37. Canal do Morto
La base de Vigilancia Aduanera en el puerto de A Coruña era una nave gris de dos plantas junto al muelle de San Diego, entre una terminal de graneles y un almacén de contenedores, con un pantalán propio donde estaban amarradas tres embarcaciones de casco gris oscuro y una bandera de España descolorida en un mástil.
No tenía ningún cartel en la fachada. La gente del puerto sabía lo que era. La gente de fuera, no.
Lucía llegó el domingo a las diez de la noche, en el coche de Sabela, que se quedó esperándola en el aparcamiento con el motor apagado y un libro en las rodillas.
Arriba, en una sala de reuniones con las ventanas tapadas por persianas de lamas metálicas, había doce personas alrededor de una mesa cubierta de cartas náuticas, planos, fotografías aéreas y ordenadores portátiles.
Inés Arregui presidía la mesa, de pie, con las gafas en la punta de la nariz y un puntero láser en la mano.
A su derecha, un hombre de unos cincuenta y cinco años, bajo, macizo, con el pelo blanco cortado a cepillo, una cara curtida de mar y un jersey de lana azul marino con el escudo de la Agencia Tributaria bordado en el pecho: Ramón Lis, jefe de operaciones marítimas de Vigilancia Aduanera en Galicia.
A su izquierda, un hombre más joven, de cuarenta años, alto y delgado, con barba corta y una chaqueta de cuero, que se presentó como Gonzalo Riaño, inspector jefe de la UDYCO central, de Madrid.
Detrás de ellos, sentados contra la pared, ocho agentes más: cuatro de Aduanas, con jerséis como el de Lis, y cuatro de la UDYCO, de paisano, con la cara de no haber dormido en tres días.
Y Xurxo, en un rincón, de paisano, con el jersey de lana gris y los ojos muy quietos.
—Sargento Varela —dijo Arregui—. Siéntese. Estábamos empezando.
Lucía se sentó junto a Xurxo.
Arregui encendió un proyector. En la pared blanca apareció una foto aérea de la ría de Betanzos tomada desde un helicóptero, de día, con la marea baja.
Se veía todo: la boca entre Sada y Miño, las grúas de Porto Mandeo, los bancos de arena al descubierto, las marismas de las orillas, la línea fina del Canal do Morto serpenteando pegada a la orilla norte como una vena oscura entre el fango gris, la nave blanca de la depuradora en la orilla sur con su rampa.
—El plan —dijo la fiscal— es muy sencillo. Lo complicado es que salga bien.
Lo explicó con el puntero láser, punto por punto.
El Doña Bárbara llegaría a la posición de encuentro, a doce millas al noroeste de la boca, en la noche del veintiséis.
Aduanas lo había localizado el viernes por satélite, gracias a su transpondedor AIS, que el capitán había apagado al entrar en aguas españolas pero no lo bastante pronto.
Lo estaban siguiendo desde entonces con un avión de patrulla marítima a gran altura.
Las tres lanchas saldrían de la costa hacia medianoche.
Cargarían. Volverían hacia la ría, una detrás de otra, para entrar con la pleamar de las cinco menos diez por el Canal do Morto y descargar en la rampa de Brañas.
—No vamos a tocar el atunero —dijo Arregui—. Ni las lanchas en el mar. Si las tocamos fuera, tiran la carga al agua y se acabó. Necesitamos la carga en tierra. Con la gente encima. —Movió el puntero a la rampa—. Aquí.
Ramón Lis tomó la palabra. Hablaba despacio, con un fuerte acento de Cambados, como si cada palabra le costara dinero.
—Tres embarcaciones. La Fulmar , que es la patrullera grande, veinticinco metros, se quedará fuera de la ría, al norte de la boca, con las luces apagadas, para cortar la retirada al mar si alguna lancha da la vuelta.
La Petrel , más pequeña y rápida, entrará en la ría detrás de la última lancha, cuando estén todas dentro, y les cerrará la salida del canal norte.
Y una semirrígida nuestra, la Alcatraz , con cuatro agentes y con ustedes dos —miró a Lucía y a Xurxo—, estará escondida en la marisma de la orilla norte, aquí, en esta ensenada, a trescientos metros de la rampa, para entrar a toda velocidad cuando empiece la descarga.
—En tierra —dijo Riaño, el de la UDYCO—, tenemos doce agentes del GEO desplazados desde Guadalajara y dieciséis de la UDYCO.
Estarán en tres furgonetas sin identificar en el monte de eucaliptos detrás de la depuradora y en la carretera de la orilla.
Entrarán cuando la lancha de Aduanas entre por el agua.
Al mismo tiempo, otro equipo entrará en el galpón de Mera, donde suponemos que tienen la tercera lancha y un almacén secundario.
Y otro en el despacho de Castro & Asociados en el Cantón Grande.
Y otro en la sede de Atlântica Mar en Oporto, con la Polícia Judiciária portuguesa. Todo a la vez. A las cinco.
—¿Y Ferrín? —preguntó Lucía.
Arregui y Riaño se miraron.
—Ferrín —dijo la fiscal— tiene el teléfono intervenido desde el jueves por orden del juez central.
El oficial y dos de prepago que hemos localizado.
También Bieito Castro. —Hizo una pausa—.
No lo vamos a detener hasta después de la operación.
Si lo detenemos antes, se entera todo el mundo.
Necesito que esté libre y asustado. Que hable por teléfono.
Que haga lo que hacen los hombres asustados.
—¿Y Teresa Lema?
—Teresa Lema —dijo Arregui, y por primera vez su cara seca dejó ver algo parecido a la frustración— no tiene ningún teléfono que podamos intervenir sin que el juez me mande a paseo.
Es aforada ante el Tribunal Superior de Justicia de Galicia, porque además de vicepresidenta de la Diputación es diputada autonómica.
Para tocarla necesito al TSJG, y para ir al TSJG necesito algo más que una foto de perfil.
—Miró a Lucía—. Si esa noche viene a la rampa a recoger su bolsa, la tenemos. Si no viene, no.
—No va a venir —dijo Lucía.
—Ya lo sé —dijo Arregui—. Pero hay que dejarle la puerta abierta por si acaso.
A las once y media, cuando los demás estaban repasando las frecuencias de radio, Arregui hizo un gesto a Lucía y salieron las dos al pasillo.
—Martín Pereiro —dijo la fiscal, en voz baja.
—Lleva la baliza desde el jueves —dijo Lucía—.
Cosida en el forro del chubasquero que se pone siempre para salir en la lancha.
Y el teléfono con la aplicación de Riaño.
Nos manda un mensaje cada vez que le dicen algo.
Ayer le confirmaron la hora: sale de Porto Mandeo a las doce menos cuarto con dos de los venezolanos. Será la primera lancha.
—¿Se fía de él?
Lucía tardó en contestar.
—No —dijo—. Pero se fía él de mí. Y tiene a su hija en León.
Arregui la miró por encima de las gafas un largo rato.
—Sargento, ¿hay algo entre ustedes que yo deba saber?
—Ya no.
La fiscal asintió despacio, sin preguntar más. Era la primera persona en semanas que no preguntaba más. Lucía sintió una gratitud absurda.
—Mañana por la mañana voy a ir a ver a su padre —dijo Arregui—. Con un secretario judicial. A tomarle declaración. Él lo ha pedido.
—Lo sé. Me lo dijo anoche.
—¿Está en condiciones?
—Por las mañanas, a veces. —Lucía se apoyó en la pared del pasillo—. Ayer estuvo bien. Muy bien. Le conté lo que me dijo Ramiro. Lo de que lo sentía. Que no debió decirle aquello en el entierro de mi madre. Que era un hombre mejor que él.
—¿Y qué dijo su padre?
—Nada. Lloró. Y luego, cuando se calmó, me cogió del brazo y me dijo una cosa del Canal do Morto.
—Lucía se volvió hacia la fiscal—. Me dijo que hay un sitio, a mitad del canal, donde el fondo sube de golpe.
Un banco de arena duro, de conchas, que los viejos llaman el Lombo do Morto.
El lomo del muerto. Que con una pleamar de cuatro metros largos, a las cinco menos diez, sobre el Lombo hay ochenta centímetros de agua.
Pero que la ría se vacía muy deprisa con esas mareas.
Que a las seis menos cuarto ya solo hay sesenta.
Y que una semirrígida de siete metros con mil kilos de carga cala casi setenta.
Arregui se quedó quieta.
—Es decir, que si una lancha cargada pasa por ese banco después de las seis menos cuarto…
—Se queda clavada. Como en 1994. —Lucía miró hacia la sala de reuniones, donde Ramón Lis señalaba algo en la carta náutica—. Mi padre me dijo que fue ahí exactamente donde vararon aquella noche. En el Lombo. Que Lito lo sabía y se lo advirtió a Ramiro, y que Ramiro no le hizo caso.
—¿Se lo ha dicho a Lis?
—Se lo digo ahora.
—¿Y a Pereiro?
Lucía tardó un segundo.
—También —dijo.
Esa misma noche, al volver a Betanzos, de madrugada, mientras Sabela conducía en silencio por la autovía vacía bajo la lluvia, Lucía escribió un mensaje en la aplicación cifrada que Riaño le había instalado en el móvil. Un mensaje para un solo destinatario.
Si algo sale mal, si te descubren, si te cambian el plan, si te ves perdido: métela en el Canal do Morto después de las 5:45 y pásala por encima del Lombo, a mitad de canal, frente al eucalipto grande con la copa partida.
Con carga, se clava. Luego tírate al agua hacia la orilla norte y quédate quieto en los juncos. Nosotros te encontramos. — L.
Lo leyó tres veces antes de enviarlo.
Luego lo envió.
La respuesta llegó a los veinte segundos. Una sola palabra.
Gracias.
Lucía apagó el móvil y se quedó mirando por la ventanilla la lluvia sobre la autovía, los faros de los camiones, los eucaliptos negros pasando a toda velocidad junto al arcén.
—¿Estás bien? —preguntó Sabela, sin apartar la vista de la carretera.
—No.
—Ya.
Siguieron en silencio hasta Betanzos.