38. Ferrín
Lucía le abrió la puerta en vaqueros y jersey, con un trapo de cocina al hombro.
Llevaba en el bolsillo trasero del pantalón un bolígrafo negro de aspecto vulgar que no era un bolígrafo, y que Gonzalo Riaño le había dado esa mañana diciéndole que lo llevara siempre encima hasta que todo terminara. Por si acaso.
—Mi comandante.
—Ignacio, por favor. Estoy fuera de servicio. —Ferrín levantó la botella—. Pasaba por aquí. Volvía de Sada, de ver a mi hermana. Y pensé… no sé. Pensé que te debía una disculpa. Por lo del otro día en el despacho. Fui muy duro.
Lucía se quedó un segundo en la puerta. Luego se apartó.
—Pase. Estaba haciendo la cena para mi padre.
Ferrín entró. Se limpió los zapatos en el felpudo con cuidado, como hacía siempre, como un invitado educado. Miró el pasillo, las fotos enmarcadas en la pared, el reloj de péndulo, la puerta entornada de la habitación de Anselmo.
—¿Está despierto?
—Duerme. Ha tenido un día malo.
Era mentira. Anselmo había tenido un día bueno, uno de los mejores.
Por la mañana, sentado en esa misma cocina, con la fiscal Arregui y un secretario judicial de la Audiencia Nacional frente a él y una grabadora sobre el hule de flores, había contado durante dos horas y media, con voz firme y los ojos secos, todo lo que pasó la noche del 14 al 15 de octubre de 1994.
Lo había firmado. Luego había comido un plato entero de caldo y se había ido a dormir la siesta, y ahora dormía de verdad, profundamente, como no dormía desde hacía treinta y dos años.
Ferrín se sentó a la mesa de la cocina. Lucía abrió la botella de albariño y sirvió dos vasos. Se sentó frente a él.
—Por Galicia —dijo Ferrín, levantando el vaso.
—Por Galicia.
Bebieron. Hubo un silencio. En el fogón, una cazuela de patatas guisadas burbujeaba despacio.
—¿Qué tal por Paderne? —preguntó Ferrín.
—Aburrido. Hemos recuperado dos televisores en un desguace de Abegondo. El dueño dice que se los compró a un chatarrero rumano. El chatarrero rumano no existe.
Ferrín se rio.
—Siempre hay un chatarrero rumano. —Bebió—. Lucía, sé que estás enfadada conmigo. Y lo entiendo. Pero quiero que sepas que lo hice por ti. Para protegerte. Esa gente con la que te estabas metiendo…
—¿Qué gente?
—Bieito Castro. Su padre. Ya has visto cómo ha acabado el padre. Y el primo de tu cabo. —Ferrín negó con la cabeza—. Es una guerra, Lucía. Una guerra de narcos de los de antes. No quiero que te pille en medio.
—¿Una guerra entre quiénes?
—Entre los de siempre. Los viejos y los nuevos. Ramiro contra alguien. Toño contra alguien. —Ferrín hizo un gesto vago con la mano—. Iglesias tiene varias líneas abiertas. Lo resolverá.
—¿Y el nudo?
Ferrín la miró.
—¿Qué nudo?
—El de Toño. Estaba mal hecho. Al revés. No era el mismo que el de Iago. Lo hizo alguien que lo había visto en una foto.
—Eso no lo sabía.
—Se lo dijo la forense a Iglesias. Está en el informe preliminar. —Lucía bebió un sorbo de vino—. ¿No lo ha leído?
Ferrín dejó el vaso sobre la mesa. Despacio. Muy despacio.
—Lucía —dijo—, ¿por qué no me cuentas lo que estás haciendo?
—Estoy haciendo patatas guisadas.
—No me tomes por tonto. —La voz de Ferrín perdió de golpe su calidez—. Inés Arregui estuvo en Santiago el lunes pasado. En el piso de una sobrina, en la Rúa do Vilar. Tu cabo estuvo allí también. Y tú. Y la periodista. Os vio un agente de la Policía Local que es amigo mío.
Lucía no se movió. Notó el bolígrafo en el bolsillo trasero del pantalón, duro contra el muslo.
—Fui a ver a una amiga.
—Fuiste a ver a la fiscal que llevó lo de Nelson. —Ferrín se inclinó sobre la mesa—. ¿Qué le contaste? ¿Qué le diste? ¿Las fotos del chico? ¿Lo de la depuradora? ¿Lo de esa… esa sociedad portuguesa?
—¿Cómo sabe usted que hay fotos del chico?
Ferrín se quedó inmóvil.
Fue solo un segundo. Pero en ese segundo, Lucía vio cómo algo se rompía detrás de sus ojos castaños y amables, algo que había estado aguantando durante años, quizás desde Madrid, quizás desde mucho antes.
Lo vio entender. Lo vio darse cuenta de que acababa de decir algo que no debía saber.
Que solo podía saberlo porque se lo había contado Bieito.
Porque había sido él quien había mandado a dos hombres a una casa vacía en la calle Camelias de Mera, a las dos y diecisiete de la madrugada, a buscar a una chica con unas fotos.
Se quedaron mirándose por encima de la mesa de formica, con los vasos de albariño a medio beber y la cazuela burbujeando en el fogón.
—Lucía —dijo Ferrín, muy bajo.
—Lo de Mera fue una trampa —dijo ella—. La casa estaba vacía. Solo se lo dije a usted. A nadie más. Y a las dos y diecisiete había un Seat León gris aparcado en la puerta. Con dos venezolanos de Ernesto Lander dentro.
Ferrín no dijo nada. Se había puesto pálido, de un color gris ceniza, como el agua de la ría en invierno.
—Corvo —dijo Lucía.
Él cerró los ojos.
Durante un largo rato no habló. La cazuela burbujeaba. El reloj del pasillo hacía tic. En la habitación de al lado, Anselmo roncaba suavemente.
—Tenía deudas —dijo al fin, sin abrir los ojos—.
En 2015. Juego. Póquer online, primero. Luego casinos.
Ciento ochenta mil euros. Mi mujer no lo sabía.
Mis hijas estaban en la universidad. Un amigo de Sada, uno de la infancia, me presentó a un abogado joven de A Coruña que podía ayudarme.
Bieito. Me pagó las deudas. Todas. Sin pedirme nada.
—Abrió los ojos—. Seis meses después me pidió el primer favor.
Una tontería. Un nombre en un informe. Y luego otro.
Y luego me presentó a Lander, por videoconferencia, desde Caracas. Y luego ya no había forma de salir.
—Nelson tenía dos hijas.
—Lo sé.
—Su hija pequeña estaba haciendo los deberes de Lengua cuando lo mataron. Me lo contó su mujer en el tanatorio. La niña le preguntó cómo se escribía «estuvo». Él le dijo que con uve. Y bajó la basura.
—Lucía, por favor…
—Usted me abrazó. —Lucía sintió que le temblaba la voz y la obligó a no temblar—. A las seis de la mañana. En su despacho. Me dijo que no era culpa mía. Que se encargaba usted. Me abrazó, Ignacio.
Ferrín se levantó de la silla. Lo hizo tan deprisa que la silla cayó hacia atrás y golpeó el suelo con un estrépito. Se quedó de pie junto a la mesa, alto, con el pelo gris cortado a cepillo y la cara descompuesta, mirándola desde arriba.
Lucía no se levantó. Puso la mano derecha sobre el muslo, cerca del bolsillo trasero. Cerca también de la funda de la pistola, que llevaba bajo el jersey, en el costado.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ferrín.
—Nada. Esta noche, nada. —Lucía le miró a los ojos—. Pero mi padre ya declaró. Esta mañana. Ante la fiscal. Todo. Lo de 1994. Lo de Ramiro. Lo del almacén de sal. Lo de la oficina y el tanque 3. Firmado. Así que ya no tiene con qué amenazarme, comandante. Ya no tiene nada.
Ferrín la miró durante un largo rato. Luego, despacio, se agachó, recogió la silla del suelo y la colocó en su sitio, junto a la mesa, con cuidado, alineándola con las otras. Cogió su abrigo del respaldo. Se lo puso. Se abrochó los botones uno a uno.
—Eres igual que tu padre —dijo—. Él también era honrado. Y mira cómo acabó.
—Mi padre acabó contándolo todo. Usted todavía está a tiempo.
Ferrín se rio. Fue una risa muy breve, muy triste.
—No, Lucía. Yo ya no estoy a tiempo de nada.
Salió de la cocina. Lucía oyó sus pasos en el pasillo, la puerta de la calle abriéndose y cerrándose, el motor de un coche arrancando en la Ribeira y alejándose hacia el puente.
Se quedó sentada en la cocina, sola, con la mano sobre el muslo y el corazón golpeándole las costillas. Luego sacó del bolsillo trasero el bolígrafo negro, lo dejó sobre el hule de flores y lo miró.
Su móvil vibró a los cuatro minutos. Era Riaño.
Lo tenemos todo. Grabado y transcrito. Y ahora mismo está llamando a Castro desde el coche. Lo estamos escuchando en directo.
Un minuto después, otro mensaje.
Le ha dicho que hay una operación. Que la fiscal está aquí. Que suspenda. Castro le ha dicho que no se puede, que las lanchas salen en dos horas. Que ya está todo en el mar. Ha colgado. Ferrín está llorando en el coche.
Y luego, otro más, a las nueve y cuarenta y ocho.
Castro está llamando a los venezolanos. Les está cambiando el plan. Prepárate.
Lucía apagó el fuego de las patatas. Fue a la habitación de su padre. Anselmo dormía de lado, con la boca abierta, la mano colgando fuera de la cama, como el primer día. Le tapó con la manta de cuadros. Le dio un beso en la frente.
—Ya vuelvo, papá —le dijo en voz baja.
Luego cogió el chaquetón, la pistola y el teléfono, y salió a la noche.
En la Ribeira, la marea estaba en el mínimo. El agua apenas tocaba el último peldaño de la escalera del muelle viejo, negra, quieta, a punto de girar.
Faltaban siete horas para la pleamar.