La última pleamar (El secreto de la ría 1) 36. Teresa
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36. Teresa

Teresa Lema Vilariño se despertó a las seis de la mañana del sábado, como todos los días desde que tenía doce años, sin despertador, y se quedó un minuto tumbada en la cama, mirando el techo, escuchando la respiración de su marido a su lado y el rumor del mar al otro lado de las ventanas.

Vivía en una casa de diseño en la urbanización de Santa Cristina, en Oleiros, sobre un acantilado que caía directamente a la ría de A Coruña.

Era una casa blanca, cúbica, de hormigón visto y cristal, con tres plantas escalonadas sobre la roca, una piscina infinita que parecía derramarse en el océano y unas vistas que abarcaban toda la bahía: el puerto de A Coruña con sus grúas y sus cruceros, la Torre de Hércules en la punta de la península, el castillo de San Antón, las playas de Santa Cristina y Bastiagueiro, y al fondo, al este, si una se asomaba a la terraza de arriba y no había niebla, la boca de la ría de Betanzos abriéndose entre los acantilados de Sada y de Mera.

Se la había diseñado un arquitecto portugués que había ganado el Pritzker. La había pagado su marido. Oficialmente.

Se levantó sin hacer ruido, se puso una bata de seda gris y subió descalza a la terraza de arriba.

El suelo de madera de teca estaba frío y mojado de rocío.

Amanecía. Por encima de los montes de Betanzos, al este, el cielo empezaba a ponerse de un color entre gris y rosa, y la bahía estaba quieta, plateada, con las luces de los barcos fondeados todavía encendidas como luciérnagas.

Teresa se apoyó en la barandilla de cristal y miró hacia la boca de la ría de Betanzos.

Había nacido en Malpica, en la Costa da Morte, en una casa de dos habitaciones encima de una taberna, en 1977.

Su padre era marinero de bajura. Su madre limpiaba el pescado en la lonja.

Cuando ella tenía ocho años, una tarde de enero, su padre salió a la mar con su lancha de cuatro metros a buscar percebe en los Baleeiros, con mar de fondo, porque necesitaban el dinero para pagar el alquiler, y no volvió.

Encontraron la lancha volcada dos días después contra las rocas de las Sisargas. A él no lo encontraron nunca.

Su madre la sacó adelante limpiando pescado y casas ajenas.

Teresa estudió con becas, siempre la primera de su clase, siempre la que más horas pasaba en la biblioteca.

Derecho en Santiago. Un máster en Madrid.

Oposiciones a la administración autonómica.

Concejala de su partido en Arteixo a los veintiocho.

Teniente de alcalde a los treinta y dos.

Diputada provincial a los treinta y ocho.

Vicepresidenta de la Diputación a los cuarenta y cinco.

Nunca, en ningún momento, había dejado de pensar en la lancha volcada contra las rocas de las Sisargas. En lo que valía un padre. En lo que costaba el alquiler.

Había jurado a los ocho años, de pie en el espigón de Malpica mirando el mar que se había tragado a su padre, que nunca, nunca jamás en su vida, iba a necesitar el dinero de nadie.

Y luego había descubierto que en política, para no necesitar el dinero de nadie, primero había que tener mucho dinero de alguien.

El teléfono vibró en el bolsillo de la bata a las siete y diez. No el oficial, ni el personal. El otro. Un móvil de prepago, barato, que guardaba en un bolsillo interior del bolso y que solo usaban tres personas en el mundo.

Era Ferrín.

Teresa miró la pantalla un momento antes de contestar.

—Ignacio. Es muy temprano.

—Teresa, tenemos que hablar. —La voz del comandante sonaba ronca, como de no haber dormido—. Las cosas se están complicando.

—Las cosas siempre se complican. Para eso estás tú. Para descomplicarlas.

—No, escúchame. Escúchame bien. Hay una fiscal de Antidroga, de Madrid, que ha estado en Santiago esta semana.

Arregui. Inés Arregui. La que llevó lo de Usera.

La que nunca se creyó lo de la filtración.

—Ferrín tragó saliva al otro lado—. Ha estado en un piso de la Rúa do Vilar.

Me lo ha dicho un amigo de la Policía Local que la reconoció en la calle.

Y el martes alguien pidió diligencias secretas en el Juzgado Central de Instrucción número 4.

No sé para qué. No consigo saber para qué.

Pero me huele mal, Teresa. Me huele muy mal.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Quiero que se aplace lo del veintisiete.

Quiero que habléis con Bieito y que se aplace.

Lander no me escucha. Me dice que lo resuelva yo.

¿Cómo coño voy a resolverlo yo? No sé qué está haciendo esa fiscal.

No sé a quién tiene. No sé si tiene a la sargento.

La sargento está en Paderne investigando robos en chalets y parece tranquila, pero esa mujer no está tranquila nunca, Teresa, la conozco, la conozco desde hace diez años, y si está tranquila es que está haciendo algo.

Teresa no contestó enseguida. Miró la ría. Una gaviota se posó en la barandilla de cristal, a dos metros de ella, y la miró con un ojo amarillo y redondo.

—Ignacio —dijo, muy despacio—. Cálmate.

—Estoy calmado.

—No estás calmado. Estás asustado. Y cuando tú estás asustado, haces tonterías. Como en Madrid.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Lo de Madrid no lo decidí yo —dijo Ferrín, con la voz rota—. Yo solo pasé la información. Lo otro lo decidió Lander. Yo no sabía que…

—Sabías perfectamente lo que iba a pasar. Igual que lo sabía yo cuando contesté al teléfono aquella noche desde el coche. —Teresa lo dijo con calma, sin ninguna emoción, como quien lee un informe—. No nos mintamos entre nosotros, Ignacio. Ya nos mentimos bastante a los demás.

—Teresa…

—Escúchame tú ahora. Lo del veintisiete no se puede aplazar.

El barco está en el mar. El dinero de Madrid y de Ámsterdam está pagado.

Si se aplaza, Lander pierde treinta millones y la gente que ha puesto esos treinta millones viene a por él, y él viene a por nosotros.

A por ti, a por mí, a por Bieito. ¿Lo entiendes?

No hay vuelta atrás. —Hizo una pausa—. Así que vas a hacer lo que siempre has hecho.

Vas a averiguar qué está haciendo esa fiscal.

Vas a averiguar si la sargento está con ella.

Y si lo está, nos lo vas a decir a tiempo para cambiar lo que haya que cambiar.

—¿Y si no lo averiguo?

Teresa miró a la gaviota. La gaviota la miró a ella.

—Entonces más te vale tener un buen abogado —dijo—. Porque yo no voy a estar en esa rampa el veintisiete, Ignacio. Ni en ninguna otra. Desde hoy, yo no conozco a Bieito Castro más que de los actos oficiales. Y a ti, de un curso de seguridad en Santiago hace muchos años.

Colgó.

Se quedó un momento con el teléfono en la mano. Luego abrió la tapa trasera, sacó la tarjeta SIM con la uña, la partió en dos con los dedos y tiró los dos trozos por encima de la barandilla de cristal, al acantilado, al mar. La gaviota levantó el vuelo, asustada.

En el despacho de la planta baja, detrás de una estantería de libros de arte que se deslizaba sobre unos rieles ocultos, había una caja fuerte empotrada en el hormigón. Teresa la abrió con una combinación de ocho dígitos que era la fecha de la muerte de su padre al revés.

Dentro había dinero en efectivo, en fajos de quinientos euros, ordenados por meses.

Había dos pasaportes, uno español y otro portugués, con su foto y otro nombre.

Había unos documentos de una sociedad en Luxemburgo.

Y había una caja de madera, pequeña, como las de los puros, llena de tarjetas de memoria micro SD, cada una en una funda de plástico con una etiqueta escrita a mano: una fecha y unas iniciales.

B.C. 14/03/2025. B.C. 02/06/2025. I.F. 11/09/2025. B.C. 01/10/2026.

Teresa cogió la última. La sostuvo un momento entre los dedos.

Grababa todas sus conversaciones con Bieito Castro y con Ignacio Ferrín desde el primer día.

Con una aplicación que le había instalado en el móvil de prepago un informático de Santiago que ahora vivía en Tailandia.

No porque pensara usarlas. Sino porque había aprendido, en veinte años de política, que en el momento en que alguien cae, siempre intenta llevarse a alguien por delante.

Y que el único modo de no ser ese alguien era tener algo que hiciera caer a los demás primero.

B.C. 01/10/2026. La noche de la rampa. La noche del flash entre los juncos.

Ella había estado en el coche, a medio kilómetro de la depuradora, por la carretera de la orilla, con la bolsa en el asiento de al lado, cuando Bieito la llamó.

Le contó lo del chico. Le dijo que estaba en la oficina, que respiraba, que tenía las fotos en el teléfono pero el teléfono se había perdido en el fango. Le preguntó qué hacía.

Y ella, sentada en el asiento trasero de un Audi A6 negro con la mano apoyada sobre una bolsa con doscientos mil euros para su campaña, mirando por la ventanilla el mar negro en el que cuarenta y un años antes había desaparecido su padre, había dicho cuatro palabras.

Que no quede nada.

Lo había dicho sin pensar, en voz muy baja, con una frialdad que la sorprendió a ella misma. Le había salido de algún sitio muy antiguo, de Malpica, de la casa encima de la taberna, de la voz de su madre.

Teresa se quedó mirando la tarjeta de memoria.

Luego la volvió a meter en su funda, la funda en la caja de madera, la caja en la caja fuerte. Cerró la puerta blindada. Giró la rueda de la combinación. Volvió a deslizar la estantería de libros de arte sobre sus rieles ocultos.

Subió a la cocina. Su marido ya se había levantado y estaba haciendo café en la máquina italiana, en pijama, con las gafas de pasta en la punta de la nariz, leyendo las noticias en la tableta.

—Buenos días, cariño —dijo Fernando, sin levantar la vista—. ¿Has visto esto? Lo del muerto del jueves en Betanzos. En el mismo muelle que el chico. Dicen que era un empleado de la depuradora. Dicen que es una guerra de narcos.

—Qué horror.

—Es terrible. Ese pueblo se está convirtiendo en un Far West. —Fernando le tendió una taza de café—. Deberías decir algo, ¿no? Como vicepresidenta. Pedir más medios para la Guardia Civil. Algo.

Teresa cogió la taza. Sopló el café. Miró por la ventana de la cocina la bahía, ya completamente iluminada por el sol, azul, brillante, con un velero blanco saliendo del puerto deportivo de Santa Cristina.

—Tienes razón —dijo—. Voy a pedir que se refuerce la seguridad en la ría. Esto no puede seguir así. La gente tiene derecho a vivir tranquila.

Esa misma mañana, a las once, en la puerta de la Diputación, ante tres cámaras de televisión y cinco micrófonos, Teresa Lema exigió al Ministerio del Interior que enviara refuerzos inmediatos a la comarca de Betanzos para acabar con la violencia del narcotráfico que, dijo con la voz quebrada por la emoción, estaba destrozando a las familias gallegas.

Habló de su padre, marinero de Malpica. Habló de las madres que lloraban.

Habló de los jóvenes. Dijo que no iba a descansar hasta que la ría volviera a ser lo que siempre había sido: un lugar de trabajo honrado, de familias, de futuro.

El vídeo tuvo cuarenta mil visualizaciones en las redes sociales antes de la hora de comer.