porque me van a caer cuarenta años de todos modos. Y porque quiero que alguien sepa que no fue fácil. —Bieito cogió las gafas del suelo y se las puso—. Y porque quiero hacerle una oferta.

—No hay ofertas.