La última pleamar (El secreto de la ría 1) 40. La noche (I)
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40. La noche (I)

La Alcatraz era una semirrígida de nueve metros con casco gris mate, dos motores de trescientos caballos y un arco de radar sobre la consola, y a medianoche estaba escondida entre los juncos de una pequeña ensenada de la orilla norte de la ría, a trescientos metros de la rampa de la Depuradora Brañas, con los motores apagados y una red de camuflaje tendida por encima como una manta.

Lucía estaba sentada en el banco de popa, con un chaleco antibalas debajo del chubasquero, un casco con visor nocturno sobre las rodillas y la pistola reglamentaria en la funda. Tenía frío. Hacía rato que había dejado de notar los pies dentro de las botas.

A su lado, Xurxo miraba la rampa con unos prismáticos térmicos.

En la proa, de rodillas, con los codos apoyados en el tubo neumático, dos agentes de Vigilancia Aduanera vigilaban la boca de la ensenada con fusiles de asalto.

En la consola, el patrón, un hombre de Ribeira que se llamaba Brandariz y que no había dicho más de diez palabras en toda la noche, tenía la mano sobre la llave de contacto y la radio pegada a la oreja.

La niebla había empezado a subir a las once.

Ahora cubría la ría entera, espesa, blanca, pegada al agua, como la mañana en que apareció Iago.

Desde la ensenada no se veía nada más allá de cincuenta metros.

Solo, a través de los prismáticos térmicos, las manchas de calor: los focos halógenos de la fachada de la depuradora, convertidos en dos soles blancos; el motor caliente de un camión frigorífico aparcado junto a la nave; y las siluetas rojas y amarillas de las personas, moviéndose despacio por la rampa.

—Siete —murmuró Xurxo—. Cuento siete en la rampa. Y dos dentro del camión.

—¿Bieito?

—Uno alto con abrigo. Junto a la puerta de la nave. Está hablando por teléfono. —Xurxo ajustó el enfoque—. Sí. Es él.

Lucía miró la pantalla del móvil, protegida bajo el chubasquero para que no se viera la luz. La aplicación de Riaño mostraba un mapa de la ría con un punto azul parpadeando. El punto azul estaba fuera de la boca, a once millas al noroeste, junto al atunero, casi inmóvil.

La baliza de Martín.

A las doce y cincuenta y dos, el punto azul empezó a moverse hacia la costa.

—Sale —dijo Lucía—. Viene.

Brandariz habló por la radio en voz baja. La respuesta llegó al instante, en el auricular que Lucía llevaba en la oreja izquierda. Era la voz seca de Inés Arregui, desde la furgoneta de mando aparcada en una pista forestal del monte, detrás de la depuradora.

—Recibido. Fulmar confirma un eco rápido saliendo del atunero hacia la boca. Otros dos ecos llegando al atunero. Todo según lo previsto. Mantengan posición.

Lucía se quedó mirando el punto azul. Avanzaba deprisa, en línea recta, a cuarenta nudos, saltando de un píxel a otro en el mapa.

Pensó en Martín de pie en la consola de la semirrígida gris, con el chubasquero negro y la capucha subida, con la baliza cosida en el forro, rebotando sobre el mar de aceite en la oscuridad, con dos hombres armados detrás y mil kilos de cocaína a sus pies.

Pensó en él golpeando con el puño la pared de la caseta.

Pensé que así lo protegía.

—Sargento. —Xurxo le tocó el brazo—. Mira el teléfono.

Había llegado un mensaje. Por la aplicación cifrada. De Martín. La hora marcaba 00:58.

Cambio de plan. Bieito ha llamado a los venezolanos a las 10. Nosotros descargamos en Brañas. Las otras dos lanchas van directamente a Mera, a la playa del galpón. No entran en la ría. Los venezolanos están raros. No me hablan. Uno de ellos ha mirado el teléfono y se ha reído y me ha mirado.

Lucía le pasó el móvil a Brandariz, que lo leyó y habló por la radio. Arregui contestó a los diez segundos.

—Recibido. Riaño redirige al segundo equipo del GEO a Mera. Fulmar seguirá a las dos lanchas hasta la costa. Alcatraz y Petrel siguen sobre Brañas. El objetivo principal no cambia: la rampa.

Otro mensaje de Martín, a la 01:04.

Creo que me van a matar después de descargar. He oído la palabra «gallego» y «no vuelve». No sé si lo he entendido bien. Si pasa algo, dile a Uxía que…

El mensaje se cortaba ahí.

Lucía miró la pantalla durante mucho tiempo. Luego escribió, despacio:

No va a pasar nada. Haz lo que te dije. El Lombo. Después de las 5:45. Estamos aquí.

Lo envió. Esperó. No hubo respuesta.

El punto azul siguió avanzando hacia la boca de la ría. A dos millas de la costa se detuvo y se quedó allí, quieto, esperando a que subiera la marea.

A la una y media, la niebla se hizo todavía más espesa.

Los focos de la depuradora se convirtieron en dos manchas lechosas flotando en la nada.

En la ensenada, el agua había subido tanto que la Alcatraz ya no tocaba fondo; flotaba libre entre los juncos sumergidos, girando despacio con la corriente de la marea entrante.

Brandariz echó un ancla pequeña por la popa para que no se moviera.

Nadie hablaba. Solo se oía el agua lamiendo el casco, el goteo de la niebla condensada cayendo de la red de camuflaje, y de vez en cuando, muy lejos, en la carretera de la orilla sur, el motor de un coche.

A la una y cuarenta, uno de esos coches no pasó de largo.

—Coche entrando en la explanada de la depuradora —dijo Xurxo, con los prismáticos térmicos pegados a los ojos—. Grande. Oscuro. Sin luces.

Lucía se incorporó.

—¿Un Audi?

—No lo sé. No lo veo bien con la niebla. —Xurxo se quedó callado varios segundos—. Para junto a la nave. Baja alguien. Un hombre. No es una mujer, sargento. Es un hombre. Más bien bajo, con gafas. Abrigo. Va hacia Bieito.

Lucía cogió los prismáticos de las manos de Xurxo y miró. La silueta roja y amarilla de un hombre bajo, de hombros caídos, caminando hacia la silueta alta de Bieito junto a la puerta de la nave. Se dieron la mano. Hablaron. Bieito señaló algo dentro de la nave. El hombre bajo entró.

—Fernando Arnoso —murmuró Lucía—. El marido.

—¿El marido de la señora?

—Ha venido él. Ella le ha mandado a él.

Brandariz habló por la radio. La voz de Arregui, cuando contestó, tenía por primera vez en toda la noche algo parecido a la emoción.

—Recibido. Un aforado no, pero su cónyuge sí. Si sale de ahí con una bolsa, tenemos una cadena. Mantengan posición.

Lucía le devolvió los prismáticos a Xurxo. Notó que le temblaban las manos y no era de frío.

Yo no voy a estar en esa rampa , habría dicho Teresa Lema.

Y no había estado. Había mandado a su marido.

Al hombre que le hacía el café por las mañanas en pijama con las gafas en la punta de la nariz.

Al hombre que firmaba los estudios de viabilidad de Porto Mandeo.

Lo había mandado a la rampa a recoger el dinero, la noche en que todo podía saltar por los aires, para no tener que ir ella.

Que no quede nada.

A las cuatro y uno, el punto azul cruzó la boca de la ría entre Sada y Miño.

A las cuatro y veintidós entró en el Canal do Morto.

En la Alcatraz , todos se agacharon detrás del tubo neumático.

Brandariz quitó el ancla. Los dos agentes de la proa se tumbaron sobre la cubierta con los fusiles apuntando hacia la niebla.

Lucía se puso el casco con el visor nocturno y lo bajó sobre los ojos, y el mundo se volvió verde y granuloso, lleno de chispas, como una televisión antigua mal sintonizada.

Primero lo oyeron.

Un zumbido grave, sordo, que venía de la ría, de la izquierda, de la niebla. Dos motores fuera borda al ralentí. Subía y bajaba, se acercaba, se alejaba, volvía a acercarse, como el ruido de un insecto enorme buscando una ventana abierta.

Luego lo vieron.

La semirrígida gris salió de la niebla a cien metros de la ensenada, deslizándose despacio por el centro del canal, sin luces, con la proa baja por el peso de la carga.

Se veían los fardos apilados en el fondo, cubiertos con una lona.

Se veían dos figuras sentadas sobre los fardos, inmóviles, con capuchas.

Y se veía, de pie en la consola, con las manos en el timón y la cara vuelta hacia delante, un hombre alto con un chubasquero negro.

Martín.

Pasó a cien metros de ella. Lucía lo siguió con el visor nocturno, verde y granuloso, durante quince segundos.

En ningún momento giró la cabeza hacia la ensenada.

En ningún momento hizo ningún gesto. Solo conducía, despacio, siguiendo las curvas del canal entre los juncos con una precisión de cirujano, sin rozar ni una vez el fango de los bordes.

Luego la niebla se lo tragó otra vez.

Lucía soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Las cuatro y veinticinco —dijo Xurxo en voz baja, mirando el reloj—. Va a llegar a la rampa a las cuatro y treinta y cinco, más o menos. La pleamar es a las cinco menos diez. Tienen quince minutos para descargar.

—Arregui va a esperar a que estén todos en la rampa con los fardos en la mano.

—Y entonces entramos nosotros.

A las cuatro y treinta y seis la semirrígida gris atracó al pie de la rampa de Brañas.

Lucía lo vio a través de los prismáticos térmicos, que había vuelto a coger de las manos de Xurxo: la mancha caliente de los motores deteniéndose junto al muelle de madera.

Las siluetas de la rampa bajando hacia ella.

Bieito, alto, con el abrigo, quedándose arriba, junto a la puerta.

Fernando Arnoso saliendo de la nave detrás de él, con algo en la mano. Algo rectangular. Una bolsa.

Los fardos empezaron a pasar de mano en mano desde la lancha hasta la nave.

Uno. Dos. Cinco. Diez.

—Ahora —murmuró Xurxo—. Ahora, carajo. ¿A qué espera?

—Espera a que haya más fuera de la lancha. Para que no puedan volver a cargarlos.

Quince. Veinte.

La voz de Arregui en el auricular, fría, perfectamente clara:

—Todas las unidades. Ahora.

Brandariz giró la llave de contacto. Los dos motores de trescientos caballos de la Alcatraz rugieron a la vez, un rugido enorme que rompió el silencio de la niebla como un disparo.

El patrón metió gas a fondo. La semirrígida salió disparada de la ensenada, arrancando juncos, levantando una ola blanca, y Lucía salió despedida hacia atrás contra el respaldo del banco de popa y tuvo que agarrarse a un cabo para no caer al agua.

En la orilla sur, en el monte detrás de la depuradora, se encendieron a la vez seis pares de faros.

Las furgonetas del GEO bajaron por la pista forestal a toda velocidad.

Por la carretera de la orilla llegaron otras dos con las luces azules girando.

Una voz amplificada por un megáfono empezó a gritar en la niebla: ¡Policía! ¡Policía! ¡Al suelo! ¡Todos al suelo!

En la rampa, las siluetas se dispersaron como un banco de peces cuando entra un delfín.

Lucía vio a través de la niebla, cada vez más cerca, a doscientos metros, a cien, a ochenta, cómo los hombres de la rampa soltaban los fardos y echaban a correr hacia la nave, hacia los eucaliptos, hacia el agua.

Vio a Bieito dar media vuelta y desaparecer por la puerta de la nave.

Vio a Fernando Arnoso quedarse paralizado en mitad de la explanada, con la bolsa en la mano, con la boca abierta, mirando los faros de las furgonetas que se le echaban encima.

Y vio, al pie de la rampa, en la semirrígida gris, a los dos hombres de las capuchas levantarse de golpe de encima de los fardos que quedaban.

Uno de ellos sacó una pistola. Se la puso a Martín en la nuca.

Incluso a ochenta metros, incluso con la niebla y el rugido de los motores y los gritos del megáfono, Lucía le oyó gritar con un acento caribeño cargado de pánico:

—¡Arranca, gallego! ¡Arranca o te vuelo la cabeza! ¡Sácanos de aquí!

Martín no se movió durante un segundo. Un segundo eterno. Luego empujó las palancas de los dos motores hacia atrás, a fondo.

La semirrígida gris dio marcha atrás desde el pie de la rampa con un rugido, se separó del muelle de madera arrancando un trozo de barandilla, giró sobre sí misma en un círculo cerrado levantando una cortina de espuma, y salió disparada ría abajo, hacia el Canal do Morto, hacia la niebla, hacia el mar.

Con Martín al timón, una pistola en la nuca, y la mitad de la carga todavía a bordo.

Lucía miró el reloj de su muñeca, iluminado en verde.

Las cinco menos diez. La pleamar.

El agua estaba en su punto más alto. A partir de ese instante, empezaría a bajar.