La última pleamar (El secreto de la ría 1) 39. Doña Bárbara
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39. Doña Bárbara

Atlántico Norte

No le gustaba. Un mar demasiado tranquilo era como un perro que no ladra: algo estaba esperando.

—Es una costumbre de los gallegos —le había dicho el contramaestre, un hombre de Carúpano que llevaba veinte años en el negocio—. Así saben que la carga es suya. Como una firma.

—Los gallegos tienen costumbres muy raras.

—Los gallegos tienen el mar más jodido de Europa y las rías más bonitas del mundo. Algo de raro tenían que tener.

Ahora el capitán Moncada estaba en el puente, con una taza de café negro en la mano y los prismáticos colgados del cuello, mirando hacia el este.

Las luces de la costa formaban una línea temblorosa en el horizonte: los faros, los pueblos, el resplandor naranja de A Coruña reflejado en las nubes bajas.

A las doce menos cuarto de la noche, en punto, había apagado todas las luces del barco excepto las de navegación obligatorias, y había reducido la máquina a la mínima.

El Doña Bárbara flotaba casi inmóvil sobre un mar de aceite negro, girando despacio con la corriente.

El radar mostraba tres ecos pequeños acercándose desde la costa.

—Ahí vienen —dijo el piloto, un muchacho de veinticinco años de Margarita.

El capitán no contestó. Se quedó mirando los tres puntos verdes en la pantalla del radar, deslizándose despacio hacia el centro.

Tenía un mal presentimiento. Lo había tenido desde que salieron de La Vela de Coro, el día quince.

Desde que el coronel Briceño subió a bordo la noche antes de zarpar para despedirse, cosa que no había hecho nunca, y le dio la mano con demasiada fuerza y le dijo que esta vez había mucho dinero en juego, mucho, más que nunca, y que el Doctor estaba nervioso.

—El Doctor nunca está nervioso —había dicho Moncada.

—Esta vez sí —había contestado el coronel—. Hay problemas en Galicia. Muertos. Un viejo que hablaba demasiado. Una sargento que pregunta demasiado. El Doctor dice que lo tiene controlado. Pero si el Doctor dice que lo tiene controlado, es que no lo tiene controlado.

Moncada se había reído. El coronel no.

Ahora, en el puente del Doña Bárbara , a doce millas de una costa que no conocía, Moncada sacó del bolsillo de su chaqueta un teléfono satelital y marcó un número de Caracas.

Contestaron al primer tono.

—Diga.

—Doctor. Estamos en posición. Las lanchas vienen. Tres.

—Bien. —La voz de Lander sonaba tranquila, demasiado tranquila—. ¿El mar?

—Como un plato.

—Bien. —Una pausa—. Capitán, escúcheme. Si pasa algo esta noche, cualquier cosa, si ve luces que no deben estar, si oye en la radio algo que no le gusta, si las lanchas tardan en volver más de lo que deben, no espere.

Suelte lo que quede a bordo al agua, con las boyas de profundidad, y ponga rumbo al sur a toda máquina. Aguas internacionales. ¿Entendido?

—Entendido.

—No arriesgue el barco por nada. Ni por la mercancía. Ni por la gente de tierra. La gente de tierra se las arregla sola.

—Entendido, Doctor.

Colgó.

* * *

En Caracas eran las siete de la tarde. Ernesto Lander estaba en el salón de su casa del Country Club, sentado en un sillón de cuero frente a un ventanal que daba al jardín iluminado, a la piscina azul turquesa, a los mangos y las palmeras recortados contra un cielo violeta, ya casi de noche.

Tenía en el regazo dos teléfonos. El satelital, que acababa de usar. Y el viejo de tapa.

Abrió el de tapa. Leyó, por tercera vez, el último mensaje que había recibido de Corvo, a las tres de la tarde, hora de Caracas:

Algo raro. Hay rumores de que una fiscal de Antidroga ha estado en Santiago. No sé quién ni para qué. La sargento sigue en Paderne, aparentemente tranquila, pero no me gusta. No me gusta nada. Recomiendo aplazar. — C.

Y debajo, su propia respuesta, enviada a las tres y cinco:

No se puede aplazar. El dinero ya está puesto. La gente de Madrid y Ámsterdam espera. Si hay un problema, resuélvalo usted. Para eso le pago. — L.

Y debajo, la respuesta de Corvo, a las tres y cuarenta:

Haré lo que pueda.

Lander cerró el teléfono.

Haré lo que pueda. No era una respuesta de un hombre que lo tiene todo controlado. Era la respuesta de un hombre que tiene miedo.

Lander había visto muchos hombres con miedo en su vida. Sabía exactamente lo que hacían. Hacían cosas desesperadas, cosas estúpidas, cosas que nadie les había pedido y que lo estropeaban todo. Y luego, cuando todo estaba estropeado, hablaban.

Se levantó del sillón y se acercó al ventanal. Abajo, en el jardín, junto a la piscina, su hija menor, de catorce años, se hacía fotos con el móvil haciendo muecas a la cámara, en bañador, con el pelo mojado. Le vio en la ventana y le saludó con la mano. Lander le devolvió el saludo y sonrió.

Luego volvió a abrir el teléfono de tapa. Buscó en la agenda un número de Galicia, uno de los que había dado a Yorman en el aparcamiento de Las Mercedes. Escribió despacio, letra a letra:

Esta noche, cuando termine la descarga, pase lo que pase: el gallego del puerto, el que conduce la lancha, no vuelve. Ya sabe demasiado. Y si el comandante empieza a hacer cosas raras, me llama. No hagan nada con él sin mi orden. Todavía. — L.

Pulsó enviar.

Abajo, en el jardín, su hija se tiró a la piscina de cabeza, levantando una corona de espuma blanca bajo los focos.

* * *

A doce millas de Galicia, la primera lancha llegó al costado del Doña Bárbara a las doce y doce.

Era una semirrígida gris de siete metros con dos motores fuera borda de doscientos caballos, sin luces, con tres hombres a bordo.

El capitán la miró desde el alerón del puente con los prismáticos.

En el costado, en letras blancas pequeñas, se leía PORTO MANDEO — SERVICIO 2.

El hombre de la consola era alto, de hombros anchos, con un chubasquero negro con la capucha subida.

Los otros dos eran jóvenes, morenos, uno con la cabeza rapada.

Venezolanos. El capitán los reconoció: los había visto en una foto que le había enseñado el coronel. Los primos.

—Bajen la grúa —ordenó—. Rápido.

Los hombres del contramaestre ya habían abierto el mamparo de la cámara tres con el soplete hacía una hora.

Los fardos estaban apilados en cubierta, bajo una lona, en filas de diez.

La grúa de carga los fue bajando en una red, de veinte en veinte, hasta la semirrígida, donde los dos venezolanos los recogían y los apilaban en el fondo.

El de la consola no se movía de su sitio. Miraba hacia la costa.

En cuarenta minutos cargaron treinta y cinco fardos. Mil cincuenta kilos.

—¡Listo! —gritó el contramaestre.

El de la consola levantó una mano. Los motores rugieron. La semirrígida se separó del costado del atunero levantando una estela blanca y se alejó hacia el este, hacia la costa, hacia la boca de la ría, a cuarenta nudos, sin luces, rebotando sobre el mar de aceite.

El capitán la siguió con los prismáticos hasta que la perdió en la oscuridad.

—Muchacho —le dijo al piloto de Margarita—. ¿Qué hora es la pleamar en esa ría?

El chico consultó una tabla impresa que tenía pegada con cinta adhesiva junto al radar.

—A las cinco menos diez, capitán.

El capitán Moncada miró su reloj. Eran casi la una.

Volvió a mirar el radar. Los otros dos ecos seguían acercándose desde la costa, despacio, hacia el Doña Bárbara .

Y había un cuarto eco, que no había visto antes, más grande, más lento, inmóvil, a seis millas al norte, cerca de la boca de la ría.

No se movía. No tenía luces. No respondía en la radio.

Podía ser un pesquero fondeado. Podía ser un mercante esperando turno para entrar en el puerto de A Coruña.

Podía ser cualquier cosa.

El capitán Moncada se quedó mirando aquel cuarto eco durante mucho tiempo, con la taza de café frío en la mano y el mal presentimiento subiéndole por la espalda como sube la marea por la escalera de un muelle.