La última pleamar (El secreto de la ría 1) 41. La noche (II)
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41. La noche (II)

—¡Detrás de ellos! —gritó Lucía—. ¡Brandariz, detrás!

El patrón no necesitó que se lo dijeran dos veces. Giró el timón a babor, la Alcatraz se inclinó sobre el agua hasta que el tubo neumático rozó la superficie, y salió en persecución de la estela blanca que la semirrígida gris dejaba en la niebla.

Por la radio, la voz de Arregui:

—Alcatraz, confirme. ¿Ha huido una lancha?

—Huida una lancha con dos sospechosos armados y un rehén —dijo Brandariz, sin apartar la vista del agua—. Rumbo a la boca por el canal norte. La seguimos.

—Petrel, cierren la salida del canal. Fulmar, mantengan posición fuera de la boca.

—Petrel recibido. Entrando en la ría.

La niebla era tan espesa que no se veía la proa desde la popa.

Brandariz conducía guiándose solo por la pantalla del radar, donde un pequeño eco amarillo se alejaba delante de ellos a doscientos metros, zigzagueando entre las curvas del canal.

Y por el móvil de Lucía, que ella sostenía con las dos manos delante de su cara como una brújula: el punto azul de la baliza de Martín, parpadeando en el mapa, bajando por la línea fina del Canal do Morto hacia la boca.

—Van muy rápido —dijo Brandariz—. Conoce el canal mejor que yo. No toca nunca el fondo.

—Lo conoce desde niño.

—Pues si sigue así, sale a la boca en diez minutos. Y allí está la Petrel .

—No va a salir —dijo Lucía.

Brandariz la miró de reojo.

—¿Por qué?

Lucía no contestó. Miró el reloj. Las cinco menos cinco.

Sobre el Lombo do Morto había ahora ochenta centímetros de agua. A las seis menos cuarto habría sesenta.

Cincuenta minutos.

—Se va a frenar —dijo—. Tú síguele. No le adelantes. No le acoses. Mantén la distancia.

—¿Qué?

—Hazme caso, Brandariz. Por favor.

El patrón la miró un segundo más. Luego asintió y quitó un poco de gas.

A las cinco y cinco, el eco amarillo del radar empezó a ir más despacio.

Lo vieron todos en la pantalla. La semirrígida gris, que había bajado por el canal a treinta nudos, redujo a veinte, a quince, a diez. Empezó a dar bandazos, a zigzaguear de un lado a otro del canal sin ninguna razón aparente, a detenerse casi del todo y volver a arrancar.

—¿Qué le pasa? —preguntó Xurxo.

—Está fingiendo una avería —dijo Lucía—. Está ganando tiempo.

En el auricular, la voz de Arregui:

—Alcatraz, ¿por qué se frena el objetivo?

—Posible avería —dijo Brandariz, mirando a Lucía.

—Aprovéchenlo. Abórdenlo.

—No —dijo Lucía, quitándole la radio de las manos a Brandariz—. Fiscal, soy Varela. Necesito que nos dé hasta las seis menos cuarto. No abordemos todavía. Si nos acercamos ahora, los venezolanos van a disparar, y van a matar al piloto. Necesito que esperemos.

Silencio en el auricular. Dos segundos. Cinco.

—¿Por qué hasta las seis menos cuarto, sargento?

—Porque a las seis menos cuarto el canal se va a cerrar solo.

Otro silencio. Más largo.

—El Lombo do Morto —dijo Arregui al fin, despacio—. Lo que le contó su padre.

—Sí.

—Tiene hasta las seis menos cuarto. Ni un minuto más.

Lucía devolvió la radio a Brandariz. Se secó la niebla de la cara con la manga del chubasquero.

La semirrígida gris seguía avanzando a trompicones por el canal, delante de ellos, a ciento cincuenta metros, invisible en la niebla.

Lucía podía oír ahora los motores, primero acelerando, luego ahogándose, luego acelerando otra vez.

Y por encima de los motores, de vez en cuando, voces.

Gritos. Una voz con acento caribeño insultando, amenazando.

Y una vez, solo una vez, un golpe seco, como el de algo duro contra un cuerpo, y un quejido.

Lucía apretó los dientes hasta que le dolieron.

—Está pegándole —dijo Xurxo.

—Ya lo sé.

—Sargento…

—Ya lo sé, Xurxo.

Las cinco y cuarto.

Las cinco y veinticinco.

Las cinco y media. La semirrígida se había detenido del todo.

Los motores al ralentí. En la pantalla del radar, el eco amarillo estaba inmóvil en una curva del canal, frente a una silueta más oscura en la orilla, grande, irregular, que la niebla dibujaba a medias: un eucalipto enorme, solitario, con la copa partida en dos por un rayo hacía muchos años.

El Lombo.

—Está esperando —dijo Lucía, en voz muy baja—. Está esperando justo antes del banco.

Las cinco y treinta y cuatro. Las cinco y treinta y ocho.

Por la radio, la voz de la Petrel , desde la boca de la ría:

—Petrel en posición en la salida del canal. Cerrada.

Las cinco y cuarenta y uno. Las cinco y cuarenta y dos.

Desde la semirrígida gris llegaron gritos. Muchos gritos. Dos voces con acento caribeño, chillando a la vez. Un disparo, seco, que retumbó en la niebla y se perdió entre los juncos. Otro.

Lucía se puso de pie en la Alcatraz .

—¡Ahora, Brandariz! ¡Ahora!

Las cinco y cuarenta y cuatro.

En la pantalla del radar, el eco amarillo arrancó de golpe. Los dos motores de doscientos caballos de la semirrígida gris rugieron en la niebla, a fondo, un rugido brutal que hizo vibrar el aire. El eco salió disparado hacia delante, hacia la curva, hacia el eucalipto con la copa partida.

Hacia el Lombo do Morto.

Lucía oyó el impacto antes de verlo.

Fue un ruido sordo, enorme, como el de un camión chocando contra un muro de arena. Un crujido de fibra de vidrio partiéndose. Un chirrido de metal. Los motores siguieron rugiendo un segundo más, en vacío, con las hélices fuera del agua, y luego se ahogaron los dos a la vez.

Silencio.

La Alcatraz salió de la niebla a treinta metros de la semirrígida gris.

Estaba clavada en el Lombo, en mitad del canal, frente al eucalipto con la copa partida, con la proa levantada hacia el cielo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y la popa hundida en el agua.

Los fardos se habían desplazado todos hacia delante con el impacto y habían salido despedidos por encima de la proa; muchos estaban esparcidos sobre la arena del banco, brillando bajo los focos de la Alcatraz como el lomo de un animal muerto.

La consola estaba vacía. El parabrisas, roto.

Uno de los venezolanos, el de la cabeza rapada, había salido despedido por la borda con el impacto y estaba en el agua a la izquierda del banco, metido en el fango hasta el pecho, gritando, braceando, hundiéndose.

El otro, el de la cara marcada, estaba de pie sobre la arena del Lombo, entre los fardos, con una pistola en la mano, apuntando hacia los juncos de la orilla norte.

Hacia una figura que se arrastraba por el fango, a diez metros, en dirección a los juncos. Un hombre alto con un chubasquero negro. Dejando un rastro oscuro detrás de sí.

—¡Martín! —gritó Lucía.

El de la cara marcada se volvió hacia la voz.

Vio los focos de la Alcatraz . Vio los fusiles.

Durante un instante, uno solo, su cara se iluminó entera bajo la luz blanca de los focos: una cara de veinte y pocos años, marcada de acné, con los ojos muy abiertos y la boca torcida en una mueca de terror que lo hacía parecer todavía más joven. Un niño. Un niño de Tocorón.

Luego volvió a girarse hacia los juncos y levantó la pistola hacia la figura que se arrastraba por el fango.

Xurxo disparó.

Una sola vez. Desde la proa de la Alcatraz , a treinta metros, con la pistola reglamentaria cogida con las dos manos, apoyado en el tubo neumático, sin decir una palabra.

El de la cara marcada cayó hacia atrás sobre los fardos con un grito agudo, agarrándose el muslo. La pistola salió volando y se perdió en el agua.

Lo que pasó después lo recordaría Lucía siempre en fragmentos, como se recuerdan los sueños.

Recordaría saltar de la Alcatraz al agua antes de que Brandariz hubiera terminado de acercarse al banco, y hundirse hasta la cintura en el agua helada, y luego hasta los muslos en el fango, y sentir el fango cerrarse alrededor de sus botas como una boca blanda.

Recordaría avanzar hacia los juncos apoyándose en el casco de la semirrígida varada, en un fardo, en otro, cayéndose, levantándose.

Recordaría oír a sus espaldas los gritos del venezolano de la cabeza rapada hundiéndose en el fango, y la voz de Xurxo gritándole que se quedara quieto, que no se moviera, que si se movía se hundía más, y luego la voz de Xurxo otra vez, diciéndoles a los de Aduanas que le tiraran un cabo, que lo sacaran, que no lo dejaran morir así, que nadie más se iba a morir así en esa ría, nadie más.

Recordaría encontrar a Martín entre los juncos, tumbado de lado en el fango, con la cabeza apoyada en las raíces, con los ojos cerrados.

Recordaría arrodillarse a su lado. Recordaría el chubasquero negro empapado, y bajo el chubasquero, en el costado izquierdo, a la altura de las costillas, un agujero pequeño que sangraba despacio, y otro en el hombro, más grande.

Recordaría quitarse el chubasquero y apretárselo contra el costado con las dos manos, con todo su peso, y gritar por la radio pidiendo un helicóptero, una ambulancia, lo que fuera.

Recordaría a Martín abriendo los ojos.

—Lucía —dijo. Tenía la voz muy débil—. He pasado… he pasado después de las seis menos cuarto.

—Ya lo sé. Ya lo sé. No hables.

—He esperado hasta el último minuto. Por si acaso. —Intentó sonreír—. Tenías razón… Sesenta centímetros.

—No hables, Martín.

—Dile a Uxía… —Tosió. Le salió sangre por la comisura de la boca—. Dile a Uxía que su padre…

—Se lo vas a decir tú. —Lucía apretó más fuerte el chubasquero contra la herida, sintiendo la sangre caliente empaparle los dedos a través de la tela—. ¿Me oyes? Se lo vas a decir tú. Mírame. Martín, mírame.

Él la miró. Sus ojos grises, cansados, un poco tristes, como los de siempre.

—No me dejes aquí —dijo, muy bajo—. Por favor. No me dejes aquí solo.

Lucía pensó en una oficina de ladrillo con una estufa de butano. En un chico de diecinueve años con la mano vendada mirando a un hombre que cogía las llaves de una furgoneta.

—No te dejo —dijo—. No me voy a ir a ninguna parte. Estoy aquí. Estoy aquí, Martín.

Y no se fue. Se quedó arrodillada en el fango entre los juncos, con las manos apretadas contra el costado de Martín y la sangre de él subiéndole por las muñecas, durante los quince minutos que tardó en llegar el helicóptero de Salvamento Marítimo desde A Coruña.

Le habló todo el tiempo. Le habló de Uxía, del libro de piratas, del muro de la Ribeira, de las latas de cerveza robadas del bar de su padre, del primero de agosto de 2001.

Le habló de cualquier cosa. Él no contestaba casi, pero tenía los ojos abiertos y la miraba.

Cuando por fin el helicóptero apareció sobre la niebla con su foco enorme barriendo la marisma y su rugido ensordecedor aplastando los juncos, y un rescatador bajó colgado de un cable con una camilla, y entre los dos subieron a Martín, Lucía seguía allí.

Le soltó la mano en el último segundo, cuando la camilla empezó a subir.

Se quedó de pie en el fango, sola, empapada, con las manos rojas hasta los codos, viendo cómo el helicóptero se elevaba sobre la ría con Martín colgando debajo y se alejaba hacia el oeste, hacia A Coruña, hasta que su luz se perdió en la niebla.

Luego miró a su alrededor.

La marea seguía bajando. El agua se retiraba deprisa del Canal do Morto, con un murmullo que crecía entre los juncos, y el Lombo empezaba a asomar a trozos, blanco de conchas, con la semirrígida gris clavada en el centro y los fardos negros esparcidos por la arena como piedras de un juego antiguo.

En la orilla del banco, dos agentes de Aduanas sacaban del fango al venezolano de la cabeza rapada tirando de un cabo, cubierto de lodo gris de los pies a la cabeza, temblando, llorando como un crío.

En la Alcatraz , Xurxo le hacía un torniquete en el muslo al de la cara marcada, con las manos firmes, sin decir nada.

Lucía miró el reloj. Las seis y siete.

Treinta y dos años antes, en ese mismo banco de arena, un chico de diecinueve años había echado a andar por el fango hacia la orilla para buscar ayuda. Y un hombre con las manos en los bolsillos había echado a andar detrás de él.

Esta vez no había echado a andar nadie detrás de nadie.